Al día siguiente desperté con la extraña sensación de que algo había cambiado.
No sabía exactamente qué.
Solo era una sensación.
Como cuando entras a una habitación y notas que algo está fuera de lugar, pero no consigues descubrir qué.
Quizás era porque Camila seguía actuando raro.
O quizás porque Adrián llevaba dos días sin poder llamarme debido a la diferencia horaria y a los planes familiares.
O quizás simplemente estaba aburrida.
Las vacaciones hacían cosas extrañas con las personas.
—Sigues observándome.
Dijo Camila durante el desayuno.
—Porque sigues actuando raro.
—No estoy actuando raro.
—Estás actuando exactamente como alguien que está actuando raro.
Mi abuela asintió.
—La niña tiene razón.
—No puedo creer que ahora ustedes dos formen un equipo.
—Siempre fuimos un equipo.
Respondió mi abuela.
—Solo tardaste años en darte cuenta.
A pesar de las bromas, Camila no dijo nada más.
Y eso solo alimentó mis sospechas.
Aquella tarde decidimos salir.
No porque tuviéramos algún plan.
Simplemente porque estar encerradas en casa comenzaba a ser peligroso para nuestra salud mental.
Especialmente la mía.
Terminamos caminando por una feria artesanal cerca del centro.
Había música.
Puestos de comida.
Artesanías.
Y suficiente gente como para perderse.
Lo cual estuve a punto de hacer.
Dos veces.
—¿Cómo sobrevives sola?
Preguntó Camila.
—Con dificultad.
—Eso explica mucho.
—Qué amable.
Seguimos caminando.
Y por un momento todo volvió a sentirse normal.
Hasta que mi teléfono vibró.
Un mensaje de Adrián.
Sonreí inmediatamente.
Adrián: "Acabo de ver algo que te gustaría."
Seguido de una fotografía.
Era una librería enorme.
Enorme.
Llena de libros antiguos.
Yo: "Voy a ignorar que me estás provocando."
La respuesta llegó segundos después.
Adrián: "Te compraré algo."
Yo: "Eso ayuda."
Camila observó toda la conversación por encima de mi hombro.
—Estás perdida.
—¿Qué?
—Completamente perdida.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Y por alguna razón sonreí.
Porque quizá tenía razón.
Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo que no esperaba.
Lucas llamó a mi teléfono.
—¿Hola?
—¿Estás ocupada?
—No.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Puedo pasar por tu casa?
Fruncí el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
Su voz sonaba extraña.
Más seria de lo normal.
—Claro.
Media hora después estaba sentado en la sala de mi casa.
Mi madre había subido al segundo piso.
Mi abuela fingía ver televisión.
Aunque claramente estaba escuchando.
—¿Qué sucede?
Pregunté.
Lucas tardó unos segundos en responder.
Y eso me puso nerviosa.
—Nada malo.
Dijo finalmente.
—Esa frase nunca termina bien.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Pero desapareció rápidamente.
—Mi terapeuta cree que debería contarte algo.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
Porque aquello sonaba importante.
Muy importante.
—¿Qué cosa?
Lucas bajó la mirada.
Como si estuviera reuniendo fuerzas.
Y entonces habló.
—Durante mucho tiempo pensé que la muerte de mi hermano fue culpa mía.
Mi corazón se encogió.
Porque sabía que aquella herida seguía siendo la más profunda de todas.
—Lo sé.
Dije suavemente.
—Pero nunca te conté exactamente qué pasó.
Guardé silencio.
Esperando.
—Aquel día encontré una botella en el garaje.
Su voz era apenas un murmullo.
—Pensé que era algún tipo de bebida.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
—Mi hermano quería probarla.
Lucas cerró los ojos.
Como si todavía pudiera ver aquel momento.
—Y yo se la di.
Mi corazón se rompió un poco.
Porque ya sabía el final de aquella historia.
Pero escucharla de su propia boca era diferente.
Mucho más doloroso.
—Lucas...
—No sabía lo que era.
Su voz tembló.
—Era veneno para insectos.
La sala quedó en silencio.
Un silencio enorme.
—Era un niño.
Dije.
—Lo sé.
—Lucas...
—Lo sé.
Repitió.
Y por primera vez entendí algo.
Él ya no necesitaba convencerme.
Porque yo nunca lo había culpado.
La persona a la que intentaba convencer...
Era a sí mismo.
Después de unos segundos me acerqué.
Y tomé su mano.
—No fue tu culpa.
Lucas cerró los ojos.
Y aunque no respondió...
Por primera vez no discutió.
No insistió.
No intentó contradecirme.
Simplemente permaneció allí.
Escuchando.
Y eso significaba más que cualquier palabra.
Desde las escaleras, sin que ninguno de los dos la viera, Camila observó la escena.
Y comprendió algo importante.
Lucas realmente estaba intentando seguir adelante.
Pero dejar ir la culpa...
No significaba dejar ir todo lo demás.
Y eso era lo que la preocupaba.
Porque algunos sentimientos sanaban.
Y otros...
Solo aprendían a esconderse mejor.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026