Nunca imaginé que tres semanas pudieran sentirse tan largas.
Y tampoco imaginé que pudiera ponerme tan nerviosa por volver a ver a alguien.
Pero ahí estaba.
De pie en el aeropuerto.
Esperando.
Mirando la puerta de llegadas cada diez segundos.
—Te vas a gastar los ojos.
Comentó Camila.
—Cállate.
—Llevas veinte minutos mirando el mismo lugar.
—Cállate más fuerte.
Camila soltó una carcajada.
—Es adorable.
—Te odio.
—No es verdad.
Y lamentablemente tenía razón.
Habían pasado veintidós días.
Sí.
Los había contado.
Y no pensaba admitirlo.
—Ahí está.
Dijo Camila de repente.
Mi corazón dio un salto.
Y automáticamente levanté la vista.
Entre la multitud apareció una figura familiar.
Cabello oscuro.
Una mochila colgada al hombro.
Y esa sonrisa que reconocería en cualquier lugar.
Adrián.
Por un segundo olvidé respirar.
Entonces él me vio.
Y sonrió aún más.
Como si eso fuera posible.
—Vaya.
Murmuró Camila.
—Creo que ni siquiera me escuchas.
No la escuchaba.
Para nada.
Lo único que veía era a Adrián acercándose.
Cada vez más.
Cada vez más cerca.
Hasta detenerse frente a mí.
Durante un instante ninguno dijo nada.
Porque las palabras parecían insuficientes.
—Hola.
Dijo finalmente.
Y no pude evitar reír.
—¿Hola?
—Tenía preparado algo mejor.
—Mentiroso.
—Sí.
Y entonces me abrazó.
Con fuerza.
Como si también hubiera contado los días.
Escondí el rostro en su hombro.
Y durante unos segundos el resto del mundo desapareció.
La gente.
El ruido.
El aeropuerto.
Todo.
—Te extrañé.
Murmuró.
Mi corazón se derritió inmediatamente.
—Yo también.
Cuando nos separamos, Adrián sonrió.
Y antes de que pudiera ponerme nerviosa...
Me besó.
Suavemente.
Como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Desde atrás escuché a Camila hacer un ruido dramático.
—Voy a vomitar.
Nos apartamos riendo.
—Tú debes ser Camila.
Dijo Adrián.
—Y tú el famoso Adrián.
—¿Famoso?
—Mary habla mucho de ti.
—¡Camila!
—¿Qué?
Es verdad.
Por desgracia era verdad.
Una hora después ya estábamos fuera del aeropuerto.
Y Adrián comenzó a repartir regalos.
Porque aparentemente había comprado media España.
—Esto es para tu mamá.
—Esto para tu abuela.
—Y esto...
Me entregó una pequeña caja.
—Para ti.
Lo observé.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé.
Eso no ayudó.
Dentro había un delicado marcador de libros de plata con forma de luna.
Simple.
Elegante.
Perfecto.
—Me encantó.
La sonrisa de Adrián fue suficiente para confirmar que había elegido bien.
Aquella noche decidimos reunirnos todos.
Porque Camila insistió.
Y porque mi abuela dijo que quería conocer al novio oficialmente.
Lo cual sonó más a amenaza que a invitación.
Así que terminamos en mi casa.
Mi madre.
Mi abuela.
Camila.
Adrián.
Y más tarde...
Lucas.
Cuando llegó, el ambiente cambió apenas un poco.
No de forma incómoda.
Solo diferente.
—Hola.
Saludó Lucas.
—Hola.
Respondió Adrián.
Se estrecharon la mano.
Como siempre.
Nada extraño.
Nada tenso.
Y aun así...
Camila observó la escena con demasiada atención.
Como si buscara algo.
La cena transcurrió entre risas.
Historias del viaje.
Bromas de mi abuela.
Comentarios sarcásticos de Camila.
Y por primera vez en semanas...
Todos estaban juntos.
En un momento conté una anécdota vergonzosa de Adrián.
Algo sobre perderse en Madrid.
Y todos se echaron a reír.
Todos.
Incluso Lucas.
Entonces lo vi.
Solo un segundo.
Una sonrisa sincera.
Una sonrisa real.
Mientras me observaba reír.
Como si mi felicidad también lo hiciera feliz.
Y luego desapareció.
Tan rápido que pensé que lo había imaginado.
Pero Camila lo vio.
Ella sí lo vio.
Y bajó la mirada inmediatamente.
Porque ahora entendía algo que Mary todavía no sabía.
Lucas estaba aprendiendo a vivir con su dolor.
Estaba aprendiendo a sanar.
A reconstruirse.
Pero algunas heridas no desaparecían tan fácilmente.
Y algunos amores...
Tampoco.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026