Las vacaciones terminaron demasiado rápido.
Como todas las cosas buenas.
Un día estaba caminando con Camila por la ciudad.
Al siguiente estaba preparando mi mochila para volver a la universidad.
Injusto.
Muy injusto.
—Estás dramatizando.
Dijo mi madre.
—No estoy dramatizando.
—Lo estás haciendo.
Añadió mi abuela.
—Las dos son crueles.
—Y tú exagerada.
No pude discutirlo.
Porque tenían razón.
Un poco.
La mañana del primer día del nuevo semestre me desperté antes de que sonara la alarma.
Lo cual era preocupante.
Porque normalmente necesitaba tres alarmas y una amenaza para salir de la cama.
Pero esta vez estaba emocionada.
Nerviosa también.
Pero sobre todo emocionada.
Porque había sobrevivido al primer semestre.
Y porque ahora sabía que podía hacerlo.
Cuando llegué a la universidad encontré a Adrián esperándome cerca de la entrada.
Y sonreí automáticamente.
Ya se estaba convirtiendo en un hábito.
—Hola.
—Hola.
—Llegaste temprano.
—Tú también.
—Eso es porque quería verte.
Mi corazón decidió hacer esa cosa ridícula otra vez.
—Eres imposible.
—Y aun así me quieres.
—Lamentablemente.
Adrián se echó a reír.
Y por un instante todo se sintió perfecto.
Sin embargo...
La perfección nunca dura demasiado.
Porque apenas entramos al edificio principal escuché una voz familiar.
—¡Adrián!
Nos giramos.
Y allí estaba.
Sofía.
Sonriendo.
Como siempre.
—Hola.
Saludó ella.
—Hola.
Respondió Adrián.
—Regresaste.
—Eso parece.
—Qué decepción.
Parpadeé.
Adrián también.
—¿Qué?
—Ya me había acostumbrado a no verte.
Aquello hizo que Adrián soltara una carcajada.
—Mentira.
Añadió Sofía.
—La facultad estaba aburrida sin ti.
No pude evitar sonreír.
Porque Sofía era exactamente el tipo de persona que decía lo que pensaba sin preocuparse demasiado.
Entonces sus ojos se movieron hacia mí.
Y sonrió.
—Hola, Mary.
—Hola.
—¿Sobreviviste a las vacaciones?
—Por poco.
—Excelente.
Y antes de marcharse se volvió hacia Adrián.
—Mi oferta del café sigue en pie.
—Sofía.
—¿Qué?
Debo ser constante.
Y desapareció por el pasillo antes de que ninguno pudiera responder.
Me quedé observándola alejarse.
—No digas nada.
Murmuró Adrián.
—No he dicho nada.
—Pero vas a hacerlo.
—Tal vez.
—Mary.
—Estoy bromeando.
Más o menos.
Adrián negó con la cabeza.
Y tomó mi mano.
—No tienes nada de qué preocuparte.
Lo miré.
Y por alguna razón le creí inmediatamente.
Porque nunca me había dado motivos para desconfiar.
Nunca.
Las clases comenzaron.
Y con ellas regresó el caos.
Los horarios.
Los trabajos.
Las fechas límite.
La tragedia.
Al mediodía me encontré con Lucas en la cafetería.
Estaba sentado junto a la ventana.
Leyendo algo.
Como siempre.
—Hola.
—Hola.
—¿Preparado para otro semestre?
Lucas cerró el libro.
—No.
—Excelente.
Yo tampoco.
Sonrió.
Y durante unos segundos hablamos de clases.
Profesores.
Horarios.
Cosas normales.
Hasta que mencioné a Adrián.
Sin pensarlo.
Porque se había vuelto algo natural.
—Dice que este semestre será más difícil.
—Probablemente tenga razón.
—Odio cuando tiene razón.
—Todos la odiamos.
Aquello me hizo reír.
Pero cuando levanté la vista noté algo.
Lucas estaba sonriendo.
Pero parecía cansado.
Más cansado de lo normal.
—¿Dormiste bien?
Pregunté.
—Más o menos.
—¿Pesadillas?
Hubo una pausa.
Pequeña.
Pero la hubo.
—Un poco.
Sentí un nudo en el estómago.
Porque sabía que todavía ocurría.
Aunque con menos frecuencia.
—¿Se lo dijiste a tu terapeuta?
—Sí.
—¿Y?
—Dice que es normal.
Asentí lentamente.
Porque quizá lo era.
Pero seguía siendo injusto.
Antes de que pudiera decir algo más, alguien apareció detrás de nosotros.
—¿Interrumpo?
Reconocí la voz inmediatamente.
Adrián.
Sonreí.
Y sin darme cuenta también lo hizo Lucas.
Aunque por apenas un segundo.
—Llegas tarde.
Le dije.
—Cinco minutos.
—Tarde.
—Qué exigente.
Se sentó con nosotros.
Y por unos minutos los tres volvimos a estar allí.
Como tantas veces antes.
Pero esta vez fue diferente.
Porque mientras los observaba conversar...
Mientras veía a Adrián bromear.
Mientras veía a Lucas responder con una sonrisa pequeña.
Comprendí algo.
Los dos se habían vuelto importantes para mí.
Mucho más de lo que alguna vez imaginé.
Y no quería perder a ninguno.
No sabía que la vida rara vez hacía las cosas tan sencillas.
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Editado: 10.07.2026