Cuando huir ya no basta

Capitulo 47- Lo que no puedes cambiar

Lo que no puedes cambiar

Había algo extraño en volver a la rutina.

Las clases regresaban.

Los trabajos se acumulaban.

Los profesores recuperaban su deseo de destruir nuestra estabilidad emocional.

Y aun así...

Algunas cosas se sentían diferentes.

Lucas lo notó un jueves por la tarde.

Estaba sentado en una de las bancas del campus revisando apuntes cuando escuchó una risa familiar.

Levantó la vista.

Y los vio.

Mary y Adrián.

Caminando juntos.

Discutiendo sobre algo absurdo.

Probablemente una película.

O una serie.

O alguna tontería imposible de entender para el resto del mundo.

Mary se rio.

Y Adrián le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Un gesto simple.

Cariñoso.

Natural.

Lucas bajó la mirada inmediatamente.

Como si hubiera visto algo que no debía.

—Sigues haciendo eso.

Dijo una voz a su lado.

Lucas no necesitó girarse.

—Hola, Camila.

—Hola.

Ella se sentó junto a él.

Y durante unos segundos ninguno habló.

—¿Qué hago?

Preguntó Lucas finalmente.

Camila observó hacia el patio.

Donde Mary y Adrián seguían caminando.

—Apartar la mirada.

Lucas soltó una pequeña risa.

Sin humor.

—No funciona.

—Ya me di cuenta.

El silencio volvió.

Más pesado esta vez.

—¿Por qué no se lo dices?

Preguntó Camila.

Lucas la miró.

Sorprendido.

—¿Para qué?

—No lo sé.

Para dejar de cargarlo solo.

Lucas negó con la cabeza.

—No serviría de nada.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Su respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata.

—Ella quiere a Adrián.

Continuó.

—Lo sé.

—Y él la quiere a ella.

—También lo sé.

—Entonces no hay nada que decir.

Camila suspiró.

Porque odiaba cuando Lucas tenía razón.

—¿Y tú?

Preguntó.

—¿Yo qué?

—¿Qué quieres?

Lucas tardó en responder.

Mucho.

Porque era una pregunta que llevaba meses evitando.

Tal vez años.

Finalmente levantó la vista.

Y observó a Mary a la distancia.

Sonriendo.

Feliz.

—Quiero que ella siga sonriendo así.

Camila sintió un nudo en el pecho.

Porque aquella era exactamente la respuesta que esperaba.

Y justamente por eso era tan triste.

—Eres idiota.

Murmuró.

Lucas soltó una pequeña carcajada.

—Lo sé.

Esa misma tarde, Mary encontró a ambos en la cafetería.

—Aquí están.

Se dejó caer en la silla frente a ellos.

—¿Qué hacen?

—Nada.

Respondió Camila.

—Absolutamente nada.

Añadió Lucas.

Mary entrecerró los ojos.

—Eso suena sospechoso.

—Lo es.

Dijo Camila.

—Gracias por tu honestidad.

—De nada.

Lucas observó la escena.

Y por un momento algo se sintió normal.

Extrañamente normal.

Mary hablando demasiado.

Camila siendo insoportable.

Y él escuchando.

Como en los viejos tiempos.

Quizá por eso dolía.

Porque era tan parecido a lo que había perdido.

Y tan diferente al mismo tiempo.

Cuando se despidieron esa noche, Camila caminó junto a Lucas hacia la salida de la universidad.

—¿Sabes qué es lo peor?

Preguntó ella.

—¿Qué?

—Que todavía tienes esperanza.

Lucas se quedó inmóvil.

Porque aquella vez no tuvo una respuesta rápida.

Porque aquella vez Camila había acertado.

Y ambos lo sabían.

Por mucho que intentara convencerse de lo contrario.

Por mucho que dijera que estaba bien.

Por mucho que repitiera que Mary era feliz.

En algún lugar de su corazón seguía existiendo una pequeña esperanza.

Una que se negaba a morir.

Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.




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