El problema con los conflictos era que rara vez desaparecían solos.
Podías ignorarlos.
Distraerte.
Pretender que no existían.
Pero tarde o temprano regresaban.
Y yo estaba empezando a descubrirlo.
La semana siguiente intenté pasar más tiempo con Adrián.
No porque me sintiera obligada.
Ni porque quisiera demostrar algo.
Simplemente porque lo extrañaba.
Y porque después de nuestra conversación en la cafetería me había dado cuenta de algo.
Tal vez había dado por sentado que siempre estaría ahí.
Así que comenzamos a almorzar juntos más seguido.
A estudiar juntos.
A caminar por el campus después de clases.
Y durante unos días...
Pareció funcionar.
Las cosas volvieron a sentirse normales.
O casi.
—Te ves más tranquila.
Comentó Camila.
Estábamos sentadas en el césped frente a la facultad.
Aprovechando un raro momento sin tareas.
—¿Eso es algo bueno?
—Generalmente sí.
—Excelente.
Camila me observó unos segundos.
Pensativa.
—¿Y Adrián?
—¿Qué pasa con él?
—Nada.
Solo pregunto.
Sonreí.
—Estamos bien.
Camila asintió lentamente.
Pero algo en su expresión me hizo pensar que seguía preocupada.
Aunque no entendía por qué.
Dos días después ocurrió algo inesperado.
Adrián apareció frente a mi salón al terminar una clase.
Con una sonrisa sospechosa.
Nunca eran buenas noticias cuando sonreía así.
—No me gusta esa cara.
—Qué grosera.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Qué planeas hacer?
—Eso es diferente.
Entrecerré los ojos.
—Adrián.
—Mary.
Nos quedamos observándonos.
Hasta que finalmente levantó las manos.
—Está bien.
Tengo una propuesta.
—Tengo miedo.
—No deberías.
—Eso empeora las cosas.
Adrián se echó a reír.
—Quiero que salgas conmigo este sábado.
Parpadeé.
—Ya salgo contigo.
—No.
Negó con la cabeza.
—Una cita de verdad.
Lo observé confundida.
—¿Y las otras qué fueron?
—Improvisaciones.
—Qué romántico.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Ignoró mi comentario.
Como siempre.
—Hablo en serio.
Su expresión se volvió un poco más seria.
—Solo nosotros dos.
Sin universidad.
Sin tareas.
Sin interrupciones.
Sentí que algo se suavizaba dentro de mí.
Porque entendía lo que estaba haciendo.
Y porque, honestamente...
Yo también lo necesitaba.
Así que sonreí.
—Está bien.
La sonrisa que apareció en su rostro fue inmediata.
—Perfecto.
—Ahora estoy preocupada.
—Deberías estarlo.
El sábado llegó más rápido de lo esperado.
Y para mi sorpresa...
La cita fue perfecta.
No espectacular.
No cinematográfica.
No una de esas historias imposibles que aparecen en las películas.
Perfecta de otra manera.
Porque fue sencilla.
Fuimos a una feria gastronómica.
Caminamos durante horas.
Probamos comida extraña.
Nos reímos demasiado.
Y durante todo ese tiempo...
No pensé en nada más.
Ni en la universidad.
Ni en los exámenes.
Ni en los problemas.
Solo en él.
Aquella noche regresé a casa sonriendo.
Y cuando entré por la puerta encontré a Lucas sentado en la sala.
—Hola.
—Hola.
Levantó una ceja.
—Te ves feliz.
La frase era simple.
Inofensiva.
Pero por alguna razón sentí un pequeño nudo en el pecho.
—Tuve una cita con Adrián.
Lucas sonrió.
Y esta vez parecía completamente sincero.
—Me alegro.
Lo dijo sin dudar.
Sin vacilar.
Y eso debería haberme tranquilizado.
Pero por primera vez...
No lo hizo.
Porque hubo algo en sus ojos.
Algo fugaz.
Algo que desapareció tan rápido que casi pensé que lo había imaginado.
Casi.
Más tarde, cuando Lucas regresó a su apartamento, encontró un mensaje de Camila.
Solo una línea.
Camila: "¿Sigues convencido de que puedes manejar esto?"
Lucas observó la pantalla durante varios segundos.
Después escribió una única respuesta.
Lucas: "No."
Y por primera vez desde que había regresado...
Fue completamente honesto.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026