El lunes llegó demasiado rápido.
Como si el universo hubiera decidido castigarme por haberme divertido el fin de semana.
Volver a clases después del parque fue deprimente.
Muy deprimente.
—Te ves triste.
Comentó Camila.
—Porque estoy triste.
—¿Por qué?
—Porque la vida es cruel.
—¿Más específicamente?
—Tengo un examen mañana.
—Ah.
Eso sí es grave.
Le lancé una mirada.
Y ella se echó a reír.
Durante unos segundos pensé que todo volvería a la normalidad.
Las bromas.
Las clases.
La rutina.
Pero entonces Camila me observó con demasiada atención.
—¿Qué?
Pregunté.
—Nada.
—Camila.
—Mary.
—Estás haciendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de que estás pensando demasiado.
Camila sonrió.
Lo cual confirmó mis sospechas.
—¿La pasaste bien el sábado?
Preguntó.
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
La sonrisa de Camila se volvió ligeramente sospechosa.
—Me alegro.
Entrecerré los ojos.
—¿Por qué siento que hay una trampa?
—Porque me conoces demasiado.
Aquella tarde encontré a Adrián en la cafetería.
Sentado junto a una ventana.
Revisando algo en su computadora.
Sonrió apenas me vio.
Pero por alguna razón...
La sonrisa no llegó completamente a sus ojos.
Y eso me preocupó.
—Hola.
—Hola.
Me senté frente a él.
Durante unos minutos hablamos de cosas normales.
Exámenes.
Profesores.
Trabajos.
Pero había algo extraño.
Una tensión pequeña.
Persistente.
Finalmente fui yo quien rompió el silencio.
—¿Qué pasa?
Adrián dejó de escribir.
Y suspiró.
—¿Podemos hablar de algo?
Mi estómago se tensó inmediatamente.
Porque nadie empieza una conversación así para hablar de algo bueno.
—Claro.
Adrián cerró la computadora.
Y por primera vez pareció realmente nervioso.
—Leí tu mensaje del sábado.
Parpadeé.
—¿Y?
—Dijiste que te recordó cosas que habías olvidado.
Asentí.
—Sí.
—¿Qué cosas?
La pregunta parecía sencilla.
Pero tardé en responder.
Porque honestamente no lo sabía.
O sí lo sabía.
Pero no sabía cómo explicarlo.
—Mi infancia.
Dije finalmente.
—Los tiempos antes de la universidad.
—¿Antes de mí?
La pregunta salió suave.
Sin intención de herirme.
Y aun así dolió.
—Adrián...
—Solo responde.
Lo observé.
Y por primera vez me di cuenta de que aquello llevaba tiempo creciendo.
Mucho tiempo.
—Sí.
Él bajó la mirada.
Y durante unos segundos ninguno habló.
—¿Sabes qué es lo peor?
Preguntó finalmente.
Negué con la cabeza.
—Que no estoy celoso de Lucas.
Eso no era lo que esperaba escuchar.
—¿Qué?
—No estoy celoso de él.
Repitió.
—Estoy celoso de la historia que tienen juntos.
Sentí que algo se apretaba dentro de mi pecho.
Porque aquella vez no había inseguridad en su voz.
Solo honestidad.
—No puedo competir contra eso.
Continuó.
—Ni siquiera debería intentarlo.
—No tienes que competir.
Dije inmediatamente.
Adrián sonrió.
Una sonrisa triste.
—¿Seguro?
Y por primera vez...
No tuve una respuesta inmediata.
Porque no estaba completamente segura de haber entendido la pregunta.
Esa misma tarde, varias horas después, Lucas salió de su sesión con el psicólogo.
Era una de las pocas personas que conocían toda la historia.
La completa.
Su hermano.
Su madre.
La culpa.
Mary.
Todo.
—¿Y cómo te sientes?
Había preguntado el terapeuta.
Lucas recordó la pregunta mientras caminaba por la calle.
Porque había tardado demasiado en responder.
Finalmente había dicho:
"Cansado."
Y era verdad.
Porque llevaba meses intentando hacer lo correcto.
Intentando ser fuerte.
Intentando seguir adelante.
Pero algunas cosas no desaparecían.
Al llegar a una esquina escuchó su teléfono vibrar.
Un mensaje.
Camila.
Camila: "¿Tienes tiempo?"
Lucas suspiró.
Porque cuando Camila escribía así...
Nunca era algo sencillo.
Lucas: "Depende."
La respuesta llegó de inmediato.
Camila: "Necesitamos hablar."
Lucas cerró los ojos.
Porque tenía la sensación de que ya sabía exactamente sobre qué.
Y por primera vez desde que regresó...
No estaba seguro de querer tener esa conversación.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026