La conversación entre Camila y Lucas ocurrió el miércoles.
Y fue exactamente tan incómoda como ambos esperaban.
—Te ves cansado.
Dijo Camila.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Estaban sentados en una cafetería cerca de la universidad.
Una de esas donde los estudiantes pasaban más tiempo que en sus propias casas.
Camila lo observó durante varios segundos.
Y luego fue directo al punto.
—Esto tiene que parar.
Lucas suspiró.
—Hola para ti también.
—Lucas.
—Camila.
Ella no sonrió.
Lo cual era mala señal.
—No puedes seguir así.
—Estoy bien.
—Mentira.
Lucas apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y qué quieres que haga?
—No lo sé.
—Exacto.
El silencio se instaló entre ambos.
Porque la verdad era que ninguno tenía una solución.
—Solo no quiero verte destruirte otra vez.
Dijo Camila finalmente.
Aquellas palabras golpearon más fuerte de lo esperado.
Porque Lucas sabía que ella hablaba en serio.
Y porque parte de él también tenía miedo de eso.
—No va a pasar.
—¿Estás seguro?
Lucas no respondió.
Y esa fue respuesta suficiente.
Mientras tanto...
Mary estaba teniendo una tarde bastante mejor.
Hasta que Adrián apareció frente a su salón.
—Necesito contarte algo.
Inmediatamente sospeché.
—Esa frase debería estar prohibida.
—Probablemente.
Su sonrisa parecía nerviosa.
Demasiado nerviosa.
—¿Qué pasó?
Adrián tomó aire.
Y luego soltó la noticia.
—Me aceptaron.
Parpadeé.
—¿Qué?
—El intercambio.
Tardé unos segundos en entender.
Recordé vagamente las veces que había mencionado el tema.
Mucho antes de que empezáramos a salir.
Una convocatoria.
Un programa internacional.
Una oportunidad que parecía lejana.
Hasta ahora.
—¿Te aceptaron?
La emoción en su rostro era imposible de ignorar.
—Sí.
Y sonreí inmediatamente.
—¡Adrián, eso es increíble!
Lo abracé.
Y él soltó una carcajada.
—Lo sé.
—¡Felicidades!
Porque realmente estaba feliz por él.
Muy feliz.
Pero mientras seguía contándome los detalles...
Algo comenzó a sentirse extraño.
Como una pequeña presión en el pecho.
Una sensación difícil de explicar.
Finalmente hice la pregunta que llevaba varios minutos evitando.
—¿Cuándo te vas?
La sonrisa de Adrián disminuyó apenas un poco.
—El próximo semestre.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Tan pronto?
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo?
—Seis meses.
Seis meses.
La cifra quedó suspendida entre nosotros.
Demasiado grande.
Demasiado real.
Porque de repente ya no era una posibilidad.
Era algo que iba a ocurrir.
Y estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
Horas después, cuando las clases terminaron, terminé caminando sin rumbo por los alrededores de la universidad.
Necesitaba pensar.
Necesitaba ordenar todo lo que estaba sintiendo.
Y sin darme cuenta terminé en un pequeño parque cercano al campus.
Uno al que solíamos ir a veces cuando queríamos alejarnos del ruido.
Me senté en una banca.
Y me quedé observando a la gente pasar.
Hasta que escuché una voz familiar.
—Sabía que te encontraría aquí.
Levanté la vista.
Lucas.
—¿Me estabas buscando?
—No exactamente.
Se sentó a mi lado.
—Pero cuando desapareces y estás preocupada, normalmente terminas en alguno de tres lugares.
Lo observé.
—Eso suena inquietante.
—Lo sé.
A pesar de todo sonreí.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Qué pasó?
Preguntó finalmente.
Miré hacia el césped.
—Adrián fue aceptado en el intercambio.
La sorpresa apareció inmediatamente en su rostro.
—Vaya.
—Sí.
—Eso es increíble.
Asentí.
—Lo es.
Lucas permaneció en silencio unos segundos.
Y entonces hizo la pregunta que nadie más había hecho.
—Entonces, ¿por qué pareces triste?
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Porque hasta ese momento todos me habían preguntado por Adrián.
Por el intercambio.
Por los planes.
Nadie me había preguntado cómo me sentía yo.
—Porque se va.
Murmuré.
Lucas no dijo nada.
No intentó arreglarlo.
No intentó convencerme de nada.
Simplemente escuchó.
—Y sé que debería estar feliz.
Continué.
—Porque es una oportunidad enorme.
—Puedes estar feliz y triste al mismo tiempo.
Dijo suavemente.
Lo miré.
Y por alguna razón aquellas palabras hicieron que todo pesara un poco menos.
El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios de la universidad.
Y durante varios minutos permanecieron sentados allí.
En silencio.
Porque a veces las mejores conversaciones no eran las que tenían más palabras.
Sino aquellas en las que alguien simplemente se quedaba a tu lado.
Y Lucas siempre había sido bueno haciendo eso.
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Editado: 10.07.2026