Después de la discusión en la cafetería...
Nada explotó.
No terminamos.
No dejamos de hablar.
Y tal vez ese fue el problema.
Porque las cosas continuaron.
Pero ya no eran iguales.
Los primeros días fueron extraños.
Adrián seguía enviándome mensajes.
"Llegué a casa."
"Buenos días."
"Que te vaya bien en el examen."
Y yo respondía.
"Gracias."
"Cuídate."
"Yo también llegué."
Conversaciones normales.
Educadas.
Vacías.
Como si ambos estuviéramos caminando alrededor de algo que no queríamos tocar.
Como si mencionar el intercambio pudiera romper algo.
La semana siguiente las cosas empeoraron.
Aunque técnicamente nadie hizo nada malo.
Adrián comenzó con los trámites.
Documentos.
Reuniones.
Entrevistas.
Papeles.
Más papeles.
Todo relacionado con el intercambio.
Y cada vez estaba más ocupado.
—Lo siento.
Me escribió una tarde.
—No voy a poder almorzar contigo hoy.
Tengo una reunión.
Respondí que estaba bien.
Porque estaba bien.
O al menos debería haberlo estado.
Dos días después ocurrió lo mismo.
Y después otra vez.
Y otra.
Hasta que dejé de sorprenderme.
Lo peor era que entendía perfectamente por qué.
Era importante.
Era su futuro.
Era una oportunidad enorme.
No tenía derecho a pedirle que la dejara de lado.
Y aun así...
Cada cancelación dolía un poco.
—Estás mirando el celular otra vez.
Dijo Camila.
—No lo estoy mirando.
—Mary.
Bajé la vista.
Lo estaba mirando.
—No ha respondido.
Murmuré.
Camila cerró su cuaderno.
—Está ocupado.
—Lo sé.
—Entonces deja de torturarte.
Suspiré.
Porque tenía razón.
Pero saberlo no ayudaba.
Aquella noche me quedé observando nuestra conversación.
Los mensajes parecían cada vez más cortos.
Más lejanos.
Más parecidos a los de dos personas que intentaban mantener algo vivo por obligación.
Que a los de una pareja.
Deslicé el dedo por la pantalla.
Leí mensajes antiguos.
Fotos.
Bromas.
Conversaciones interminables.
Y luego volví al presente.
"Buenos días."
"Cuídate."
"Perdón, estoy ocupado."
Sentí un nudo en el pecho.
Y por primera vez en semanas apareció algo más que tristeza.
Rabia.
Una rabia pequeña.
Silenciosa.
Cansada.
—Qué ridículo.
Murmuré.
Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y antes de poder arrepentirme...
Lo bloqueé.
Me quedé mirando el teléfono.
Esperando sentir algo.
Alivio.
Satisfacción.
Algo.
Pero no sentí nada.
Solo cansancio.
—Seguro ni se da cuenta.
Susurré.
Y honestamente...
Lo creía.
Porque Adrián estaba tan ocupado que probablemente tardaría días en notarlo.
La idea me hizo sentir peor.
Los días siguientes fueron extraños.
Porque una parte de mí esperaba una reacción.
Un mensaje por otro medio.
Una llamada.
Algo.
Pero nada ocurrió.
Y eso confirmó exactamente lo que temía.
O estaba demasiado ocupado para notarlo.
O ya estábamos demasiado lejos para que importara.
Mientras tanto...
Lucas seguía apareciendo en mi rutina.
No de forma especial.
No de forma romántica.
Simplemente estaba ahí.
Como siempre.
Una tarde terminamos sentados bajo un árbol cerca de la facultad.
No estábamos estudiando.
Lo cual era raro.
—¿Qué haces?
Pregunté.
Lucas levantó el celular.
—Escucho música.
—Qué actividad tan compleja.
—Gracias.
Solté una pequeña risa.
Entonces me extendió uno de los audífonos.
—Toma.
—¿Qué escuchas?
—Mon Laferte.
Parpadeé.
—¿Desde cuándo escuchas a Mon Laferte?
—Desde que Camila decidió que necesitaba cultura.
—Eso suena a algo que haría Camila.
Acepté el audífono.
Y segundos después comenzó la canción.
La voz suave.
La guitarra.
La melancolía.
—Esto es tristísimo.
Comenté.
—Sí.
—¿Y por qué lo escuchas?
Lucas se encogió de hombros.
—Porque algunas canciones entienden cosas que uno no sabe explicar.
Lo observé unos segundos.
—Eso fue sorprendentemente profundo.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio.
Escuchando una canción tras otra.
Compartiendo los audífonos.
Sin necesidad de hablar demasiado.
Y por primera vez en semanas...
Sentí paz.
Una paz pequeña.
Tranquila.
Suficiente.
Cuando la última canción terminó, me di cuenta de algo.
No había revisado el teléfono en casi una hora.
No había pensado en Adrián.
No había pensado en el intercambio.
No había pensado en nada.
Y eso debería haber sido algo bueno.
Pero no lo fue.
Porque mientras caminaba de regreso a casa...
Sentí una culpa horrible.
Una culpa que no lograba explicar.
Porque la tranquilidad que llevaba semanas buscando...
No la había encontrado hablando con mi novio.
La había encontrado sentada bajo un árbol.
Escuchando canciones de Mon Laferte.
Con Lucas.
Y eso me asustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
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Editado: 10.07.2026