Cuando huir ya no basta

Capitulo 60- Cinco dias

Cinco días

Cuando acepté ver a Adrián, no estaba segura de qué esperaba.

Una explicación.

Una disculpa.

Una pelea.

Tal vez un poco de todo.

Terminamos encontrándonos en una cafetería cerca de la universidad.

La misma donde habíamos pasado horas estudiando meses atrás.

Ahora el lugar se sentía diferente.

O tal vez éramos nosotros.

Adrián llegó primero.

Lo vi sentado junto a una ventana.

Con una carpeta llena de documentos sobre la mesa.

Documentos del intercambio.

Por supuesto.

Cuando me vio llegar, cerró la carpeta inmediatamente.

Como si acabara de recordar que estaba ahí.

—Hola.

—Hola.

Ninguno se movió para abrazar al otro.

Y ambos lo notamos.

Durante unos segundos nadie habló.

Hasta que Adrián rompió el silencio.

—¿Me bloqueaste?

Solté una pequeña risa.

No porque fuera gracioso.

Sino porque era absurdo que esa fuera la primera pregunta.

—Sí.

Adrián parpadeó.

—¿Así de fácil?

—Sí.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

—¿Por qué?

Preguntó finalmente.

Lo observé durante varios segundos.

Y por primera vez decidí no esconder nada.

—Porque estaba cansada.

Adrián bajó la mirada.

—Mary...

—Te bloqueé hace cinco días.

Su expresión cambió.

—Lo sé.

—No.

Negué con la cabeza.

—No creo que lo entiendas.

Tomé aire.

—Te bloqueé hace cinco días.

Repetí.

—Y recién te diste cuenta ayer.

El silencio fue inmediato.

Porque no había nada que responder.

Nada que justificar.

—He estado ocupado.

Dijo finalmente.

Y lo peor fue que sonó sincero.

Porque sabía que era sincero.

Sabía exactamente todo lo que había estado haciendo.

Las reuniones.

Los documentos.

Los trámites.

Las entrevistas.

Todo.

—Lo sé.

Respondí.

—Y eso es lo que más me duele.

Adrián levantó la vista.

—¿Qué?

Sentí un nudo en la garganta.

—Que te creo.

Por primera vez pareció quedarse sin palabras.

—Hace unos meses habrías notado algo así el mismo día.

Continué.

—Probablemente en unas horas.

—Mary...

—Y ahora pasaron cinco días.

La cafetería parecía demasiado silenciosa.

Demasiado pequeña.

Demasiado incómoda.

—No fue porque no me importaras.

Dijo Adrián.

—Lo sé.

—Entonces...

—Pero tampoco fue porque fueras a buscarme.

Aquellas palabras lo hicieron callar.

Porque ambos sabíamos que eran ciertas.

No me buscó.

No porque no quisiera.

Sino porque estaba ocupado viviendo algo más.

Preparándose para otra etapa de su vida.

Y yo estaba quedándome atrás.

—Ya no soy tu prioridad.

Dije finalmente.

Adrián negó con la cabeza.

—Eso no es verdad.

—¿No?

Mi voz salió más suave de lo esperado.

Más triste.

Menos enojada.

—Tal vez no quieres que sea verdad.

Lo observé.

—Pero lo es.

El silencio volvió a caer.

Y esta vez ninguno intentó romperlo.

Después de varios segundos Adrián habló.

—No es justo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que me hagas elegir.

Parpadeé.

—¿Elegir?

—Entre tú y esto.

La frase me golpeó como una bofetada.

Porque jamás le había pedido eso.

Jamás.

—Nunca te pedí que eligieras.

—Pero actúas como si tuviera que hacerlo.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

—¿En serio crees que ese es el problema?

Adrián abrió la boca.

Pero no dije que terminara.

—No quiero que renuncies al intercambio.

Mi voz tembló.

—Nunca quise eso.

—Entonces...

—Lo que quiero es sentir que todavía hay espacio para mí.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Y una vez que estuvieron en el aire...

No pude retirarlas.

—Porque últimamente todo gira alrededor de tu viaje.

Tomé aire.

—Tus planes.

Tus trámites.

Tu futuro.

Y no sé dónde encajo yo.

La expresión de Adrián cambió lentamente.

Como si recién estuviera entendiendo.

O tal vez siempre lo había entendido.

Y simplemente no quería verlo.

—Mary...

Pero negué con la cabeza.

Porque había algo más.

Algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

—Todavía estamos en la misma ciudad.

Su mirada se encontró con la mía.

—Todavía podemos vernos.

—...

—Todavía podemos hablar.

Mi voz se quebró apenas.

—Y aun así estamos así.

El silencio se volvió absoluto.

—¿Cómo se supone que va a funcionar cuando estés al otro lado del mundo?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Pesada.

Dolorosa.

Real.

Y por primera vez...

Adrián no tuvo respuesta.

No intentó tranquilizarme.

No prometió que todo estaría bien.

No dijo que encontraríamos una solución.

Porque no la tenía.

Y yo tampoco.

Nos quedamos sentados frente a frente.

Separados por una mesa.

Y por algo mucho más grande que una mesa.

Por primera vez desde que comenzó todo esto...

Comprendí que el problema no era la distancia que vendría.

Era la distancia que ya estaba aquí.

Y ninguno de los dos sabía cómo volver a cruzarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.