Después de aquella conversación...
Las cosas no mejoraron.
Pero tampoco terminaron.
Y de alguna forma eso era peor.
Porque ahora ambos sabíamos exactamente qué estaba mal.
Y aun así...
No podíamos arreglarlo.
Los días siguientes estuvieron llenos de silencios.
Silencios en mensajes.
Silencios en llamadas.
Silencios cuando nos veíamos.
Como si cualquier palabra equivocada pudiera romper lo poco que quedaba.
El viernes coincidimos en la cafetería.
Antes, aquello me habría emocionado.
Ahora solo me puso nerviosa.
—Hola.
—Hola.
Nos sentamos frente a frente.
Y durante varios segundos ninguno habló.
Hasta que Adrián sacó unos documentos.
Automáticamente sentí algo hundirse dentro de mí.
—Ya casi termino todos los trámites.
Dijo.
Y fue entonces cuando entendí algo horrible.
No importaba que intentáramos hablar de otra cosa.
El intercambio siempre terminaba apareciendo.
Como una tercera persona sentada entre nosotros.
—Qué bien.
Respondí.
Adrián me observó.
—Mary...
—¿Qué?
—Estás haciéndolo otra vez.
Fruncí el ceño.
—¿Haciendo qué?
—Alejándote.
Sentí ganas de reír.
Porque aquello era absurdamente injusto.
—¿Yo me estoy alejando?
—Sí.
—Adrián.
Lo miré directamente.
—Llevas semanas desapareciendo.
—Porque estoy ocupado.
—Lo sé.
—Entonces entiéndelo.
Y ahí estaba otra vez.
La misma discusión.
El mismo círculo.
La misma pared contra la que chocábamos una y otra vez.
—Lo entiendo.
Dije finalmente.
—Ese es el problema.
La confusión apareció en su rostro.
—¿Qué significa eso?
—Que siempre lo entiendo.
Bajé la mirada.
—Entiendo tus reuniones.
Tus documentos.
Tus trámites.
Tus planes.
Tomé aire.
—Siempre entiendo todo.
El silencio fue inmediato.
Porque ambos sabíamos lo que no estaba diciendo.
¿Y quién me entendía a mí?
Aquella conversación terminó poco después.
Sin gritos.
Sin drama.
Sin soluciones.
Simplemente terminó.
Esa tarde encontré a Lucas sentado en las gradas cerca del campo deportivo.
Tenía los audífonos puestos.
Y una libreta apoyada sobre las piernas.
—¿Estudias?
Pregunté.
—Intento.
—¿Intentas?
—Llevo diez minutos leyendo la misma página.
—Eso cuenta como estudiar universitario.
Lucas soltó una pequeña risa.
Me senté a su lado.
Y durante varios minutos permanecimos en silencio.
Un silencio cómodo.
Diferente al que había tenido con Adrián.
Mucho más fácil.
—¿Mal día?
Preguntó finalmente.
Asentí.
—Sí.
Lucas no preguntó más.
Y agradecí que no lo hiciera.
Porque estaba cansada de explicar.
Cansada de intentar poner en palabras algo que ni siquiera entendía completamente.
Después de unos minutos me ofreció uno de sus audífonos.
—¿Mon Laferte otra vez?
—No.
—Milagro.
—Hoy toca variar el sufrimiento.
No pude evitar reír.
Acepté el audífono.
Y la música comenzó.
Una canción tranquila.
Suave.
Perfecta para aquella tarde.
Y mientras escuchábamos...
Me descubrí observando el cielo.
Respirando más tranquila.
Sintiéndome ligera.
Como no me había sentido en semanas.
Entonces ocurrió algo pequeño.
Algo insignificante.
Pero suficiente para hacerme pensar.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Adrián.
Lo vi aparecer en la pantalla.
Y por primera vez...
No tuve ganas de abrirlo inmediatamente.
No porque estuviera molesta.
No porque quisiera ignorarlo.
Simplemente...
No sentí urgencia.
Y aquello me asustó.
Muchísimo.
Porque durante meses había esperado cada mensaje suyo.
Cada llamada.
Cada momento juntos.
Y ahora estaba sentada escuchando música con Lucas...
Preguntándome si responder en ese momento o más tarde.
Como si algo hubiera cambiado.
Como si una parte de mí ya estuviera empezando a despedirse.
Aunque todavía no quisiera admitirlo.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026