Cuando huir ya no basta

Capitulo 62- Ya no se cómo hacerlo

Ya no sé cómo hacerlo

Los siguientes días fueron tranquilos.

Demasiado tranquilos.

Y estaba empezando a descubrir algo peligroso.

A veces el silencio duele más que una pelea.

Porque al menos cuando peleas significa que todavía estás intentando arreglar algo.

Pero cuando el silencio aparece...

A veces significa que ya no sabes cómo hacerlo.

El lunes encontré a Adrián esperándome afuera de un salón.

Me sorprendió.

Porque últimamente casi siempre era yo quien buscaba un espacio en su agenda.

—Hola.

—Hola.

Por primera vez en días me dedicó una sonrisa que parecía sincera.

No forzada.

No cansada.

Simplemente sincera.

Y por un instante recordé por qué me había enamorado de él.

—¿Tienes tiempo?

Preguntó.

—Sí.

—Bien.

Comenzamos a caminar por el campus.

Sin rumbo.

Como hacíamos antes.

Y durante algunos minutos fue fácil.

Sorprendentemente fácil.

Hablamos de profesores.

De exámenes.

De compañeros.

De cualquier cosa menos del intercambio.

Y por primera vez en semanas...

Me sentí bien.

Realmente bien.

Hasta que Adrián recibió una llamada.

Vi su expresión cambiar.

—Es de la oficina internacional.

Murmuró.

Asentí.

—Contesta.

—Mary...

—Está bien.

Y era verdad.

Al menos al principio.

Porque la llamada duró quince minutos.

Luego veinte.

Luego veinticinco.

Y para cuando terminó...

Yo estaba sentada sola en una banca mirando a la gente pasar.

—Perdón.

Dijo al regresar.

—No pasa nada.

Respondí automáticamente.

Pero ambos sabíamos que sí pasaba.

Aquella tarde nos despedimos poco después.

Y mientras lo veía alejarse...

Sentí una tristeza extraña.

No porque hubiera hecho algo malo.

Porque no lo hizo.

Simplemente...

Había elegido atender una llamada importante.

Cualquier persona razonable habría hecho lo mismo.

Y sin embargo...

Cada vez parecía más evidente que yo estaba dejando de ser parte de sus prioridades.

Dos días después estaba en la biblioteca con Lucas.

Intentando estudiar.

Intentando.

Porque en realidad llevábamos veinte minutos hablando de cualquier cosa menos de la materia.

—Voy a desaprobar.

Declaré.

—Definitivamente.

Confirmó Lucas.

—Gracias por tu apoyo.

—Siempre.

Le lancé una hoja de papel.

Y él la esquivó.

—Violencia académica.

—Te la merecías.

Lucas sonrió.

Y durante un instante me quedé observándolo.

Algo que no pasó desapercibido.

—¿Qué?

Preguntó.

Parpadeé.

—Nada.

—Eso fue raro.

—No fue raro.

—Fue rarísimo.

Aparté la mirada.

Porque tenía razón.

Había sido raro.

Y no entendía por qué.

Esa noche recibí un mensaje de Adrián.

"¿Podemos vernos mañana?"

Observé la pantalla.

Y algo dentro de mí se tensó.

No emoción.

No felicidad.

Nervios.

Porque últimamente cada conversación importante parecía terminar mal.

Aun así respondí.

"Claro."

La respuesta llegó casi de inmediato.

"Gracias."

Solo esa palabra.

Gracias.

Como si estuviera pidiendo un favor.

Como si vernos ya no fuera algo natural.

Como si necesitáramos programar tiempo para ser pareja.

Y fue entonces cuando comprendí algo.

No de golpe.

No como una revelación dramática.

Sino lentamente.

Como una verdad que llevaba tiempo creciendo.

Ya no sabía cómo estar con Adrián.

Y lo peor...

Era que empezaba a creer que él tampoco lo sabía.

Esa noche dormí poco.

Y por primera vez desde que comenzó todo esto...

Tuve miedo de la conversación del día siguiente.

Porque sentía que algo estaba llegando a su final.

Y no estaba segura de querer escucharlo en voz alta.




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