Cuando huir ya no basta

Capitulo 63- A veces el amor no alcanza

A veces el amor no alcanza

Al día siguiente llegué diez minutos antes.

No porque estuviera emocionada.

Ni porque quisiera verlo.

Llegué temprano porque estaba nerviosa.

Porque algo dentro de mí sabía que aquella conversación sería diferente.

Nos encontramos en un pequeño parque cerca de la universidad.

Uno de esos lugares tranquilos donde solíamos sentarnos después de clases.

Adrián ya estaba allí.

Sentado en una banca.

Mirando el suelo.

Cuando me vio acercarme se puso de pie.

—Hola.

—Hola.

Por costumbre intentamos sonreír.

Ninguno lo consiguió.

Durante unos segundos ninguno habló.

Hasta que Adrián tomó aire.

—He estado pensando mucho.

Asentí.

—Yo también.

Otra vez silencio.

Últimamente parecía ser nuestro idioma favorito.

—Lucas habló conmigo.

Dijo de repente.

Parpadeé.

—¿Lucas?

—Sí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué te dijo?

—Nada que no supiera ya.

Y por alguna razón eso me hizo sonreír un poco.

Sonaba exactamente a Lucas.

Adrián bajó la mirada.

—Mary...

—¿Sí?

—No quiero perderte.

Sentí un dolor inmediato en el pecho.

Porque durante meses había esperado escuchar algo así.

Y ahora que finalmente lo escuchaba...

Ya no era suficiente.

—Lo sé.

Respondí suavemente.

—No parece.

La tristeza en su voz hizo que me doliera aún más.

Porque seguía siendo Adrián.

Seguía siendo la persona que había estado conmigo durante tanto tiempo.

La persona que me había hecho feliz.

La persona que todavía quería.

Y justamente por eso estaba sufriendo tanto.

—No es que no te crea.

Dije.

—Entonces ¿qué pasa?

Tomé aire.

Y por primera vez decidí ser completamente honesta.

—Estoy cansada.

Adrián cerró los ojos.

Como si hubiera esperado escuchar esas palabras.

—Yo también.

Aquella respuesta me rompió un poco.

Porque no estaba peleando.

No estaba discutiendo.

Simplemente estaba siendo sincero.

—Cada vez que hablamos terminamos hablando del intercambio.

Dije.

—Lo sé.

—Y cada vez siento más miedo.

—Lo sé.

—Y cada vez te siento más lejos.

Esta vez Adrián no respondió.

Porque no podía.

Porque también lo sabía.

El viento movió suavemente las hojas de los árboles.

Alrededor nuestro la gente seguía caminando.

La vida continuaba.

Como si nada importante estuviera pasando.

Y sin embargo para mí parecía que el mundo entero se estaba desmoronando.

—¿Sabes qué es lo peor?

Pregunté.

—¿Qué?

—Que ninguno hizo nada malo.

Mi voz tembló.

—Si me hubieras mentido sería más fácil.

Una lágrima escapó antes de que pudiera detenerla.

—Si hubieras dejado de quererme sería más fácil.

Otra lágrima.

—Pero sigues aquí.

Bajé la mirada.

—Y yo sigo aquí.

El silencio fue absoluto.

Porque ambos entendimos exactamente lo que quería decir.

Seguíamos queriéndonos.

Pero eso ya no estaba arreglando nada.

Adrián se sentó nuevamente en la banca.

Parecía agotado.

Más agotado de lo que lo había visto nunca.

—He intentado imaginar cómo va a ser.

Confesó.

—Cuando esté allá.

Lo escuché en silencio.

—Videollamadas.

Mensajes.

Horarios.

Se quedó callado unos segundos.

—Y mientras más lo pienso...

Su voz se quebró.

—Más miedo me da.

Sentí que el corazón se me rompía.

Porque era la primera vez que Adrián admitía que también tenía miedo.

Y llegó demasiado tarde.

—Todavía estamos en la misma ciudad.

Susurré.

—Y apenas podemos encontrarnos.

Adrián bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Todavía podemos abrazarnos.

Todavía podemos vernos.

Todavía podemos caminar juntos.

Mi voz tembló.

—Y aun así estamos perdiéndonos.

Adrián no respondió.

Porque no había respuesta.

Pasaron varios segundos.

Quizá minutos.

No lo sé.

Hasta que finalmente pronuncié las palabras que llevaba semanas evitando.

—Creo que nos estamos haciendo daño.

Adrián cerró los ojos.

Y aquella reacción me confirmó que él también lo sabía.

—Mary...

—No quiero seguir esperando el momento en que te vayas.

Las lágrimas corrían libremente ahora.

—Porque siento que llevo meses despidiéndome.

El silencio se volvió insoportable.

—Y yo no quiero seguir sintiendo que te estoy fallando.

Dijo Adrián.

Levanté la vista.

Por primera vez él también estaba llorando.

—Porque cada vez que te veo triste...

Tomó aire.

—Siento que soy el culpable.

Aquello terminó de romperme.

Porque ninguno era culpable.

Y tal vez por eso dolía tanto.

Nos quedamos mirándonos.

Dos personas que todavía se querían.

Dos personas que habían intentado.

Dos personas que simplemente habían llegado a un lugar donde el amor ya no estaba resolviendo el problema.

Y finalmente...

Adrián habló.

—Tal vez...

Su voz apenas era un susurro.

—Tal vez deberíamos parar aquí.

Sentí que el mundo se detenía.

Aunque una parte de mí ya lo sabía.

Aunque una parte de mí llevaba semanas preparándose.

Dolió igual.

Muchísimo.

—Sí.

Respondí.

Y aquella fue la palabra más difícil que había dicho en mucho tiempo.

No hubo gritos.

No hubo reproches.

No hubo una gran escena.

Solo dos personas sentadas en una banca.

Llorando por algo que no querían perder.

Pero que ya no sabían cómo sostener.

Cuando finalmente nos levantamos...

Ninguno intentó detener al otro.

Porque ambos entendíamos que aquello no era una pausa.

Ni una pelea.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.