No recuerdo cómo llegué a casa.
Solo recuerdo cerrar la puerta de mi habitación.
Y romperme.
Completamente.
Durante semanas había intentado ser fuerte.
Había intentado entender.
Apoyar.
Esperar.
Pero ahora ya no tenía fuerzas.
Porque era real.
Habíamos terminado.
Adrián y yo habíamos terminado.
Y cuanto más intentaba aceptarlo...
Más me dolía.
Lloré durante horas.
Hasta que mi madre llamó a la puerta.
—¿Mary?
—Estoy bien.
Mentí.
Pero incluso a mí me sonó ridículo.
Porque claramente no estaba bien.
Cuando mi teléfono vibró no tenía intención de responder.
Ni siquiera quería mirar la pantalla.
Pero siguió vibrando.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Finalmente tomé el celular.
Camila.
"Abre la puerta."
Fruncí el ceño.
"¿Qué?"
La respuesta llegó inmediatamente.
"Abre la puerta, Mary."
Me levanté lentamente.
Y bajé las escaleras.
Cuando abrí...
Camila estaba allí.
Y a su lado estaba Lucas.
—Hola.
Dijo Camila.
—¿Cómo entraron al edificio?
—Eso no es lo importante.
—Camila.
—Mary.
Nos quedamos mirando unos segundos.
Y entonces toda la fortaleza que me quedaba desapareció.
Completamente.
Porque verla ahí...
Verlos ahí...
Me hizo sentir menos sola.
Y eso fue suficiente para que volviera a llorar.
—Oh, no.
Murmuró Camila.
Un segundo después ya me estaba abrazando.
Y entonces empecé a llorar de verdad.
Sin intentar ocultarlo.
Sin intentar parecer fuerte.
Sin intentar controlar nada.
Simplemente lloré.
Horas después seguíamos en mi habitación.
Camila estaba sentada en el suelo.
Lucas en una silla junto a mi cama.
Y yo seguía llorando.
Menos que antes.
Pero seguía llorando.
—Esto es horrible.
Murmuré.
—Sí.
Respondió Camila.
—Gracias por tu optimismo.
—No te voy a mentir.
Eso me arrancó una pequeña risa entre lágrimas.
La primera del día.
—Lo extraño.
Confesé.
El silencio llenó la habitación.
—Lo sé.
Dijo Camila.
—Y lo peor es que no estoy enojada.
Me limpié los ojos.
—Sería más fácil si estuviera enojada.
—Lo sé.
Repitió ella.
—Pero no lo estoy.
Miré al techo.
—Solo lo extraño.
Aquellas palabras hicieron que las lágrimas regresaran.
Porque eran verdad.
Toda la verdad.
Pasó el tiempo.
No sé cuánto.
Una hora.
Dos.
Tal vez más.
Hasta que el cansancio empezó a ganarme.
Porque llorar durante tanto tiempo también agota.
Muchísimo.
Camila terminó acomodándose al pie de la cama.
Y en algún momento dejó de hablar.
La habitación quedó en silencio.
Un silencio tranquilo.
Por primera vez en todo el día.
Lucas seguía allí.
Sin hacer preguntas.
Sin intentar arreglar nada.
Simplemente allí.
Como si entendiera que eso era lo único que podía hacer.
Y curiosamente...
Era suficiente.
Me apoyé contra el respaldo de la cama.
Intentando mantener los ojos abiertos.
Fracasando miserablemente.
—Deberías dormir.
Escuché decir a Lucas.
—No tengo sueño.
Mentí.
—Claro.
—Cállate.
—Descansa.
Sonreí apenas.
Y sin darme cuenta terminé inclinándome hacia un lado.
Hasta apoyar la cabeza sobre su hombro.
Durante un segundo pensé en apartarme.
Pedir disculpas.
Decir algo.
Pero estaba demasiado cansada.
Demasiado triste.
Demasiado agotada.
Y Lucas no se movió.
No dijo nada.
Ni una sola palabra.
Simplemente se quedó allí.
Permitiéndome descansar.
Permitiéndome llorar una última vez.
Permitiéndome sentir todo aquello que llevaba semanas intentando contener.
La última imagen que recuerdo antes de quedarme dormida fue la luz tenue de mi habitación.
Camila medio dormida al pie de la cama.
Y el silencio.
Un silencio diferente.
No el silencio de una despedida.
Sino el de personas que habían decidido quedarse.
Aunque no supieran cómo arreglar nada.
Aunque no pudieran quitarme el dolor.
Simplemente quedarse.
Y aquella noche...
Era exactamente lo que necesitaba.
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Editado: 10.07.2026