Los días siguientes fueron difíciles.
Mucho más difíciles de lo que cualquiera imaginó.
Porque el funeral terminó.
Las visitas terminaron.
Los mensajes de condolencias terminaron.
Pero el dolor no.
El dolor seguía ahí.
Esperando.
Silencioso.
Instalado en cada rincón de la casa.
Lucas apenas salía.
Apenas comía.
Apenas dormía.
Y cuando dormía...
Las pesadillas regresaban.
Peor que antes.
Más intensas.
Más reales.
Más crueles.
Una noche, cerca de las dos de la mañana, mi teléfono vibró.
Me desperté sobresaltada.
Al principio pensé que estaba soñando.
Pero volvió a sonar.
Tomé el celular.
Lucas.
"¿Estás despierta?"
Fruncí el ceño.
Era raro.
Muy raro.
Lucas jamás escribía a esa hora.
"Ahora sí."
Respondí.
Pasaron varios segundos.
Luego llegó otro mensaje.
"Lo siento."
Mi preocupación aumentó inmediatamente.
"¿Qué pasa?"
Esta vez tardó más en responder.
Mucho más.
Tanto que estuve a punto de llamarlo.
Y entonces llegó el mensaje.
"No puedo dormir."
Miré la pantalla.
Solo esas tres palabras.
Pero entendí perfectamente lo que significaban.
Veinte minutos después estaba poniéndome una chaqueta.
—¿A dónde vas?
Preguntó mi madre desde el pasillo.
—A casa de Lucas.
Su expresión cambió inmediatamente.
Ella también se había enterado de lo ocurrido.
Toda la universidad se había enterado.
—¿Está bien?
Negué lentamente.
—No.
Y ambas sabíamos que probablemente no lo estaría durante mucho tiempo.
Cuando Lucas abrió la puerta sentí un nudo en el pecho.
Se veía peor que unos días atrás.
Mucho peor.
Ojeras.
Piel pálida.
Cabello desordenado.
Como si no hubiera descansado nada.
Y probablemente era cierto.
—Hola.
—Hola.
Por primera vez no intentó sonreír.
Ni siquiera fingió.
Simplemente se hizo a un lado para dejarme entrar.
La casa seguía sintiéndose extraña.
Vacía.
Como si faltara una pieza fundamental.
Porque faltaba.
Encontré una taza de café olvidada sobre la mesa.
Una bufanda colgada detrás de una silla.
Un libro abierto.
Pequeñas evidencias de una vida que había estado allí.
Y que ya no estaba.
Lucas se sentó en el sofá.
Yo me senté a su lado.
Y durante varios minutos ninguno habló.
Porque no sabía qué decir.
Y él tampoco.
Finalmente rompió el silencio.
—La sigo escuchando.
Lo miré.
—¿Qué?
—A mi mamá.
Su voz salió apenas audible.
—A veces escucho una puerta y pienso que es ella.
Bajó la mirada.
—Escucho un ruido en la cocina y por un segundo creo que sigue aquí.
Sentí que el corazón se me encogía.
Porque entendía exactamente lo que quería decir.
No racionalmente.
Pero emocionalmente.
Porque cuando alguien desaparece tan rápido...
Tu cabeza tarda en aceptarlo.
Una parte sigue esperando verlo aparecer.
Aunque sepas que no ocurrirá.
—Y después lo recuerdo.
Continuó.
—Una y otra vez.
Se pasó una mano por el rostro.
—Y vuelve a sentirse igual de horrible.
No intenté interrumpirlo.
No intenté arreglarlo.
Simplemente escuché.
Porque eso era lo que él había hecho por mí.
—El psicólogo me dijo que iba a haber recaídas.
Murmuró.
—Pero no pensé que sería así.
—Lucas...
—Siento que retrocedí meses.
Levantó la vista.
—Tal vez años.
Aquella confesión fue la más sincera que le había escuchado jamás.
Porque Lucas normalmente escondía sus heridas detrás de bromas.
Detrás de sarcasmo.
Detrás de sonrisas.
Pero ahora no tenía energía para esconder nada.
Y tal vez eso lo hacía aún más vulnerable.
Las horas pasaron lentamente.
Hablamos de su mamá.
Por primera vez.
De verdad.
Me contó historias que nunca había escuchado.
Cómo lo llevaba al colegio cuando era pequeño.
Cómo insistía en celebrar su cumpleaños aunque él dijera que era una tontería.
Cómo lo obligaba a comer verduras.
Cómo se enojaba cuando dejaba los platos en el fregadero.
Historias simples.
Pequeñas.
Cotidianas.
Y precisamente por eso dolían tanto.
Porque eran reales.
Porque demostraban que había existido una vida completa detrás de aquella pérdida.
A las cuatro de la mañana seguíamos despiertos.
El café ya estaba frío.
La ciudad permanecía en silencio.
Y Lucas parecía agotado.
Pero seguía evitando cerrar los ojos.
Entonces entendí algo.
No era que no pudiera dormir.
Era que tenía miedo de hacerlo.
Miedo a las pesadillas.
Miedo a despertar otra vez.
Miedo a volver a pasar por aquello.
—Lucas.
—¿Sí?
—No tienes que quedarte despierto toda la noche.
Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
—Eso dice la persona que apareció aquí a las dos de la mañana.
—No cambies de tema.
Por primera vez soltó una risa.
Pequeña.
Muy pequeña.
Pero real.
Y me aferré a ella.
Porque significaba que todavía estaba ahí.
Debajo de todo aquel dolor.
Todavía seguía siendo Lucas.
El amanecer comenzó a entrar por las ventanas.
Lento.
Silencioso.
Y después de horas sin dormir, Lucas finalmente apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.
Sus ojos parecían cerrarse por sí solos.
—Mary.
Murmuró.
—¿Sí?
—Gracias por venir.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque recordé otra noche.
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Editado: 10.07.2026