Cuando huir ya no basta

Capitulo 69- Las cosas que no se dicen

Las cosas que no se dicen

La primera vez que Lucas volvió a la universidad fue una semana después.

Y se notó.

Se notó en los pasillos.

Se notó en las miradas.

Se notó en la forma en que la gente bajaba la voz cuando él pasaba.

Porque todos sabían.

Algunos porque realmente se preocupaban.

Otros porque las noticias corrían rápido en una universidad.

Pero todos sabían.

Yo lo vi antes de que él me viera a mí.

Estaba caminando por el campus.

Con una mochila sobre un hombro.

Las manos metidas en los bolsillos.

Y una expresión cansada que parecía haberse instalado permanentemente en su rostro.

Había perdido peso.

No mucho.

Pero lo suficiente para que se notara.

Y aunque intentaba actuar normal...

No estaba bien.

Todavía no.

—Llegas tarde.

Dije cuando me acerqué.

Lucas levantó la vista.

Y por primera vez en días vi una sonrisa.

Pequeña.

Pero real.

—Buenos días para ti también.

—Estoy intentando motivarte.

—Lo haces fatal.

—Gracias.

—De nada.

Y durante unos segundos fue como antes.

No completamente.

Pero lo suficiente para recordarlo.

Comenzamos a caminar por el campus.

Lentamente.

Sin apuro.

Porque ninguno tenía ganas de entrar todavía a clases.

—¿Cómo dormiste?

Pregunté.

Lucas hizo una mueca.

—¿Quieres la respuesta diplomática o la real?

—La real.

—Mal.

Asentí.

Era la respuesta que esperaba.

Las pesadillas no habían desaparecido.

El psicólogo le había explicado que tampoco desaparecerían de inmediato.

Pero escucharlo seguía siendo difícil.

Porque cada mañana parecía llegar más cansado.

Más agotado.

Como si estuviera luchando una batalla que nadie más podía ver.

—Hoy tengo terapia.

Dijo después de un rato.

Aquello me sorprendió.

—Pensé que ibas a cancelarla.

—Yo también.

Bajó la mirada.

—Pero mi mamá me habría obligado a ir.

La frase salió acompañada de una pequeña sonrisa.

Y después...

Después de tristeza.

Porque todavía dolía decirlo.

Todavía dolía pensarla en pasado.

Seguimos caminando.

Y durante varios minutos ninguno habló.

No porque fuera incómodo.

Sino porque algunas compañías no necesitan llenar todos los silencios.

Cuando llegamos cerca de la cafetería vimos a Camila.

Y también a Valeria.

Las dos estaban sentadas en una mesa.

Y en cuanto nos vieron levantaron las manos.

—¡Por fin!

Exclamó Camila.

—Pensé que tendríamos que ir a buscarte.

Lucas arqueó una ceja.

—Eso suena como una amenaza.

—Lo era.

Valeria soltó una carcajada.

Y por primera vez en días vi algo diferente en Lucas.

Alivio.

Porque aquellas personas seguían ahí.

Porque el mundo seguía girando.

Porque no estaba completamente solo.

Pasamos casi toda la hora libre juntos.

Hablando.

O más bien...

Intentando hablar de cualquier cosa menos de lo que había pasado.

Hasta que Camila lo arruinó.

Como siempre.

—¿Y cómo estás?

Preguntó.

La mesa quedó en silencio.

Inmediatamente.

Camila abrió mucho los ojos.

—No era una pregunta trampa.

—Claro que sí.

Respondió Valeria.

—Fue absolutamente una pregunta trampa.

—No quise decirlo así.

Lucas soltó una pequeña risa.

Y aquello relajó un poco el ambiente.

—Estoy intentando.

Respondió finalmente.

Y por alguna razón aquella respuesta me dolió más que cualquier otra.

Porque era sincera.

No estaba bien.

No estaba superándolo.

Simplemente estaba intentando sobrevivir al día.

Uno a la vez.

Esa tarde, después de clases, terminé acompañándolo a casa.

Algo que se había vuelto habitual.

No planeado.

Simplemente ocurría.

El camino fue tranquilo.

Con conversaciones interrumpidas.

Con silencios cómodos.

Con momentos donde ninguno tenía nada que decir.

Y aun así seguíamos caminando juntos.

Cuando llegamos al edificio donde vivía, Lucas se quedó mirando la entrada.

Sin avanzar.

Sin moverse.

Y entendí inmediatamente por qué.

Porque una vez que cruzara esa puerta...

Volvería a la casa vacía.

Volvería al silencio.

Volvería a recordar.

—¿Quieres que suba un rato?

Pregunté.

Lucas me miró.

Sorprendido.

Como si no hubiera esperado la oferta.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

El silencio duró varios segundos.

—Sí.

Respondió finalmente.

—Me gustaría.

Terminamos sentados en el suelo de la sala.

Con música sonando desde el teléfono.

Baja.

Suave.

Sin prestar demasiada atención a las canciones.

Simplemente dejando que llenaran el espacio.

—¿Sabes qué es lo raro?

Dijo Lucas de repente.

—¿Qué?

—Sigo agarrando el teléfono para llamarla.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Porque aquella era una de esas verdades horribles que nadie te cuenta sobre el duelo.

Las costumbres.

Los reflejos.

Las cosas automáticas.

—Ayer vi algo gracioso.

Continuó.

—Y mi primera reacción fue mandárselo.

Bajó la mirada.

—Después recordé.

No dijo más.

No hacía falta.

La música siguió sonando.

Y por primera vez en mucho tiempo fui yo quien tomó uno de los audífonos.

Y se lo tendí.

Lucas me observó.

—¿Qué haces?

—Terapia alternativa.

—Eso suena ilegal.

—Probablemente.

Por primera vez en días se rió de verdad.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Nos quedamos escuchando música.

Compartiendo el mismo audífono.

Mirando por la ventana cómo caía la tarde.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.