Las recaídas no avisan.
No llegan con una advertencia.
No llaman antes de aparecer.
Simplemente ocurren.
Y aquella noche ocurrió.
Habían pasado casi dos semanas desde la muerte de la mamá de Lucas.
Dos semanas en las que parecía estar mejorando.
No mucho.
Pero lo suficiente para preocuparme un poco menos.
Volvió a clases.
Volvió a terapia.
Volvió a responder mensajes.
Incluso volvió a hacer bromas.
Malas bromas.
Pero bromas al fin y al cabo.
Y quizás por eso me confié.
Porque empecé a creer que estaba mejor.
No sabía que solo estaba sobreviviendo.
Eran las tres de la mañana cuando mi teléfono sonó.
No vibró.
Sonó.
Una llamada.
Y eso bastó para que el corazón se me acelerara.
Porque nadie llama a las tres de la mañana para dar buenas noticias.
Nunca.
Tomé el celular.
Lucas.
Contesté inmediatamente.
—¿Lucas?
Durante unos segundos no escuché nada.
Solo respiración.
Agitada.
Irregular.
Como si hubiera corrido kilómetros.
—Lucas.
Repetí.
—Lo siento.
Su voz sonó rota.
Completamente rota.
—Lo siento.
Me incorporé de golpe en la cama.
—¿Qué pasó?
Y entonces escuché algo que jamás le había escuchado.
Miedo.
Miedo puro.
—No puedo.
—¿No puedes qué?
—Dormir.
El silencio me heló la sangre.
—Tuve otra pesadilla.
Tomó aire.
Como si respirar le costara.
—Y cuando desperté...
Su voz tembló.
—Por un segundo olvidé que había muerto.
Cerré los ojos.
Porque sabía exactamente qué venía después.
—Y luego lo recordé.
Aquellas palabras salieron acompañadas de un sonido extraño.
Como un intento desesperado por no llorar.
—¿Estás solo?
Pregunté.
—Sí.
—Voy para allá.
—Mary, no tienes que...
—Voy para allá.
Repetí.
Y esta vez no discutió.
Veinte minutos después estaba frente a su edificio.
El vigilante ya me conocía.
Últimamente eso estaba ocurriendo demasiado.
Lucas abrió la puerta antes de que tocara.
Y sentí un nudo en el pecho.
Porque estaba peor que nunca.
Mucho peor.
Tenía los ojos completamente rojos.
Las manos temblaban.
Y parecía agotado.
Como alguien que llevaba días sin descansar.
Quizás porque era exactamente eso.
—Hola.
—Hola.
Entré.
Y el silencio de la casa volvió a golpearme.
Aquel silencio que parecía vivir allí desde que ella se había ido.
Lucas se dejó caer en el sofá.
Como si todo el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.
Y quizás lo estaba.
—¿Quieres hablar?
Pregunté.
—No.
—Está bien.
—Pero tampoco quiero estar solo.
La confesión salió tan rápido que pareció sorprenderlo incluso a él.
Y algo dentro de mí se rompió.
Porque Lucas siempre había sido el fuerte.
El que sostenía.
El que acompañaba.
Y ahora estaba viendo una versión de él que nadie veía.
Una versión cansada.
Asustada.
Vulnerable.
Nos quedamos sentados en silencio.
Durante varios minutos.
Hasta que él habló nuevamente.
—¿Sabes qué fue lo peor?
Negué con la cabeza.
Lucas tragó saliva.
—En la pesadilla estaba viva.
Sentí el pecho apretarse.
—Estábamos hablando.
Su mirada se perdió en algún punto de la habitación.
—Era una conversación normal.
Tomó aire.
—Ni siquiera recuerdo qué decía.
Se pasó una mano por los ojos.
—Solo recuerdo que estaba ahí.
Mi garganta se cerró.
Porque entendí inmediatamente.
Lo horrible no era la pesadilla.
Lo horrible era despertar.
—Y cuando abrí los ojos...
Su voz se quebró.
—Volvió a morir.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
Y esta vez no intentó detenerlas.
No intentó esconderlas.
Simplemente dejó que ocurrieran.
El silencio llenó la habitación.
Lucas seguía mirando el suelo.
Como si todo el peso del mundo estuviera allí.
Yo observé alrededor.
El sofá.
Las sillas.
Una manta doblada sobre un sillón.
Y entonces recordé algo.
Algo absurdamente infantil.
Me levanté sin decir una palabra.
—¿Qué haces?
Preguntó Lucas.
—No preguntes.
—Eso nunca termina bien.
—Confía en mí.
—Peores palabras de la historia.
Por primera vez sonó ligeramente parecido al Lucas de siempre.
Y eso me animó a continuar.
Tomé dos sillas del comedor.
Las arrastré hasta la sala.
Luego agarré una sábana.
Después otra.
Lucas me observaba como si hubiera perdido completamente la cabeza.
—Mary.
—¿Sí?
—¿Qué estás haciendo?
—Arquitectura emocional.
—Eso no existe.
—Claro que existe.
—No existe.
—Ahora sí.
Después de varios minutos de trabajo bastante cuestionable...
La estructura estuvo terminada.
Una especie de fuerte improvisado.
Hecho con sillas.
Sábanas.
Mantas.
Y mucha falta de dignidad.
—Es horrible.
Comentó Lucas.
—Es perfecta.
—Parece que va a derrumbarse.
—Tiene personalidad.
Lucas soltó una risa.
Una pequeña.
Pero real.
Y eso hizo que todo valiera la pena.
Entonces saqué unas luces pequeñas que había encontrado guardadas en un cajón.
—¿Por qué tienes eso?
—No cambies de tema.
Las coloqué dentro del fuerte.
Pequeños puntos cálidos iluminaron el interior.
Transformándolo completamente.
De repente ya no parecía una construcción ridícula.
Parecía un refugio.
Un escondite.
Un lugar separado del resto del mundo.
Me senté dentro y levanté una esquina de la sábana.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026