Cuando desperté no entendí dónde estaba.
Durante unos segundos pensé que seguía soñando.
Había luces pequeñas sobre mi cabeza.
Una manta sobre mis piernas.
Y una pared de tela blanca delante de mí.
Parpadeé varias veces.
Confundida.
Hasta que los recuerdos regresaron.
La llamada.
La pesadilla.
Lucas.
La casita.
La casita.
Una sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera evitarlo.
Era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Y aun así...
Había funcionado.
Giré ligeramente la cabeza.
Lucas seguía dormido.
Apoyado contra una de las sillas.
Con los brazos cruzados.
Y el cabello cayéndole sobre los ojos.
Por primera vez en semanas parecía descansar de verdad.
Sin tensión.
Sin miedo.
Sin esa expresión de agotamiento permanente.
Simplemente dormía.
Y comprendí algo.
No era que el escondite hubiera arreglado nada.
No había hecho desaparecer el dolor.
No había devuelto a su mamá.
Pero le había dado una noche.
Solo una.
Y a veces una noche era suficiente para seguir adelante un día más.
Me moví con cuidado para no despertarlo.
Fracaso absoluto.
—Te escuché.
Murmuró Lucas con los ojos cerrados.
—Ni siquiera me moví.
—Te moviste.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Abrió los ojos lentamente.
Y durante unos segundos observó el techo de sábanas.
Como si estuviera recordando dónde estaba.
Luego me miró.
—¿Construimos una casa?
—Sí.
—¿A las tres de la mañana?
—Sí.
—Eso explica muchas cosas.
No pude evitar reírme.
Y sorprendentemente...
Él también.
Era la primera vez que lo escuchaba reír desde que todo había pasado.
No una risa enorme.
No una carcajada.
Pero una risa real.
Y algo dentro de mí se aferró a ella.
Terminamos desayunando en el suelo.
Porque ninguno tenía ganas de desmontar el escondite.
Ni de admitir que ya éramos adultos.
—Esto es triste.
Comentó Lucas mientras sostenía una taza de café.
—¿Qué?
—Que una casa hecha con sábanas sea lo mejor que me ha pasado esta semana.
Lo observé.
Y por primera vez en mucho tiempo no vi únicamente tristeza.
Seguía ahí.
Claro que seguía ahí.
Pero ya no ocupaba todo el espacio.
—Tu psicólogo estaría orgulloso.
Dije.
Lucas resopló.
—Mi psicólogo estaría preocupado.
—También.
—Principalmente preocupado.
—Definitivamente.
Aquello provocó otra sonrisa.
Pequeña.
Pero real.
El resto de la mañana transcurrió despacio.
Sin prisas.
Sin planes.
Simplemente existiendo.
Algo que ambos parecíamos necesitar.
En algún momento terminamos escuchando música otra vez.
Compartiendo audífonos.
Como siempre.
Y por primera vez ocurrió algo curioso.
No fue Mary quien necesitó distraerse.
Fue Lucas.
Cada canción parecía darle unos minutos de descanso.
Un pequeño espacio donde su mente no volvía constantemente al hospital.
Donde no revivía aquella llamada.
Donde podía respirar.
—¿Sabes?
Dijo de repente.
—¿Qué?
—Empiezo a entender por qué te gustaba esto.
—¿La música?
—No.
Lo pensé unos segundos.
—¿Las casas hechas con sábanas?
—Tampoco.
Fruncí el ceño.
—Entonces explícate.
Lucas observó las luces que seguían colgando encima de nosotros.
Y luego respondió.
—Tener un lugar donde esconderte un rato.
Aquella frase me dejó sin palabras.
Porque entendí exactamente a qué se refería.
A veces la vida duele demasiado.
Y uno no busca soluciones.
No busca respuestas.
No busca arreglarlo todo.
Solo necesita un lugar seguro donde sentarse.
Y esperar.
El teléfono de Lucas vibró.
Ambos miramos la pantalla.
Era su psicólogo.
Recordatorio de la cita de aquella tarde.
La expresión de Lucas cambió ligeramente.
La ansiedad regresó.
La inseguridad.
El miedo.
Como si salir de aquel escondite significara volver al mundo real.
Y al dolor.
—No quiero ir.
Confesó.
Era la primera vez que lo decía en voz alta.
—Lo sé.
Respondí.
—Pero deberías.
Suspiró.
—Lo sé.
Ninguno habló durante varios segundos.
Hasta que finalmente añadió:
—¿Crees que algún día deje de doler así?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
Y por primera vez no intenté responder rápido.
Porque merecía una respuesta honesta.
—No.
Dije finalmente.
Lucas me miró sorprendido.
—Qué alentador.
—Déjame terminar.
Rodó los ojos.
—Continúa.
Tomé aire.
—Creo que siempre va a doler.
La habitación quedó en silencio.
—Pero no creo que siempre duela igual.
Lucas bajó la mirada.
Escuchando.
—Ahora mismo parece que ocupa todo.
—Sí.
—Pero algún día ocupará menos espacio.
Tragué saliva.
—Y podrás recordar cosas buenas sin que todo se rompa otra vez.
Lucas permaneció callado.
Mucho tiempo.
Y entonces asintió.
Muy despacio.
Como si quisiera creerlo.
Aunque todavía no pudiera.
Aquella tarde desmontamos el escondite.
Con cierta tristeza.
Como si estuviéramos despidiéndonos de algo importante.
Porque, de alguna manera, lo era.
No era una casita de sábanas.
No realmente.
Era la prueba de que incluso en las noches más difíciles...
Incluso cuando el dolor parecía imposible de soportar...
Todavía existían lugares seguros.
Todavía existían personas capaces de quedarse.
Mientras Lucas se preparaba para ir a terapia, yo me quedé observando las mantas dobladas.
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Editado: 10.07.2026