La terapia había sido difícil.
Más difícil de lo habitual.
Lucas lo supo desde el momento en que salió del consultorio.
Porque estaba cansado.
No físicamente.
Era otro tipo de cansancio.
Uno que se instalaba en el pecho.
En la cabeza.
En los recuerdos.
Aquella tarde habían hablado de su mamá.
De verdad.
No de los trámites.
No del funeral.
No de las cosas prácticas.
Habían hablado de ella.
Y eso había dolido más.
Mucho más.
Su psicólogo le había pedido que describiera un recuerdo feliz.
Solo uno.
Y Lucas había tardado casi diez minutos en responder.
Porque cada recuerdo feliz venía acompañado de la misma realidad.
Ella ya no estaba.
Cuando llegó al edificio estaba agotado.
Lo único que quería era acostarse.
Quizás escuchar música.
Quizás quedarse mirando el techo.
No lo sabía.
Solo sabía que no quería pensar más.
Abrió la puerta del departamento.
Y frunció el ceño inmediatamente.
Porque escuchó ruido.
Mucho ruido.
Algo cayéndose.
Y una voz conocida diciendo:
—¡Ay!
Lucas cerró los ojos.
—Mary.
Murmuró.
Definitivamente Mary.
Entró.
Y encontró a Mary en el suelo.
Rodeada de cojines.
Una manta sobre la cabeza.
Y una expresión indignada.
—No preguntes.
Dijo inmediatamente.
—¿Te caíste?
—No.
—Estás en el piso.
—Decidí estar aquí.
—Claro.
—No me juzgues.
Lucas negó con la cabeza.
Por primera vez en todo el día sintió ganas de sonreír.
Y eso ya era una victoria.
—¿Qué hiciste?
Preguntó.
Mary se puso de pie de un salto.
Y de repente pareció nerviosa.
Extrañamente nerviosa.
—Bueno...
—Mary.
—Bueno...
—Mary.
—Sígueme.
Aquello no respondió absolutamente nada.
Pero Lucas la siguió.
Porque ya había aprendido que intentar entenderla era inútil.
Recorrieron el pasillo.
Llegaron a la pequeña habitación del fondo.
Y entonces Mary abrió la puerta.
Lucas se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Porque durante unos segundos no entendió lo que estaba viendo.
Las luces cálidas.
Las mantas.
Los cojines.
La pequeña bocina.
Los libros acomodados en una esquina.
La ventana.
La calma.
Y luego vio el cartel.
"Escondite oficial de Lucas. Entrada permitida únicamente en días horribles."
El mundo pareció quedarse en silencio.
Mary observó su reacción.
Y por primera vez comenzó a ponerse nerviosa de verdad.
—Si no te gusta puedo quitarlo.
Dijo rápidamente.
—O cambiar cosas.
—O quemarlo.
—Aunque quizás quemarlo sea exagerado.
Lucas no respondió.
Seguía mirando el lugar.
Porque nadie había hecho algo así por él antes.
Nadie.
No cuando estaba roto.
No cuando estaba perdido.
No cuando ni siquiera él sabía qué necesitaba.
Y eso fue lo que terminó rompiéndolo.
No la tristeza.
No el cansancio.
No la terapia.
Sino la bondad.
Porque a veces la bondad duele cuando menos la esperas.
Lucas bajó la mirada.
Y sintió los ojos llenarse de lágrimas.
Mary se alarmó inmediatamente.
—¡No, no, no!
Se acercó de golpe.
—¿Lo odiaste?
Lucas soltó una risa entrecortada.
Y eso solo confundió más a Mary.
—¿Por qué te ríes si estás llorando?
—Porque eres imposible.
La respuesta salió acompañada de una lágrima.
Y otra.
Y otra más.
Mary se quedó quieta.
Sin saber qué hacer.
Porque no parecía tristeza.
Pero tampoco felicidad.
Era algo más.
Algo que ni Lucas sabía explicar.
Finalmente él respiró hondo.
Y entró en la habitación.
Lentamente.
Como si tuviera miedo de romper algo.
Se sentó entre los cojines.
Observó las luces.
Las mantas.
El cartel horrible.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Pero completamente sincera.
—Es perfecto.
Mary parpadeó.
—¿En serio?
—Sí.
—¿No estás siendo amable?
—No.
—¿Ni un poco?
—Mary.
—¿Qué?
—Es perfecto.
Por alguna razón aquello la hizo sonreír también.
Y de repente los dos estaban sentados en el suelo.
Dentro de aquella habitación absurda.
Como dos niños que habían construido una base secreta.
Y durante varios minutos ninguno habló.
Porque no hacía falta.
Finalmente Lucas rompió el silencio.
—Gracias.
Mary bajó la mirada.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Lucas la observó.
Durante varios segundos.
Y entonces dijo algo que no había dicho en mucho tiempo.
Algo completamente sincero.
—No sé qué habría hecho sin ti estos meses.
El corazón de Mary se detuvo.
Solo un segundo.
Pero se detuvo.
Porque aquellas palabras tenían peso.
Mucho peso.
Y porque Lucas tampoco parecía darse cuenta de todo lo que acababa de decir.
El silencio regresó.
Más suave esta vez.
Más cálido.
Más peligroso.
Porque ambos empezaban a acercarse a sentimientos que todavía no estaban listos para nombrar.
Y quizás era mejor así.
Porque algunas cosas necesitaban tiempo.
Algunas cosas necesitaban sanar primero.
Y algunas historias...
Comenzaban mucho antes de que cualquiera de los dos se diera cuenta.
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Editado: 10.07.2026