Los días horribles
Los días horribles no desaparecieron.
Eso fue algo que Lucas aprendió rápidamente.
Porque el dolor no funcionaba como una enfermedad.
No tomabas medicina.
No descansabas una semana.
Y después estabas bien.
No.
Algunos días despertabas sintiéndote mejor.
Y al día siguiente una canción podía destruirte.
Una fotografía.
Un olor.
Una fecha.
Cualquier cosa.
Pero ahora tenía el escondite.
Y aunque sonara ridículo...
Funcionaba.
Tres días después de que Mary lo construyera, Lucas llegó a casa después de una tarde particularmente difícil.
Había pasado por una cafetería.
Una cafetería donde su mamá solía esperarlo cuando era pequeño.
No había planeado pasar por ahí.
Simplemente ocurrió.
Y durante el resto del día sintió un peso horrible en el pecho.
Uno de esos días.
Uno de los días horribles.
Cuando abrió la puerta del departamento no fue a la cocina.
No fue a su habitación.
Ni siquiera dejó la mochila.
Fue directamente al escondite.
Y se quedó allí.
Solo.
Con una manta.
Y música suave.
Esperando a que pasara.
A las dos horas recibió un mensaje.
Mary.
¿Día horrible?
Lucas miró la pantalla.
Y respondió.
Día horrible.
La respuesta llegó inmediatamente.
Voy.
Sonrió.
Porque aquello ya ni siquiera era una pregunta.
Media hora después escuchó golpes en la puerta.
Y después la voz de Mary.
—Traigo provisiones.
Lucas abrió.
Y encontró a Mary cargando dos bolsas.
—¿Qué es eso?
—Kit de emergencia.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Entró sin esperar invitación.
Como si viviera allí.
Lo cual empezaba a ser preocupante.
—Compré chocolates.
—Bien.
—Galletas.
—Muy bien.
—Y helado.
Lucas asintió solemnemente.
—Excelente trabajo.
—Gracias.
—Estoy orgulloso.
—Lo sé.
Se instalaron en el escondite.
Mary con las piernas cruzadas.
Lucas apoyado contra una montaña de cojines.
Y durante varios minutos se dedicaron exclusivamente a comer.
Porque a veces hablar era demasiado complicado.
Fue Mary quien rompió el silencio.
—¿Qué pasó?
Lucas observó la cuchara de helado.
Y tardó un momento en responder.
—Pasé por una cafetería.
Ella esperó.
Sin interrumpir.
—Mi mamá me llevaba ahí cuando era niño.
Su voz fue tranquila.
Pero triste.
—Y por un segundo...
Se quedó callado.
—Por un segundo olvidé que había muerto.
Mary bajó la mirada.
Porque esa frase se estaba volviendo recurrente.
Y cada vez dolía igual.
—Debe ser horrible.
Lucas soltó una risa pequeña.
Sin humor.
—Esa es probablemente la descripción más precisa.
El silencio regresó.
Pero no fue incómodo.
Nunca lo era con ellos.
—¿Sabes qué me dijo el psicólogo?
Preguntó Lucas después de un rato.
—¿Qué?
—Que estoy intentando ser fuerte demasiado rápido.
Mary arqueó una ceja.
—Eso suena a ti.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Por primera vez aquella tarde sonrió.
Una sonrisa real.
—Dice que sigo actuando como si tuviera que resolver todo.
Continuó.
—Como si tuviera que estar bien ya.
Mary pensó unos segundos.
Y después respondió:
—Tú me dijiste exactamente lo mismo cuando terminé con Adrián.
Lucas abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—Eso es injusto.
—¿Por qué?
—Porque estás usando mis propios argumentos contra mí.
—Funcionan bastante bien.
Lucas dejó caer la cabeza hacia atrás.
—No me agrada esta conversación.
Mary soltó una carcajada.
Y Lucas terminó riéndose también.
Aquella risa duró poco.
Pero fue suficiente.
Porque poco a poco los días horribles empezaban a durar menos.
Seguían existiendo.
Pero ya no parecían eternos.
Más tarde terminaron escuchando música.
Como siempre.
Compartiendo audífonos.
Compartiendo canciones.
Compartiendo silencios.
Y en algún momento Mary se quedó dormida.
Sin darse cuenta.
Apoyada contra una montaña de almohadas.
Con el audífono todavía puesto.
Lucas la observó durante varios segundos.
Las luces del escondite iluminaban suavemente su rostro.
Y por primera vez en semanas sintió algo diferente.
Algo que no tenía nada que ver con el duelo.
Nada que ver con el dolor.
Nada que ver con las pesadillas.
Era algo más tranquilo.
Más cálido.
Más peligroso.
Porque era la primera vez que se preguntaba cuánto se había acostumbrado a que Mary estuviera ahí.
Y esa pregunta lo asustó.
Muchísimo.
Porque no era el momento.
Porque seguía extrañando a su mamá.
Porque Mary seguía sanando de Adrián.
Porque ambos estaban rotos de maneras distintas.
Y aun así...
Cuando la observó dormir dentro de aquel escondite absurdo que ella había construido para él...
Sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
Paz.
Y por esa noche...
Por primera vez desde la muerte de su madre...
No tuvo miedo de quedarse dormido.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026