Cuando huir ya no basta

Capitulo 77- Feliz cumpleaños, idiota

Feliz cumpleaños, idiota

Lucas se despertó de mal humor.

No porque hubiera ocurrido algo malo.

No exactamente.

Sino porque sabía qué día era.

Y desde que abrió los ojos tuvo esa sensación.

Ese peso extraño en el pecho.

Ese recordatorio constante.

Era su cumpleaños.

El primero sin su mamá.

Y por más que intentara convencerse de que era solo una fecha...

No lo era.

Miró el teléfono.

7:02 a.m.

Durante años había recibido el mismo mensaje.

Todos los años.

Siempre el primero.

Siempre antes que cualquiera.

Siempre de ella.

Y por un segundo...

Solo un segundo...

Su mano se movió sola.

Como si esperara verlo.

Como si una parte de él todavía olvidara la realidad.

La pantalla estaba vacía.

Y aquello dolió más de lo que esperaba.

Lucas dejó el teléfono boca abajo.

Y cerró los ojos.

No quería empezar el día así.

Pero tampoco sabía cómo evitarlo.

A las nueve de la mañana sonó el timbre.

Lucas frunció el ceño.

Porque no esperaba a nadie.

Abrió la puerta.

Y encontró a Mary.

Con dos cafés.

Y una bolsa enorme.

—No.

Dijo Lucas inmediatamente.

—Hola para ti también.

Respondió Mary.

—No voy.

—Ni siquiera sabes a dónde.

—No importa.

—Sí importa.

—No.

Mary suspiró.

—Lucas.

—Mary.

—Lucas.

—Mary.

—Cumples veintiuno, no siete.

—Actúo según la ocasión.

Ella le entregó uno de los cafés.

—Toma.

—¿Esto es un soborno?

—Sí.

—Está funcionando.

—Lo sé.

Treinta minutos después Lucas estaba en un auto.

Con Mary.

Y sin tener idea de dónde iban.

Porque aparentemente había perdido el derecho a tomar decisiones.

Lo cual consideraba injusto.

—¿Vas a decirme adónde vamos?

—No.

—¿Por qué?

—Porque es una sorpresa.

—O un secuestro.

—Un secuestro muy mal organizado.

—Eso también.

Mary sonrió.

Y por primera vez aquella mañana Lucas sintió que el día podía ser soportable.

Cuando llegaron, Mary le tapó los ojos.

—Esto es ridículo.

—Camina.

—Voy a morir.

—Probablemente no.

—Eso no inspira confianza.

—Sigue caminando.

Lucas obedeció.

Principalmente porque conocía a Mary.

Y sabía que discutir era inútil.

Finalmente ella retiró las manos.

—Ya.

Lucas abrió los ojos.

Y se quedó inmóvil.

Porque estaban frente a una pequeña casa de campo.

No muy lejos de la ciudad.

Con árboles alrededor.

Un jardín enorme.

Y una tranquilidad casi absurda.

—¿Qué es esto?

Preguntó.

—La casa de mis abuelos.

Respondió Mary.

Lucas la miró confundido.

—¿Por qué estamos aquí?

Mary sonrió.

Y señaló la puerta principal.

—Porque todos te están esperando.

Lucas sintió una sospecha terrible.

Y justo en ese momento la puerta se abrió.

—¡SORPRESA!

Camila.

Valeria.

Y otras dos amigas cercanas.

Todos gritando al mismo tiempo.

Lucas cerró los ojos.

—Los odio.

—Nosotros también te queremos.

Respondió Camila.

Durante los primeros minutos intentó mantener la misma actitud.

La misma resistencia.

La misma fachada.

Pero fue imposible.

Porque la casa estaba decorada discretamente.

Porque había comida.

Porque había música.

Porque nadie estaba actuando como si tuviera que ser feliz.

Simplemente estaban ahí.

Con él.

Y eso cambió todo.

La tarde pasó más rápido de lo que esperaba.

Hubo juegos.

Historias vergonzosas.

Camila reveló anécdotas que debieron permanecer enterradas.

Valeria colaboró activamente.

Mary se rió demasiado.

Y Lucas descubrió que la traición venía de muchas formas.

Pero también descubrió otra cosa.

Por primera vez desde la muerte de su mamá...

Estaba disfrutando un día.

De verdad.

Y eso lo hizo sentir bien.

Y culpable.

Al mismo tiempo.

El problema apareció cuando cayó la noche.

Porque las conversaciones se hicieron más tranquilas.

Más íntimas.

Más peligrosas.

Y entonces Camila sacó una caja.

—¿Qué es eso?

Preguntó Lucas.

Camila miró a Mary.

Mary miró a Valeria.

Valeria miró al techo.

Aquello no prometía nada bueno.

—La encontramos hace unos días.

Dijo Camila suavemente.

Lucas sintió que algo cambiaba.

Porque conocía esa caja.

La había visto antes.

Muchos años atrás.

Era de su mamá.

Y de repente el mundo quedó en silencio.

—¿Dónde estaba?

Preguntó.

—Tu tía la encontró mientras organizaba algunas cosas.

Respondió Mary.

—Y pensó que quizás querías tenerla.

Lucas tragó saliva.

Lentamente.

Con las manos temblando.

Tomó la caja.

Y la abrió.

Dentro había fotografías.

Cartas.

Recibos antiguos.

Pequeños recuerdos.

Fragmentos de una vida.

Fragmentos de ella.

Y entonces encontró una fotografía.

Una muy específica.

Un niño de cabello despeinado.

Sentado en un parque.

Comiendo helado.

Con una mujer sonriendo a su lado.

Lucas reconoció la imagen inmediatamente.

Porque recordaba ese día.

Y de repente ya no pudo seguir conteniéndose.

Las lágrimas llegaron.

Silenciosas.

Incontrolables.

Y nadie dijo nada.

Nadie intentó detenerlo.

Porque entendían.

Perfectamente.

Mary fue la única que se acercó.

Y simplemente se sentó a su lado.

Sin hablar.

Sin obligarlo a nada.

Solo estando ahí.

Como siempre.

Lucas observó la fotografía.

Y después de varios minutos murmuró:




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