Cuando huir ya no basta

Capitulo 79- Buenos dias

Buenos días

La primera en despertar fue Mary.

O al menos eso creyó.

Porque durante varios segundos no abrió los ojos.

Todavía estaba demasiado cómoda.

Demasiado calentita.

Demasiado tranquila.

Y después de los últimos meses...

Aquello era raro.

Muy raro.

Normalmente despertaba pensando en clases.

En tareas.

En pendientes.

En cualquier cosa.

Pero aquella mañana no.

Aquella mañana solo quería quedarse así.

Un ratito más.

Cinco minutos.

Tal vez diez.

Quizás una hora.

Fue entonces cuando notó algo.

Algo extraño.

Porque la almohada estaba respirando.

Mary frunció ligeramente el ceño.

Todavía medio dormida.

Y apoyó mejor la cabeza.

La almohada hizo un ruido.

Un ruido sospechosamente humano.

Mary abrió un ojo.

Y el mundo se detuvo.

Porque no estaba apoyada sobre una almohada.

Estaba apoyada sobre Lucas.

Más específicamente...

Sobre su pecho.

El corazón de Mary dejó de funcionar durante aproximadamente tres segundos.

Quizás cuatro.

Se quedó completamente inmóvil.

Sin respirar.

Sin pensar.

Sin existir.

Porque claramente si no se movía...

La situación desaparecía sola.

Lógica impecable.

El problema era que Lucas seguía dormido.

Y ella podía escuchar su respiración.

Sentir el movimiento de su pecho.

Incluso escuchar los latidos de su corazón.

Lo cual definitivamente no ayudaba.

Para nada.

Mary intentó incorporarse lentamente.

Muy lentamente.

Con la delicadeza de una experta.

Y entonces la manta se enredó en su pierna.

—Perfecto.

Murmuró.

Demasiado tarde.

Porque Lucas se movió.

Y abrió los ojos.

Ambos se quedaron congelados.

Mirándose.

Procesando.

Intentando entender qué estaba pasando.

Y fallando miserablemente.

—Buenos días.

Dijo Lucas.

Porque aparentemente había perdido toda capacidad de pensamiento.

Mary parpadeó.

—Buenos días.

Excelente.

Ahora ambos estaban diciendo estupideces.

Magnífico.

El silencio se instaló inmediatamente.

Uno muy diferente a los que compartían normalmente.

Porque ninguno sabía qué hacer.

Ni dónde mirar.

Ni cómo explicar por qué Mary estaba utilizando a Lucas como almohada humana.

Finalmente fue Lucas quien habló.

—Creo que te moviste mientras dormías.

Mary lo miró.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por qué asumes que fui yo?

—Porque yo estaba primero.

—Eso no prueba nada.

—Prueba bastante.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Y de repente ambos comenzaron a reírse.

Porque era ridículo.

Completamente ridículo.

Y porque la alternativa era morir de vergüenza.

Finalmente Mary logró sentarse.

Intentando ignorar el calor que todavía sentía en las mejillas.

Lucas tampoco parecía particularmente tranquilo.

Lo cual, extrañamente, la hizo sentir mejor.

Porque al menos no era la única.

—Nadie puede enterarse.

Declaró Mary.

Lucas levantó una ceja.

—¿De qué exactamente?

—De esto.

—¿Qué cosa?

—Lucas.

—¿Sí?

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Fingir que no sabes.

—No sé de qué hablas.

Mary le lanzó una almohada.

Directamente a la cara.

Lucas soltó una carcajada.

—Violencia.

—Te la mereces.

—Probablemente.

Un rato después estaban preparando desayuno.

O intentando.

Porque Mary estaba cocinando.

Y eso normalmente era una amenaza para la seguridad pública.

—Se está quemando.

Dijo Lucas.

—No se está quemando.

—Se está quemando.

—Está dorándose.

—Está produciendo humo.

—Detalles.

—Mary.

—Lucas.

—Apaga eso.

—Tú apaga eso.

—No tiene sentido.

—Lo sé.

Al final Lucas terminó cocinando.

Como siempre.

Y Mary terminó sentada sobre la encimera observándolo.

Como siempre.

La mañana transcurría tranquila.

Cómoda.

Familiar.

Y fue entonces cuando Mary se dio cuenta de algo.

Algo que la tomó completamente desprevenida.

Era feliz.

Simplemente feliz.

Sin estar pensando en Adrián.

Sin estar recordando la ruptura.

Sin sentirse rota.

Sin esforzarse.

Solo estaba allí.

Compartiendo desayuno con Lucas.

Escuchándolo quejarse porque había intentado cocinar.

Y riéndose de cosas absurdas.

La realización la golpeó con suavidad.

Pero la golpeó igual.

Porque no recordaba la última vez que se había sentido así.

Tan ligera.

Tan en paz.

—¿Qué?

Preguntó Lucas.

Mary parpadeó.

—¿Qué qué?

—Me estás mirando raro.

—No te estaba mirando raro.

—Sí lo estabas haciendo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Mary sonrió.

Y negó con la cabeza.

—Eres insoportable.

Lucas sonrió también.

—Lo sé.

Y por alguna razón...

Aquella respuesta hizo que el corazón de Mary se acelerara.

Solo un poco.

Lo suficiente para que decidiera concentrarse en su desayuno.

Y definitivamente no en Lucas.

Definitivamente no.

Porque eso sería una pésima idea.

Una terrible idea.

Una idea peligrosamente bonita.




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