Cuando huir ya no basta

Capitulo 88- Diez años menos

Diez años menos

—Te llevó.

Camila la miró fijamente.

—Sí.

Respondió Mary.

—A la cafetería.

—Sí.

—La cafetería que tú mencionaste una sola vez.

—Sí.

—Y luego te invitó.

—Sí.

Camila cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Volvió a abrirlos.

—Necesito que entiendas que estoy haciendo un esfuerzo enorme por no gritar.

Mary tomó un sorbo de su café.

—Eres dramática.

—No.

—Sí.

—Mary.

—Camila.

—Ese hombre recuerda el sabor de frappé que te gusta.

—Porque tiene buena memoria.

—Ese hombre recuerda cuándo tienes exámenes.

—Somos amigos.

—Ese hombre recuerda que te gusta el cheesecake.

—Camila.

—Ese hombre te llevó a una cafetería porque escuchó un comentario casual que hiciste hace una semana.

Silencio.

Mary bajó la vista hacia su taza.

Porque sonaba diferente cuando alguien más lo decía.

Mucho más diferente.

—Somos amigos.

Repitió.

Camila apoyó la frente sobre la mesa.

—Voy a perder diez años de vida por tu culpa.

Mary terminó riéndose.

Pero cuando volvió a casa esa noche...

La conversación regresó.

Como siempre.

Porque últimamente todo terminaba regresando a Lucas.

Se dejó caer sobre la cama.

Tomó el teléfono.

Y abrió la galería.

No estaba buscando nada en particular.

Solo distraerse.

Hasta que encontró una foto.

Una muy vieja.

Del escondite.

El primero.

El improvisado.

El que habían construido con sábanas y sillas meses atrás.

Antes de convertirlo en algo permanente.

Mary sonrió.

Porque se veía horrible.

Verdaderamente horrible.

Deslizó otra foto.

Y luego otra.

Y otra.

Lucas dormido con un libro sobre la cara.

Lucas sosteniendo una taza de café.

Lucas intentando arreglar unas luces.

Lucas mirando a la cámara con cara de fastidio porque ella lo había fotografiado sin permiso.

Mary se quedó quieta.

Porque acababa de darse cuenta de algo.

Tenía demasiadas fotos de Lucas.

Demasiadas.

—Oh no.

Murmuró.

Porque eso tampoco parecía normal.

El problema era que cada vez había más cosas que ya no parecían normales.

Y empezaba a quedarse sin explicaciones.

Al día siguiente recibió un mensaje.

Lucas: ¿Estás despierta?

Mary: No.

Lucas: Entiendo.

Mary: Estoy durmiendo.

Lucas: Impresionante habilidad para responder mensajes dormida.

Mary: Talento natural.

Lucas: Necesito ayuda.

Mary se incorporó.

Mary: ¿Pasó algo?

Lucas: No.

Lucas: Mi papá quiere comprar una cafetera nueva.

Lucas: Y dice que tú sabes más de café que nosotros.

Mary sonrió.

Inmediatamente.

Mary: Eso es verdad.

Lucas: Lo sabía.

Mary: ¿Cuándo vamos?

Lucas: ¿Nosotros?

Mary: ¿Quieres sufrir solo?

Lucas: Buen punto.

Mary: Exacto.

Lucas: Una hora.

Mary: ¿Por qué siempre haces eso?

Lucas: Porque siempre funciona.

Una hora después estaban caminando por una tienda de electrodomésticos.

Lo cual era posiblemente la actividad más aburrida del planeta.

O debería haberlo sido.

Pero de alguna manera no lo era.

Porque estaban juntos.

Y eso empezaba a ser suficiente.

Lucas observó cómo Mary discutía apasionadamente sobre cafeteras con un vendedor.

Como si estuvieran negociando un tratado internacional.

Y no pudo evitar sonreír.

Porque la veía feliz.

Porque estaba entusiasmada.

Porque era ella.

—Esa sonrisa es sospechosa.

Dijo una voz a su lado.

Lucas casi saltó.

Su padre estaba observándolo.

Con una expresión peligrosamente divertida.

—¿Qué sonrisa?

—Esa sonrisa.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Lucas apartó la mirada.

Inmediatamente.

Lo cual empeoró las cosas.

Muchísimo.

Su padre soltó una pequeña risa.

Pero no dijo nada más.

Y por alguna razón...

Eso fue peor.

Mucho peor.

Porque Lucas tuvo la desagradable sensación de que su padre acababa de entender algo.

Algo que él mismo llevaba semanas intentando no entender.

Y ya no estaba seguro de cuánto tiempo más podría seguir ignorándolo.




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