Lucas llevaba dos días evitando pensar.
Lo cual era complicado.
Porque últimamente todo parecía llevarlo al mismo lugar.
Mary.
Siempre Mary.
Intentó distraerse.
Ordenó su habitación.
Terminó un libro pendiente.
Incluso ayudó a su padre con algunas cosas de la casa.
Nada funcionó.
Porque al final del día...
Seguía pensando en ella.
Su risa.
Sus mensajes.
La forma en que llenaba cualquier espacio con su presencia.
La manera en que convertía una tarde cualquiera en algo especial.
Y lo peor era que ya no podía fingir que no estaba pasando.
Porque incluso él empezaba a cansarse de mentirse.
Aquella tarde estaba en el jardín de la casa.
Intentando leer.
Intentando.
Porque llevaba diez minutos en la misma página.
—¿Vas a leer eso o solo mirarlo?
Lucas levantó la vista.
Su padre estaba sentado frente a él.
Con una taza de café en la mano.
—Lo estoy leyendo.
—Mentira.
—Gracias por la confianza.
—De nada.
Silencio.
Uno cómodo.
De esos que no necesitaban llenarse.
Hasta que su padre habló otra vez.
—Es Mary, ¿verdad?
Lucas casi deja caer el libro.
—¿Qué?
—Mary.
—¿Qué pasa con Mary?
—Lucas.
Mal.
Muy mal.
Porque cuando su padre usaba ese tono...
Ya sabía la respuesta.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
—En serio.
—Lucas.
—Papá.
—Te conozco desde que naciste.
Silencio.
—No es tan complicado.
Continuó su padre.
—Cada vez que ella te escribe sonríes.
Lucas cerró los ojos.
—Papá.
—Cada vez que ella viene a casa pareces de mejor humor.
—Papá.
—Y llevaste a una chica a una cafetería porque mencionó una vez que quería conocerla.
Lucas se hundió un poco más en la silla.
Porque escuchado en voz alta sonaba terrible.
O peor.
Sonaba obvio.
—Ya lo sé.
Dijo finalmente.
La frase salió tan baja que casi no se escuchó.
Pero se escuchó.
Su padre sonrió.
No sorprendido.
No confundido.
Solo tranquilo.
Como si hubiera esperado ese momento.
—¿Desde cuándo?
Lucas bajó la mirada.
—No sé.
Y era verdad.
No sabía exactamente cuándo había ocurrido.
Tal vez en el escondite.
Tal vez durante aquellas noches después de la muerte de su mamá.
Tal vez cuando ella se quedó.
O cuando nunca se fue.
No sabía.
Solo sabía que había pasado.
—¿Y ahora qué?
Preguntó su padre.
Lucas soltó una pequeña risa.
—Esa es una excelente pregunta.
—¿Ella lo sabe?
—No.
—¿Piensas decírselo?
Silencio.
Porque esa era la parte complicada.
—Tengo miedo.
Admitió.
Por primera vez.
En voz alta.
Su padre lo observó unos segundos.
—¿De que te rechace?
Lucas negó lentamente.
—De perderla.
Porque esa era la verdad.
No le preocupaba hacer el ridículo.
No le preocupaba una confesión incómoda.
Lo que le preocupaba era otra cosa.
Mary era su persona favorita.
Su mejor amiga.
Su lugar seguro.
Y si algo salía mal...
Podía perder todo eso.
Su padre asintió lentamente.
Como si entendiera perfectamente.
Porque probablemente lo hacía.
—Entonces tendrás que decidir qué miedo es más grande.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tienes dos opciones.
—Ajá.
—Decirlo.
—O no decirlo.
—Eso ya lo sabía.
—Déjame terminar.
Lucas suspiró.
—Continúa.
—Si no dices nada, conservarás lo que tienes.
—Suena bien.
—Por ahora.
Silencio.
—¿Y la otra opción?
—La otra opción da miedo.
—Excelente.
—Pero también podría hacerte feliz.
Lucas bajó la mirada.
Porque odiaba cuando su padre tenía razón.
Y la tenía.
Muchísimo.
Esa noche, antes de dormir, recibió un mensaje.
Mary: Necesito que sepas algo.
Lucas sintió un mini infarto.
Literalmente.
Lucas: ¿Sí?
Mary: Tu papá iba a comprar la peor cafetera del universo.
Lucas se dejó caer sobre la cama.
Y empezó a reír.
Solo Mary podía provocar una crisis emocional y arruinarla diez segundos después.
Lucas: Lo sospechaba.
Mary: He salvado a esa familia.
Lucas: Una heroína.
Mary: Lo sé.
Lucas: Qué humilde.
Mary: Aprendí de los mejores.
Lucas sonrió.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Dejó de intentar negarlo.
Porque ya no tenía sentido.
Porque la verdad era simple.
Tan simple que resultaba ridícula.
Estaba enamorado de Mary.
Y ya era hora de empezar a aceptar lo que eso significaba.
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Editado: 16.07.2026