El último examen del semestre terminó a las dos de la tarde.
Y por primera vez en semanas...
Nadie quería hablar de la universidad.
—Si vuelvo a ver una hoja de cálculo este mes, voy a llorar.
Declaró Mary mientras salía del edificio.
—Yo ya lloré.
Respondió Lucas.
—Lo imaginé.
—Fue una experiencia espiritual.
Camila soltó una carcajada.
—Los dos necesitan vacaciones urgentemente.
—Gracias por tu apoyo.
Dijo Mary.
—Siempre.
Camila abrazó a ambos antes de marcharse.
Pero antes de alejarse unos pasos...
Se giró.
Y los señaló.
—No hagan nada estúpido.
Silencio.
—¿Qué significa eso?
Preguntó Mary.
—Nada.
—Camila.
—Adiós.
Y salió prácticamente corriendo.
—Está rara.
Dijo Mary.
—Mucho.
Respondió Lucas.
Mintiendo descaradamente.
Porque tenía una sospecha muy clara de lo que Camila quería decir.
Y eso no ayudaba en absoluto a sus nervios.
—Bueno.
Dijo Mary.
—Supongo que me voy a casa.
—Antes de eso.
Ella levantó una ceja.
—¿Sí?
Lucas tragó saliva.
—¿Me acompañas a un lugar?
Mary lo observó.
—¿Qué lugar?
—Ya verás.
—Odio cuando haces eso.
—Lo sé.
—¿Es una tienda de cafeteras?
—No.
—Porque todavía estoy traumatizada.
—No es una tienda de cafeteras.
—Bien.
—¿Entonces vienes?
Mary sonrió.
—Claro.
Como si alguna vez hubiera dicho que no.
Veinte minutos después llegaron.
La cafetería.
La misma.
La del frappé.
La del cheesecake.
La que Mary había mencionado una vez y Lucas había recordado.
—Sabía que me caías bien.
Dijo ella mientras entraban.
—Qué alivio.
—El café mantiene esta amistad unida.
—Eso explica muchas cosas.
Pidieron lo de siempre.
Mary un frappé.
Lucas un café frío.
Y un cheesecake para compartir.
Luego se sentaron junto a la ventana.
Como la primera vez.
Pero algo era distinto.
Mary lo notó inmediatamente.
Lucas estaba raro.
Más raro que de costumbre.
—¿Qué hiciste?
Preguntó ella.
—¿Qué?
—Tu cara es de culpable.
—No hice nada.
—Eso diría alguien que hizo algo.
—Mary.
—Lucas.
—No hice nada.
—Ajá.
Mary apoyó el mentón en la mano.
Y siguió observándolo.
Lucas intentó ignorarlo.
Fracasó.
—¿Reprobaste?
—No.
—¿Mataste a alguien?
—No.
—¿Robaste un banco?
—Mary.
—Estoy explorando posibilidades.
Lucas terminó riéndose.
Y eso ayudó un poco.
Solo un poco.
Hasta que llegó el cheesecake.
El mesero lo dejó sobre la mesa.
Mary bajó la mirada.
Y se quedó inmóvil.
Porque había algo escrito con chocolate.
Algo que definitivamente no estaba ahí la última vez.
¿Quieres salir conmigo?
Silencio.
Mary leyó la frase una vez.
Dos.
Tres.
Y luego soltó una pequeña risa.
—Qué bonito.
Lucas sintió que el corazón intentaba escapar de su cuerpo.
—Sí.
—¿Será una promoción?
Silencio.
Lucas cerró los ojos.
Por supuesto.
Por supuesto que esa sería su primera conclusión.
—No.
Dijo finalmente.
Mary volvió a mirar el postre.
—¿No?
—No.
—Entonces...
Lucas respiró hondo.
Porque ya no había forma elegante de salir de aquello.
Y honestamente...
Nunca la hubo.
—Yo pedí que escribieran eso.
Mary se quedó completamente quieta.
La sonrisa desapareció lentamente.
No por algo malo.
Sino porque finalmente entendió.
—¿Qué?
Murmuró.
Lucas soltó una risa nerviosa.
—Sí.
—Lucas...
—No soy bueno para esto.
—Lucas.
—De verdad no soy bueno para esto.
Mary sintió que el corazón comenzaba a latir demasiado rápido.
—Entonces intenta.
Dijo suavemente.
Y Lucas la miró.
Realmente la miró.
Como si ya no tuviera sentido esconderse.
—Me gustas.
La cafetería pareció desaparecer.
Las conversaciones.
La música.
La gente.
Todo.
Solo quedó él.
Y aquellas palabras.
—Me gustas mucho, Mary.
Continuó.
—Y llevo meses intentando ignorarlo.
Lucas bajó la vista.
Y sonrió un poco.
—Resultó ser una estrategia terrible.
Una pequeña risa escapó de Mary.
A pesar de las lágrimas que comenzaban a aparecer.
—Lucas...
—No tienes que responder ahora.
—Lucas.
—En serio.
—Lucas.
Finalmente él levantó la vista.
Y encontró a Mary sonriendo.
Esa sonrisa.
La que tanto le gustaba.
—Eres un idiota.
—Eso no suena bien.
—Porque llevo semanas intentando convencerme de que no sentía lo mismo.
Silencio.
Uno enorme.
Uno maravilloso.
Lucas parpadeó.
—¿Qué?
Mary soltó una carcajada entre lágrimas.
—Dios mío.
—Mary.
—Sí.
—¿Me estás diciendo que...?
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, Lucas.
—¿De verdad?
—Sí.
Lucas se quedó mirándola.
Y entonces empezó a reír.
Porque después de todo ese tiempo.
Después de todas las dudas.
Después de todo el miedo.
La respuesta había sido sí.
Todo ese tiempo.
Y por primera vez...
Ninguno necesitó una excusa para quedarse.
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Editado: 16.07.2026