La playa tenía un sonido distinto por la noche.
Más tranquilo.
Más suave.
Como si el mundo entero bajara la voz.
La mayoría de las personas ya se había ido.
Y la arena estaba casi vacía.
Solo quedaban ellos.
Sentados alrededor de una pequeña fogata improvisada.
Valeria y Sofía compartían una manta.
Camila y Diego discutían sobre algo absurdo.
Probablemente porque ninguno de los dos sabía coquetear como una persona normal.
Y Mary...
Mary estaba observando el mar.
—¿En qué piensas?
Preguntó Lucas.
Ella sonrió un poco.
—En que tenía razón.
—Eso es preocupante.
—Lo sé.
—¿Sobre qué tenías razón?
Mary giró la cabeza.
Y lo miró.
—La playa.
Lucas soltó una pequeña risa.
—Ah.
—Te dije que era una buena idea.
—Sí.
—Y dudaste de mí.
—También es cierto.
—Qué decepción.
—Sobreviviré.
Mary sonrió.
Y durante unos segundos se quedaron en silencio.
Uno cómodo.
De esos que habían construido durante meses.
—¿Puedo preguntarte algo?
Dijo Mary.
Lucas asintió.
—Claro.
Mary bajó la vista hacia la arena.
Pensando cuidadosamente las palabras.
Porque era una pregunta importante.
—Cuando murió tu mamá...
Lucas se quedó quieto.
No tenso.
No incómodo.
Solo atento.
—¿Sí?
—¿Alguna vez pensaste que nunca volverías a ser feliz?
El sonido de las olas llenó el silencio.
Porque era una pregunta difícil.
Y porque la respuesta era honesta.
—Sí.
Mary levantó la mirada.
Lucas observaba el mar.
Con una tranquilidad que antes no tenía.
—Muchísimas veces.
Su voz salió suave.
—Pensé que las cosas buenas habían terminado.
Mary sintió un nudo en el pecho.
Porque podía imaginarlo.
Aunque nunca lo entendería por completo.
—Y después...
Continuó Lucas.
—Me sentí culpable cuando empecé a estar mejor.
Mary frunció el ceño.
—¿Por qué?
Lucas tardó unos segundos en responder.
—Porque sentía que si seguía adelante...
—La estaba dejando atrás.
Silencio.
Mary sintió el corazón encogerse.
Porque aquella frase sonaba exactamente como Lucas.
—Pero la terapia ayudó.
—¿Sí?
Lucas asintió.
—Mi terapeuta me dijo algo.
—¿Qué cosa?
—Que recordar a alguien y quedarse atrapado en el dolor no son la misma cosa.
Mary permaneció en silencio.
Escuchando.
—Y que amar a las personas que siguen aquí no significa amar menos a quienes ya no están.
El sonido del mar volvió a llenar el espacio entre ambos.
Pero esta vez fue un silencio bonito.
Uno que no pesaba.
Mary apoyó su mano sobre la de él.
Sin decir nada.
Porque a veces las palabras no eran necesarias.
Lucas entrelazó sus dedos con los de ella.
Y sonrió.
—¿Sabes algo?
Dijo después de unos segundos.
—¿Qué?
—Creo que a mi mamá le habrías caído bien.
Mary parpadeó.
Sorprendida.
Porque era una de las cosas más importantes que Lucas le había dicho jamás.
—¿Sí?
Preguntó suavemente.
Lucas sonrió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres insistente.
—Oye.
—Porque hablas demasiado.
—Lucas.
—Porque no sabes cuándo rendirte.
—Eso sigue sonando ofensivo.
Lucas soltó una carcajada.
Y negó con la cabeza.
—Porque te quedas.
Mary dejó de sonreír.
No por tristeza.
Sino porque entendió exactamente lo que quería decir.
Las noches difíciles.
Las pesadillas.
Los días malos.
Las recaídas.
El dolor.
Ella se había quedado.
—Tú también.
Respondió finalmente.
Lucas la observó.
—¿Qué?
—Tú también te quedaste.
—Mary...
—Cuando Adrián se fue.
—...
—Cuando todo era horrible.
—...
—Tú también te quedaste.
Por un momento ninguno dijo nada.
Porque ambos estaban pensando exactamente lo mismo.
Todo había empezado ahí.
Mucho antes de que entendieran sus sentimientos.
Mucho antes de los besos.
Mucho antes de las confesiones.
Había empezado cuando eligieron quedarse.
Una y otra vez.
A unos metros de distancia, Camila observó la escena.
Y le dio un codazo a Diego.
—Míralos.
Diego levantó la vista.
Y sonrió.
—Se ven felices.
Camila también sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—Sí.
Después de todo lo que habían pasado...
Finalmente se veían felices.
Y quizás eso era lo único que realmente importaba.
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Editado: 16.07.2026