Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 2 El idioma de los gestos

El aplauso fue apagándose poco a poco.

Las personas siguieron su camino, algunas sonriendo, otras comentando que aquello había sido el momento más bonito de la tarde.

Solo quedaron ellos dos.

El guitarrista seguía sentado en el banco, con la guitarra apoyada sobre la pierna. Ella permanecía de pie frente a él, abrazando la correa de su mochila con ambas manos.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Los dos sonrieron al mismo tiempo.

—Eh... —dijo ella levantando una mano—. Hola.

Él respondió con una sonrisa tímida.

—Ciao.

Silencio otra vez.

Ella se aclaró la garganta.

—¿Hablas español?

Él ladeó la cabeza.

—Espagnolo... un po'.

Le hizo con los dedos el gesto de "poquito".

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Ay, gloria a Dios! Aunque sea un chin.

Él frunció el ceño.

—¿Chin?

Ella soltó una carcajada.

—Dominicana.

Se señaló el pecho.

—Un chin... significa poquito.

Él sonrió repitiendo con cuidado.

—Un... chin.

Ella aplaudió emocionada.

—¡Eso mismo!

El italiano dejó la guitarra sobre el banco y se puso de pie.

Era mucho más alto de lo que parecía sentado.

Ella levantó lentamente la cabeza.

Más.

Más.

Más.

Hasta que terminó mirándolo casi con el cuello doblado.

—¡Ave María! ¿Y tú comes nubes o qué?

Él no entendió las palabras.

Pero sí la expresión.

Y volvió a reír.

Una risa grave, tranquila, que parecía salirle del pecho.

Después hizo una pequeña reverencia teatral.

—Lorenzo.

Se señaló.

—Mi chiamo Lorenzo Bianchi.

Ella repitió despacito.

—Lo-ren-zo...

Después sonrió.

—Bonito nombre.

Él no entendió la frase completa.

Pero "bonito" sonó bastante parecido al italiano.

Así que respondió con otra sonrisa.

Ella se dio dos golpecitos en el pecho.

—Yo soy Alma.

—Alma...

Él pronunció el nombre con un acento italiano que hizo que sonara diferente.

Más suave.

Como si fuera una nota musical.

Ella sintió un cosquilleo extraño.

"¿Por qué mi nombre suena tan lindo cuando él lo dice?"

Lorenzo levantó la guitarra.

Luego la señaló.

Después la señaló a ella.

—Tu...

Hizo el gesto de cantar.

—Bellissima voce.

Ella parpadeó.

No entendió todo.

Pero "bellissima" sí.

Se llevó ambas manos a las mejillas.

—¿Yo?

Él asintió.

—Bellissima.

Ella soltó una risita nerviosa.

—Ay, si tú sigues diciéndome esas cosas, voy a empezar a creer que soy Shakira.

Lorenzo volvió a quedarse confundido.

Ella suspiró divertida.

—Olvídalo...

Él levantó un dedo, sacó su teléfono y abrió una aplicación de traducción.

Escribió despacio.

La pantalla habló en español con una voz robótica.

—"Tu voz hizo que mi guitarra sonara mejor."

Alma dejó de sonreír.

No esperaba algo así.

Lorenzo continuó escribiendo.

—"Nunca había tocado con alguien a quien acababa de conocer."

Ella sintió un nudo en el pecho.

Tomó el teléfono con cuidado.

Escribió una respuesta.

La aplicación habló ahora en italiano.

—"Nunca había cantado para un desconocido."

Lorenzo levantó la vista.

Los dos volvieron a quedarse en silencio.

Pero esta vez...

Era un silencio cómodo.

Como esos que solo existen entre personas que, sin saber cómo, sienten que ya se conocen.

Entonces el estómago de Alma rugió.

Fuerte.

Escandalosamente fuerte.

Ella cerró los ojos.

—...No.

Otro rugido.

Más fuerte.

Lorenzo bajó la vista hacia su barriga.

Después volvió a mirarla.

Y, por primera vez desde que la conocía, soltó una carcajada tan grande que tuvo que sostenerse del banco.

Alma escondió la cara entre las manos.

—¡No te rías!

La aplicación seguía abierta.

Ella escribió rápidamente.

La voz robótica dijo en italiano:

—"Mi estómago también tiene personalidad."

Lorenzo terminó riéndose todavía más.

Respiró hondo y escribió una sola frase.

—"¿Quieres comer conmigo?"

Alma leyó la pantalla.

Después lo miró.

Después volvió a leerla.

Y sonrió con esa sonrisa enorme que parecía iluminar todo el parque.

—Bueno... pero te aviso algo.

Él esperó.

Ella levantó un dedo.

—Yo hablo muchísimo.

La aplicación tradujo.

Lorenzo sonrió como si acabara de aceptar el desafío más divertido de su vida.

Sin imaginar que aquella dominicana parlanchina estaba a punto de cambiar todas las canciones que escribiría de ese día en adelante.




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