Cuando Italia Bailo Merengue

capitulo 3

POV: Alma

Siempre he pensado que Dios tiene un sentido del humor bastante particular.

Porque, vamos a ver...

Yo vine a Francia con la intención de conocer museos, comer pan caro y tomarme fotos fingiendo que entendía de arte.

No vine a enamorarme de un guitarrista italiano.

Ni siquiera sé si me voy a enamorar.

Pero si ese hombre sigue sonriéndome así...

...habrá que hacer una cadena de oración.

Caminaba a su lado mientras cruzábamos el parque y el silencio entre nosotros era extraño.

No incómodo.

Bonito.

De esos silencios donde uno siente que no hace falta hablar para que el otro entienda que está feliz.

Bueno...

Eso duró exactamente treinta segundos.

Porque yo no nací para quedarme callada.

—¿Tú sabes una cosa?

Lorenzo me miró.

Yo olvidé que él no entendía casi nada de español.

Suspiré.

Saqué el traductor.

Escribí.

La voz robótica habló en italiano.

"Creo que tienes el perfume más peligroso del planeta."

Él leyó la pantalla.

Después me miró.

Después volvió a leer.

Y empezó a reír.

¡Qué risa más linda, Dios mío!

No era escandalosa.

Era tranquila.

Como si hasta para reír tuviera buen gusto.

Escribió una respuesta.

"¿Peligroso?"

Asentí muy seria.

Volví a escribir.

"Sí. Si hueles así todos los días, cualquier mujer pierde la concentración."

Cuando el traductor terminó de hablar, Lorenzo se llevó una mano a la nuca.

Se había sonrojado.

¡El italiano se había sonrojado!

Yo tuve que mirar hacia otro lado para no empezar a reír.

"Alma, compórtate."

Cinco segundos después...

No pude.

Me eché a reír sola.

Él no entendía por qué.

Y eso me daba todavía más risa.

—Perdón...

Le dije entre carcajadas.

—Es que eres muy fácil de avergonzar.

Claro...

No entendió absolutamente nada.

Seguimos caminando.

De vez en cuando nuestras manos casi se rozaban.

Yo fingía que estaba mirando los edificios.

Él fingía que observaba los árboles.

Los dos éramos muy malos fingiendo.

Llegamos a una pequeña cafetería.

Olía a café recién hecho, mantequilla y pan caliente.

Me brillaron los ojos.

—¡Ay, Jesús!

Entré como una niña en una juguetería.

Había tantos postres que sentí que mi corazón quería abrazarlos uno por uno.

Lorenzo me observaba desde la puerta.

Sonriendo.

Como si verme emocionarme con un croissant fuera el espectáculo más entretenido del mundo.

La muchacha del mostrador habló en francés.

Yo la miré.

Ella me miró.

Las dos sonreímos.

Ninguna entendía a la otra.

Se acercó Lorenzo.

Contestó en un francés perfecto.

Yo abrí la boca.

Después habló en inglés con otro cliente.

Luego en italiano por teléfono.

Y hacía un rato había intentado hablar español conmigo.

Lo miré como si hubiera descubierto un extraterrestre.

—¿Cuántos idiomas tú hablas?

Le escribí.

Él respondió con una sonrisa humilde.

"Cinco."

Cinco.

¡Cinco!

Yo apenas podía con el español.

Y porque nací hablándolo.

Cuando nos sentamos, él empujó el plato con el croissant hacia mí.

Negué con la cabeza.

Él insistió.

Volví a negarme.

Entonces hizo algo que no esperaba.




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