Cuando Italia Bailo Merengue

Capitulo 5

POV: Lorenzo

Siempre creí que la música era el idioma más sincero del mundo.

Las partituras no mentían.

Las guitarras tampoco.

Las personas...

Las personas sí.

Quizá por eso prefería pasar más tiempo con mis instrumentos que con la mayoría de la gente.

La guitarra nunca prometía quedarse.

Solo estaba.

Y eso era suficiente.

O al menos lo había sido hasta esa tarde.

Ahora caminaba por una calle de París con una taza de café en una mano y una dominicana que hablaba sin detenerse ni un segundo caminando a mi lado.

No entendía ni la mitad de lo que decía.

Y, aun así...

No quería que dejara de hablar.

Su español era rápido.

Musical.

Subía y bajaba como una canción.

De vez en cuando soltaba una carcajada que hacía girar a las personas.

Después volvía a hablar.

Y volvía a reír.

Era imposible no sonreír con ella.

Nunca había conocido a alguien así.

En Italia la gente también gesticulaba mucho.

Pero Alma...

Alma parecía contar historias con todo el cuerpo.

Con las manos.

Con los ojos.

Con las cejas.

Hasta con los hombros.

Era como ver una orquesta dirigida por una sola persona.

Mi teléfono vibró.

Era Marco.

"¿Sigues en el parque?"

Miré a Alma.

Estaba intentando pronunciar correctamente el nombre de una pastelería francesa.

Fracasó.

Se rió de sí misma.

Lo intentó otra vez.

Sonreí.

Le respondí a Marco.

"No."

"¿Dónde estás?"

Miré otra vez a la dominicana.

Ella acababa de detenerse para acariciar a un perro que pasaba con su dueño.

El perro parecía haberla adoptado en menos de diez segundos.

"No lo sé."

Marco respondió casi de inmediato.

"¿Cómo que no sabes?"

Escribí despacio.

"Estoy caminando con una chica dominicana que conocí hace una hora."

Tres puntitos.

Cinco segundos.

Diez.

Después apareció el mensaje.

"¿Te golpeaste la cabeza?"

No pude evitar reír.

Porque era una pregunta completamente válida.

Yo jamás hacía eso.

Jamás aceptaba invitaciones de desconocidos.

Jamás cambiaba mis planes.

Jamás...

Hasta hoy.

Guardé el teléfono.

Alma me estaba mirando.

Señaló mi sonrisa.

Después escribió algo en el traductor.

"Te ríes bonito."

Me quedé inmóvil.

No era una frase extraordinaria.

Pero nadie me la había dicho nunca.

Mi madre siempre decía que tenía una expresión demasiado seria.

Mis amigos aseguraban que parecía estar pensando incluso cuando dormía.

Y aquella desconocida...

Había encontrado algo bonito en una sonrisa que yo casi nunca mostraba.

Le respondí escribiendo.

"Es porque tú haces cosas graciosas."

Ella leyó.

Abrió mucho los ojos.

Después señaló al cielo.

—¡Gracias, Señor!

No entendí las palabras.

Pero sí el tono.

Parecía agradecerle algo a Dios.

Y me pregunté cuántas veces sonreiría así en un día.

La respuesta probablemente era demasiadas para poder contarlas.

Seguimos caminando.

Llegamos al borde del Sena.

El agua reflejaba la luz dorada de la tarde.

Un violinista tocaba unos metros más adelante.

Alma lo escuchó apenas unos segundos.

Después cerró los ojos.

Y empezó a mover un pie siguiendo el compás.

No necesitaba un escenario.

No necesitaba público.

La música simplemente...

...la encontraba.

Y ella respondía.

Como si hubiera nacido para eso.

La observé en silencio.

No vi a una mujer intentando llamar la atención.

Vi a alguien incapaz de ignorar una melodía.

Era diferente.

Auténtica.

Hermosamente auténtica.

De pronto, Alma abrió los ojos y me descubrió observándola.

Sonrió.

Se llevó una mano al pecho.

Luego me señaló.

Después hizo el gesto de tocar una guitarra.

Finalmente me señaló otra vez.

Tardé un segundo en entender.

Quería saber desde cuándo tocaba.

Le mostré diez dedos.

Después otros ocho.

Dieciocho años.

Ella abrió la boca con asombro.

Escribió rápidamente.

"Entonces empezaste siendo un niño."

Asentí.

Era uno de mis primeros recuerdos.

Mi padre colocándome una guitarra demasiado grande para mis brazos.

Diciéndome que no tuviera miedo de equivocarme.

Que las notas desafinadas también enseñaban.

Alma leyó esa historia en el traductor con una atención que pocas personas dedicaban.

Cuando terminó...

No dijo nada.

Solo sonrió con ternura.

Y en ese instante comprendí algo.

Había conocido muchas personas que escuchaban mis canciones.

Pero ella...

Ella escuchaba mis silencios.

Y eso daba mucho más miedo.

Porque por primera vez en mucho tiempo sentí el impulso de escribir una melodía para alguien.

No para un concierto.

No para un álbum.

No para el público.

Solo para una dominicana de cabello afro que había aparecido bailando en un parque francés como si la vida hubiera decidido improvisar la escena más bonita de todas.

Mientras ella seguía admirando el río, tomé la guitarra que colgaba de mi espalda.

Sin decir una palabra.

Toqué cuatro notas.

Solo cuatro.

Ella giró inmediatamente.

Sonrió como si reconociera una voz querida.

Y comenzó a tararearlas.

Las mismas cuatro notas.

Con una dulzura imposible.

Sentí un escalofrío recorrerme los brazos.

Los músicos tenemos una superstición.

Dicen que, muy de vez en cuando, aparece una persona capaz de escuchar la música exactamente como nació en tu corazón.

No con los oídos.

Con el alma.




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