Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 6

POV: Lorenzo

—¿En qué piensas?

La voz del traductor pronunció la pregunta con su tono robótico.

Levanté la vista.

Alma me observaba con la cabeza ligeramente inclinada, como si intentara leerme el pensamiento.

Sonreí.

Escribí una respuesta.

"En que nunca había conocido a alguien como tú."

Ella leyó la pantalla.

Su sonrisa apareció despacio.

Después negó con la cabeza.

—Ay, Lorenzo...

Se llevó una mano al pecho.

—Tú vas a acabar conmigo.

No entendí las palabras.

Pero sí el rubor que cubrió sus mejillas.

Y, por alguna razón, eso me hizo sonreír todavía más.

Entonces mi teléfono vibró.

Marco.

"Mira a tu izquierda."

Fruncí el ceño.

¿Mi izquierda?

Giré la cabeza.

Y casi me atraganto con el café.

Cinco idiotas.

Los cinco.

De pie al otro lado del paseo.

Mirándome como si estuvieran observando un animal en peligro de extinción.

Marco levantó ambas manos.

—¡Te encontramos!

Alma dio un pequeño salto.

—¿Son amigos tuyos?

Asentí lentamente.

Suspirando.

Sí.

Por desgracia.

Marco fue el primero en acercarse.

Cabello castaño, barba de tres días y una sonrisa de quien acababa de descubrir el chisme del siglo.

Detrás de él venían Enzo, Luca, Matteo y Riccardo.

Los cinco músicos.

Los cinco responsables de convertir cualquier lugar tranquilo en un caos.

Marco me dio un golpe amistoso en el hombro.

—Así que era verdad.

—¿Qué cosa?

—La dominicana.

Los demás miraron a Alma.

Después me miraron a mí.

Luego otra vez a Alma.

Enzo silbó bajito.

—Hermano...

No mentías.

Alma levantó una mano con una sonrisa enorme.

—¡Hola!

Los cinco respondieron al mismo tiempo.

—Ciao.

Ella los miró confundida.

Después me miró.

—¿Todos son italianos?

Asentí.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Diache!

Los cinco giraron hacia mí.

—¿Qué dijo?

Sonreí.

—No lo sé exactamente...

Pero creo que fue algo muy dominicano.

Marco soltó una carcajada.

Sacó su teléfono y abrió el traductor.

Escribió.

La voz robótica habló en español.

"Hola. Soy Marco. El amigo chismoso."

Alma leyó.

Y estalló en una carcajada.

—¡Ay, pero tú eres sincero!

Marco hizo una reverencia exagerada.

—Siempre.

Los demás comenzaron a presentarse uno por uno.

Enzo.

Luca.

Matteo.

Riccardo.

Alma les estrechó la mano a todos.

Con la misma alegría con la que saludaba a personas que conocía desde hacía años.

No había timidez en ella.

Solo curiosidad.

Marco cruzó los brazos.

Me miró.

Luego miró a Alma.

Después volvió a mirarme.

—Tengo una pregunta.

Suspiré.

Ya sabía cuál era.

—Hazla.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

Respondí con tranquilidad.

—Tres horas.

Los cinco guardaron silencio.

Alma levantó tres dedos para confirmar.

—Tres horitas.

Marco parpadeó.

—¿Tres horas?

Asentimos al mismo tiempo.

Enzo abrió la boca.

—¿Y ya caminaron por París?

Asentimos.

—¿Ya fueron a una cafetería?

Asentimos otra vez.

—¿Ya tocaron música juntos?

Asentimos.

—¿Ya compartieron un croissant?

Volvimos a asentir.

Los cinco se quedaron completamente callados.

Riccardo fue el primero en hablar.

—Lorenzo...

¿Tú?

—Sí.

—¿El mismo Lorenzo que tarda seis meses en aceptar una invitación para cenar?

Asentí.

Matteo comenzó a reír.

—No puede ser.

Marco señaló a Alma.

—¿Qué le hiciste?

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Nada!

Tomó el traductor.

Escribió rápidamente.

La voz robótica habló en italiano.

"Yo solo escuché que tocaba la guitarra. Después empecé a cantar. Después él me invitó a comer. Después ustedes aparecieron."

Los cinco la miraron.

Luego me miraron.

Y, sin necesidad de hablar entre ellos, llegaron exactamente a la misma conclusión.

Marco sonrió de lado.

—Ah...

Ya entendí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué entendiste?

Marco respondió con una tranquilidad desesperante.

—Que no fuiste tú quien la encontró.

Fue ella quien te encontró a ti.

Y eso explica por qué pareces otro hombre.

No supe qué contestar.

Porque, por primera vez en muchos años...

Marco tenía razón.

Alma no había entrado en mi vida haciendo ruido.

Había entrado bailando.

Cantando.

Sonriendo.

Y, sin darse cuenta...

Había afinado algo dentro de mí que llevaba demasiado tiempo en silencio.

Marco observó a su amigo unos segundos más y luego sonrió con esa expresión traviesa que todos conocían.

Se acercó a Alma y, usando el traductor, escribió una última frase.

La voz electrónica habló en un español casi perfecto:

"Gracias."

Alma parpadeó, confundida.

—¿Gracias por qué?

Marco sonrió mientras miraba a Lorenzo.

—Porque hacía mucho tiempo... demasiado... que no lo veía sonreír así.




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