Cuando Italia Bailo Merengue

Caoitulo 7

POV: Alma

Hay amigas que te cuidan.

Hay amigas que te aconsejan.

Y después está Sofía.

Sofía era el tipo de amiga que podía enamorarse mientras te estaba buscando para regañarte.

La encontré caminando hacia nosotros con una sonrisa demasiado sospechosa.

No.

Conocía esa sonrisa.

Muchísimo.

—¿Qué hiciste?

Ella parpadeó.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Nada.

Entrecerré los ojos.

—Sofía...

—Bueno... casi nada.

Suspiré.

—Habla.

Ella se acercó a mí, me tomó del brazo y me apartó unos pasos de Lorenzo y sus amigos.

Miró hacia atrás para asegurarse de que ninguno pudiera escuchar.

Aunque, siendo sinceras...

No entendían español.

—Alma...

—Ajá.

—El de la barba.

Parpadeé.

—¿Cuál de todos?

—¡El chismoso!

Tardé dos segundos.

—¿Marco?

Ella mordió su labio inferior.

Ay, no.

No, no, no.

Yo conocía esa cara.

Era la misma expresión que ponía cuando encontraba un vestido bonito... o un hombre que le parecía atractivo.

—No me digas...

Sofía sonrió como una niña atrapada robando dulces.

—¿Está bueno, verdad?

Me llevé una mano a la frente.

—¡Sofía!

—¿Qué?

—¡Tú me viniste a regañar porque desaparecí con un italiano!

Ella levantó un dedo.

—Exacto.

—¿Y ahora te gusta otro italiano?

—Bueno...

Se encogió de hombros.

—Hay que ser coherente.

No pude evitar reírme.

—¡Qué descarada tú eres!

Ella también comenzó a reír.

—Admítelo.

Ese hombre está lindo.

Miré discretamente hacia donde estaban ellos.

Marco hablaba con Lorenzo mientras hacía un montón de gestos exagerados.

De repente levantó la vista.

Sus ojos se cruzaron con los de Sofía.

Y el muy fresco...

Le sonrió.

Sofía dejó de respirar un segundo.

—¡Ay!

Le di un codazo.

—¿Qué fue?

—Me sonrió.

—Sí...

—Con dientes.

La miré completamente seria.

—¿Tú sabes que eso es lo normal cuando uno sonríe?

Ella negó rápidamente.

—No, no...

Es que...

¡Qué sonrisa tan bonita tiene ese hombre!

Yo empecé a reír tan fuerte que Lorenzo levantó la cabeza para ver qué estaba pasando.

Él sonrió al verme reír.

Y yo, sin querer, le devolví la sonrisa.

Sofía me observó unos segundos.

Después entrecerró los ojos.

—Ajá.

La miré.

—¿Qué?

—Nada.

—Habla.

—Tú también sonríes diferente cuando lo miras.

Sentí que las orejas me empezaban a arder.

—No inventes.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—Lo acabas de conocer.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

Sofía sonrió con dulzura.

—Precisamente por eso da miedo.

Porque cuando uno conoce a alguien de toda la vida, el cariño llega despacito.

Pero hay personas...

Hizo una pausa mientras miraba a Lorenzo.

—...que llegan y parece que siempre estuvieron esperando encontrarte.

No respondí.

Porque no sabía cómo hacerlo.

Solo sabía que, desde que escuché aquella guitarra en el parque...

Sentía una paz muy rara.

Como cuando uno llega a su casa después de un día larguísimo.

Respiré hondo.

—¿Tú crees que esto sea una locura?

Sofía me miró con una sonrisa tranquila.

—Sí.

—Gracias por el apoyo.

—No he terminado.

Me tomó las manos.

—Es una locura...

Pero las mejores historias empiezan así.

Con algo que no estaba en los planes.

Volteamos hacia ellos.

Marco seguía hablando sin parar.

Lorenzo escuchaba con esa paciencia infinita que parecía tener para todo.

Entonces Marco levantó la vista otra vez.

Esta vez no miró a mí.

Miró directamente a Sofía.

Y, con toda la confianza del mundo, levantó la mano para saludarla desde lejos.

Sofía, que normalmente era la más segura de las dos, levantó la mano de vuelta...

Y después me susurró, casi sin mover los labios:

—Alma...

—¿Qué?

—Creo que el italiano chismoso me acaba de saludar.

La miré divertida.

—Sí.

—¿Tú crees que...?

No la dejé terminar.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que está bueno.

Sofía me dio un manotazo en el brazo.

—¡No era eso lo que iba a preguntar!

—Pero era lo que querías escuchar.

Las dos estallamos en carcajadas.

Del otro lado, Marco observó la escena sin entender una palabra.

Miró a Lorenzo y dijo en italiano:

—¿De qué se ríen?

Lorenzo siguió la mirada de Alma, que brillaba mientras reía con su amiga.

Sonrió para sí.

Y respondió con absoluta tranquilidad:

—No lo sé...

Pero espero pasar el resto de mi vida intentando entenderlas.

Sin saber que, a pocos metros de distancia, Marco también acababa de descubrir unos ojos dominicanos de los que le costaría mucho apartar la mirada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.