POV: Marco
Siempre he tenido un talento especial para meterme donde nadie me llamó.
Según mi madre, nací preguntando.
Según mis amigos, nací opinando.
Y según Lorenzo...
Nací siendo un problema.
La verdad es que ninguno estaba equivocado.
Llevaba quince años siendo amigo de Lorenzo.
Quince.
Y si alguien me hubiera dicho esa mañana:
"Hoy vas a encontrar a Lorenzo paseando por París con una dominicana a la que conoció hace unas horas..."
Le habría recomendado dormir un poco más.
Porque eso no pasaba.
No con Lorenzo.
Mi mejor amigo era el hombre más paciente que conocía.
También el más reservado.
El más difícil de leer.
Podía escribir una canción de amor sin haber pronunciado más de veinte palabras en todo el día.
Y ahora...
Ahí estaba.
Sonriendo.
¿Sonriendo?
No.
Sonriendo demasiado.
Eso era sospechoso.
Crucé los brazos.
—¿Qué le diste de comer?
Alma me miró confundida.
Lorenzo levantó una ceja.
Me acerqué un poco más.
—No, en serio.
Hace una semana este hombre rechazó salir a cenar porque dijo que "necesitaba tiempo para terminar una composición".
Señalé a Lorenzo con el pulgar.
—Y ahora anda caminando por París con una chica que conoció esta tarde.
Me volví hacia Alma.
—Explícame.
Ella abrió las manos.
—¡Yo no hice nada!
Resoplé.
—Eso dicen las personas peligrosas.
Ella soltó una carcajada tan contagiosa que terminé riéndome también.
Ay...
Ya entendía por qué Lorenzo estaba diferente.
Era imposible pasar cinco minutos con esa muchacha sin terminar sonriendo.
Mientras hablábamos, noté algo.
Una mirada.
Discreta.
Rápida.
Venía desde mi derecha.
Giré la cabeza.
Era la amiga.
Sofía.
En cuanto nuestras miradas se encontraron, apartó los ojos de golpe.
Curioso.
Sonreí para mí mismo.
Volví a mirar.
Esta vez ella también volvió a levantar la vista.
Nos encontramos otra vez.
Y otra vez desvió la mirada.
Mmm.
Interesante.
No dije nada.
Pero mi cerebro ya estaba trabajando.
"¿Será tímida?"
No parecía.
Había visto cómo regañó a Alma en la cafetería.
Definitivamente tímida no era.
Entonces...
¿Por qué conmigo sí?
Me acerqué un poco al grupo.
Ella estaba hablando con Alma.
Hacía muchos gestos con las manos.
Se reía.
Después me miraba de reojo.
Y volvía a reír.
Fruncí el ceño.
Me acerqué a Lorenzo.
—Oye.
—¿Qué?
—Creo que tu traductor tiene que trabajar otra vez.
—¿Por qué?
Incliné apenas la cabeza hacia Sofía.
—Tengo la ligera sospecha de que están hablando de nosotros.
Lorenzo soltó una risa baja.
—Probablemente.
—¿Qué crees que estén diciendo?
Él me miró con total tranquilidad.
—No lo sé.
Pero si Alma habla tanto como parece...
Seguramente ya les contó toda nuestra historia.
—¿Cuál historia?
—La de hoy.
Lo miré fijamente.
—Hermano...
¿Tú escuchas lo que dices?
"Nuestra historia".
Son palabras tuyas.
No mías.
Lorenzo abrió la boca.
La volvió a cerrar.
Tardó unos segundos en darse cuenta.
Después negó con la cabeza mientras sonreía.
—No empieces.
—Ya empecé.
Le di una palmada en el hombro.
—Estás perdido.
—No lo estoy.
—¿No?
—No.
—Entonces dime...
¿Por qué no has dejado de mirarla desde que llegamos?
Silencio.
Ajá.
Exactamente.
Sonreí victorioso.
Fue entonces cuando escuché unos pasos acercarse.
Levanté la vista.
Era Sofía.
Venía sola.
Respiró hondo.
Me miró.
Y en un inglés bastante aceptable dijo:
—Hi...
Sonreí.
—Hi.
Silencio.
Los dos nos quedamos esperando que el otro hablara.
Hasta que ella soltó una risita nerviosa.
—My English...
No very good.
Le respondí riendo.
—I speak Spanish...
Very... very little.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Un poquito?
Levanté los dedos.
—Un chin.
Ella abrió tanto la boca que pensé que se le iba a caer la mandíbula.
Después empezó a reír.
Muchísimo.
—¡No puede ser!
Se llevó una mano al pecho.
—¿Tú sabes decir "un chin"?
Me encogí de hombros.
—Alma.
Ella negó entre risas.
—Esa mujer enseña dominicano más rápido que español.
No entendí toda la frase.
Pero verla reír era suficiente para seguir la conversación.
Entonces hice algo que normalmente no hacía con desconocidos.
Le tendí la mano.
—Marco.
Ella la tomó con suavidad.
—Sofía.
Nos estrechamos la mano.
Y, por alguna razón, ninguno de los dos la soltó de inmediato.
Desde unos metros más atrás, Alma observó la escena.
Le dio un codazo a Lorenzo.
Él levantó la vista.
Siguió la dirección de la mirada de Alma.
Y cuando vio a Marco y Sofía hablando con una naturalidad inesperada, sonrió de lado.
Alma le susurró en español, olvidando por completo que él no la entendería:
—Ay, Lorenzo...
Creo que se nos está formando otra pareja.
Lorenzo no comprendió las palabras.
Pero sí vio la forma en que Marco miraba a Sofía.
Y conocía a su amigo lo suficiente para saber una cosa.
Cuando Marco dejaba de hacer bromas...
Era porque alguien realmente había captado su atención.
Y eso...
Eso ocurría muy pocas veces.