Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 9 Donde la tarde decidió quedarse

Si alguien hubiera observado al grupo desde la distancia, habría pensado que eran viejos amigos disfrutando de una tarde cualquiera en París.

Nadie habría imaginado que, apenas unas horas antes, ninguno conocía el nombre del otro.

El sol comenzaba a esconderse lentamente sobre el río Sena, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, rosados y dorados. Las luces de los cafés empezaban a encenderse una por una, mientras los músicos callejeros cambiaban las melodías alegres por piezas más suaves.

París tenía esa extraña costumbre.

Hacer que el atardecer pareciera una promesa.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Marco, rompiendo el silencio.

Los demás se miraron entre sí.

Riccardo se encogió de hombros.

—Podemos volver al hotel.

Enzo hizo una mueca.

—Qué aburrido eres.

Matteo señaló el puente que cruzaba el Sena.

—Podríamos caminar un rato más.

Todos parecían de acuerdo.

Todos...

Menos Lorenzo.

Él no estaba mirando el puente.

Ni el río.

Ni a sus amigos.

Estaba mirando a Alma.

Ella tenía la cabeza levantada, observando cómo las primeras luces comenzaban a reflejarse sobre el agua.

Parecía una niña descubriendo el mundo por primera vez.

—¡Miren, miren!

Señaló un barco turístico que pasaba lentamente.

—¡Qué bonito!

Su emoción era tan auténtica que hasta unos turistas sonrieron al verla.

Marco se acercó a Lorenzo y le habló en voz baja.

—Hermano...

Lorenzo ni siquiera desvió la vista.

—¿Sí?

—Ya perdimos.

Él frunció el ceño.

—¿Qué?

—Contra ella.

—¿De qué hablas?

Marco soltó una risa.

—No puedes dejar de mirarla.

Lorenzo respondió con la misma calma de siempre.

—Tampoco tú puedes dejar de mirar a Sofía.

Marco tosió.

—Eso...

Eso es diferente.

—Claro.

—Muy diferente.

Lorenzo sonrió apenas.

—Sí.

Muy diferente.

Marco rodó los ojos.

—No te soporto.

Al otro lado del paseo, Sofía observaba la conversación con curiosidad.

Se acercó a Alma.

—¿Ellos siempre hablan tan bajito?

Alma se encogió de hombros.

—No sé.

Pero esos dos tienen cara de estar chismeando.

Sofía soltó una risita.

—El chismoso mayor es tu italiano.

—¿Mi italiano?

Alma casi se atragantó con su propia saliva.

—¡No es mi italiano!

—Ajá...

Sofía sonrió con malicia.

—Lo acabas de llamar "mi italiano".

—¡Yo no dije eso!

—Lo pensaste.

Alma abrió la boca para defenderse.

No encontró argumentos.

Bufó.

—Tú eres insoportable.

—Y tú estás sonriendo otra vez.

Alma dejó de sonreír al instante.

Demasiado tarde.

Sofía ya lo había visto.

Mientras tanto, Enzo comenzó a aplaudir con entusiasmo.

—¡Idea!

Todos voltearon hacia él.

—Hay una plaza unas calles más abajo.

Siempre se llena de músicos al atardecer.

Los ojos de Alma brillaron.

—¿Más música?

Lorenzo notó aquel pequeño destello de emoción.

Y sonrió.

—Sí.

Marco observó la escena y murmuró para sí:

—Ya está...

Ya no tiene salvación.

Quince minutos después, el grupo llegó a la pequeña plaza.

Era un lugar encantador.

Había un saxofonista junto a una fuente.

Una pareja bailaba tango sobre el adoquín.

Más allá, un anciano tocaba un acordeón mientras una niña dejaba monedas dentro de un sombrero.

Alma giró sobre sí misma lentamente.

—Esto parece un sueño...

Lorenzo caminó hasta el centro de la plaza.

Colgó la guitarra frente a él.

La ajustó con tranquilidad.

Marco arqueó una ceja.

—¿Qué haces?

Lorenzo respondió sin dejar de afinar.

—Tocar.

—¿Aquí?

Asintió.

—Aquí.

Riccardo sonrió.

—Hace meses que no tocas en la calle.

Lorenzo terminó de afinar una cuerda.

—Lo sé.

Levantó la vista.

Sus ojos encontraron a Alma entre la gente.

Ella lo observaba con la misma ilusión que una niña espera el inicio de un cuento.

Fue suficiente.

Apoyó los dedos sobre las cuerdas.

La primera nota llenó la plaza.

Después llegó la segunda.

Y la tercera.

Era una melodía completamente nueva.

Nadie la había escuchado antes.

Ni siquiera sus amigos.

Marco dejó de sonreír.

Conocía demasiado bien a Lorenzo.

Aquella no era una canción cualquiera.

Era una composición improvisada.

Y Lorenzo jamás improvisaba frente al público.

Jamás.

Alma permanecía inmóvil.

Escuchando.

Sintiendo.

La melodía parecía buscarla entre todas las personas que caminaban por la plaza.

Hasta encontrarla.

Cuando Lorenzo levantó la mirada, no tuvo que decir una sola palabra.

Solo inclinó la cabeza muy ligeramente.

Una invitación silenciosa.

Alma entendió al instante.

Sintió un cosquilleo recorrerle todo el cuerpo.

Miró a Sofía.

—¿Qué hago?

Sofía sonrió con dulzura.

—Lo mismo que hiciste cuando lo conociste.

—¿Y si me equivoco?

Sofía negó despacio.

—Hay personas con las que uno no ensaya.

Solo siente.

Alma respiró profundamente.

Cerró los ojos.

Y dio el primer paso hacia la música.

Sin saber que, entre todos los presentes, había alguien observándolos desde el otro extremo de la plaza.

Un hombre elegante, vestido completamente de negro, que dejó de caminar en cuanto escuchó la voz de la joven dominicana unirse otra vez a la guitarra del italiano.

No aplaudió.

No sonrió.

Solo los observó con un interés inquietante.

Como quien acaba de encontrar algo...

O a alguien...

Que llevaba mucho tiempo buscando.




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