Si alguien hubiera dicho aquella mañana que una plaza parisina terminaría convertida en una fiesta improvisada gracias a una dominicana, un italiano y una guitarra... probablemente nadie lo habría creído.
Pero la música tiene una extraña costumbre.
No pide permiso.
Simplemente ocurre.
Los aplausos aún llenaban el aire cuando una voz gritó desde la esquina de la plaza.
—¡Oyeee!
Todos giraron.
Un hombre de piel morena, delantal blanco lleno de harina y una bandeja de pan recién horneado en las manos había salido de una pequeña panadería.
En cuanto escuchó el acento de Alma durante la canción, sonrió de oreja a oreja.
—¡Pero esa muchacha es dominicana!
Alma abrió los ojos como platos.
—¡¿Dominicano?!
—¡De Santiago, mi hija!
Ella dio un gritico de emoción.
—¡Yo soy de Puerto Plata!
—¡¡Pero somos vecinos, mujer!!
Los dos comenzaron a reír como si fueran familiares que no se veían desde hacía años.
El panadero desapareció unos segundos dentro del local.
Todos lo observaron con curiosidad.
Volvió cargando un enorme altavoz.
Lo dejó sobre la acera.
Sacó su teléfono.
Y, con una sonrisa traviesa, dijo:
—Con el debido respeto a Francia...
¡Pero aquí hace falta un merengue!
Cinco segundos después...
¡TUMBÁ!
Las primeras trompetas de un merengue clásico retumbaron por toda la plaza.
Alma soltó un grito.
—¡¡¡AY, MI MADREEEE!!!
Lorenzo dio un pequeño salto.
Nunca había escuchado un ritmo así tan de cerca.
La plaza, que hacía unos segundos estaba llena de melodías suaves, explotó de repente en tamboras, güiras y saxofones.
Alma giró hacia Lorenzo.
Le extendió ambas manos.
—¡Ven!
Él la miró confundido.
—¿Qué...?
Ella ni siquiera dejó que terminara la pregunta.
Lo tomó por las manos.
Lo colocó frente a ella.
—No pienses.
¡Sígueme!
Lorenzo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Alma ya estaba moviéndose.
Un paso.
Otro.
Las caderas marcaban el ritmo con una naturalidad imposible.
Ella sonreía tanto que parecía que el sol había decidido esconderse dentro de sus ojos.
—¡Uno, dos!
—¡Tres!
—¡Cuatro!
Lorenzo intentó copiar sus movimientos.
Fracasó estrepitosamente.
Pisó su propio pie.
Después casi pisa el de Alma.
Ella estalló en carcajadas.
—¡No mires los pies!
Él tampoco entendió.
Pero entendió su risa.
Y siguió intentándolo.
Un anciano dominicano pasó caminando y gritó entre risas:
—¡Italiano, afloja esas rodillas!
Toda la plaza se echó a reír.
Lorenzo también.
Alma le dio una palmada cariñosa en el hombro.
—¡Eso!
¡Ahora sí!
Del otro lado, Sofía observaba la escena con una sonrisa enorme.
Hasta que alguien carraspeó detrás de ella.
Marco.
Le hizo una pequeña reverencia exagerada.
Y extendió una mano.
—¿Bailamos?
Ella levantó una ceja.
—¿Tú sabes bailar merengue?
Marco sonrió con toda la confianza del mundo.
—No.
Sofía soltó una risita.
—Excelente.
Yo tampoco espero milagros.
Le tomó la mano.
Los primeros segundos fueron un desastre absoluto.
Marco giró hacia donde no era.
Sofía casi perdió el equilibrio de tanto reír.
—¡No, no!
—¡Es para este lado!
—¡Ah!
—¡Ahora sí!
Cada error terminaba en una carcajada.
Y cada carcajada hacía que bailaran un poco mejor.
Mientras tanto, Enzo observó a Matteo.
—Bueno...
Parece que nos quedamos sin pareja.
Matteo sonrió.
—¿Y quién dijo que hace falta?
Le dio un codazo amistoso.
—Ven.
Los dos comenzaron a bailar entre ellos de la manera más exagerada posible.
Riccardo y Luca no tardaron en imitarlos.
En menos de un minuto los cuatro estaban compitiendo por ver quién hacía el paso más ridículo.
Las personas alrededor comenzaron a aplaudir.
Un grupo de turistas brasileños se unió.
Luego una pareja de argentinos.
Dos señoras francesas dejaron sus bolsas de compras para intentar seguir el ritmo.
Un joven senegalés apareció con un djembé y empezó a acompañar el merengue con una percusión africana.
Un violinista añadió una melodía improvisada.
El saxofonista de antes regresó.
El acordeonista también.
El panadero dominicano repartía pedazos de pan caliente mientras gritaba:
—¡Aquí nadie baila con el estómago vacío!
Un matrimonio italiano empezó a cantar el coro del merengue aunque pronunciaban la mitad de las palabras al revés.
Eso hizo reír todavía más a los dominicanos presentes.
La plaza siguió llenándose.
Llegaban personas con helados.
Con café.
Con flores.
Con cámaras.
Con niños en los hombros.
Con perros que corrían entre la gente moviendo la cola al ritmo de la música.
Nadie quería irse.
Ni siquiera quienes no sabían bailar.
Porque bastaba con dar una palmada para sentirse parte de aquella celebración.
Desde el balcón de un edificio cercano, una anciana francesa abrió las ventanas intrigada por el alboroto.
Observó la escena durante unos segundos.
Luego desapareció dentro del apartamento.
Todos pensaron que cerraría las ventanas.
Pero volvió con una pequeña bandera francesa.
La agitó desde arriba mientras reía.
Alma levantó la vista.
Se llevó una mano al pecho.
Y le lanzó un beso.
La anciana respondió haciendo exactamente lo mismo.
Lorenzo contempló todo aquello sin dejar de bailar.
Miró a su alrededor.
Franceses.
Dominicanos.
Italianos.
Españoles.
Brasileños.
Turistas de todas partes del mundo.
Personas que hacía una hora no se conocían.