La fiesta ya era imposible de detener.
Lo que había comenzado con una guitarra y una voz se había convertido en una celebración donde nadie preguntaba de dónde venía el otro.
Solo importaba una cosa.
Bailar.
Alma seguía enseñándole a Lorenzo a mover los pies cuando, entre la multitud, una voz conocida atravesó la música.
—¡¡¡ALMAAA!!!
Ella giró tan rápido que casi hizo perder el equilibrio a Lorenzo.
Abrió los ojos de par en par.
—¡No puede ser!
Cuatro mujeres venían corriendo entre la gente, esquivando bailarines y riéndose a carcajadas.
La primera fue la que llegó antes.
Alta, de cabello oscuro y una sonrisa traviesa.
Sin pedir permiso abrazó a Alma tan fuerte que casi la levantó del suelo.
—¡Te encontramos!
—¡Valeria!
Detrás de ella apareció una joven de piel canela y un acento inconfundible.
—¿Tú sabes el susto que nos diste?
Alma abrió los brazos.
—¡Daniela!
La tercera llegó moviendo las manos mientras hablaba.
—¡Nena! ¡Llevamos media ciudad buscándote!
—¡Camila!
Y la última llegó bailando incluso antes de detenerse.
—¡Mi reina! ¿Tú montaste una fiesta y no nos avisaste?
Alma soltó una carcajada.
—¡Lucía!
Sofía negó divertida.
—Al fin aparecieron.
Las cuatro amigas respiraban agitadas.
Valeria, la puertorriqueña, señaló toda la plaza.
—Nosotras íbamos para el hotel.
Daniela, la colombiana, continuó la historia.
—Y empezamos a escuchar música desde tres calles más allá.
Camila, la otra dominicana, añadió entre risas:
—Después escuchamos a alguien gritar "¡Ave María!" cada diez segundos.
Lucía, la cubana, terminó la frase.
—Y dijimos: esa tiene que ser Alma.
Las seis estallaron en carcajadas.
Lorenzo y sus amigos observaban la escena con una mezcla de curiosidad y diversión.
Marco se acercó a Lorenzo.
—¿Son...?
—Amigas.
—¿Cuántas?
—No lo sé...
Pero tengo miedo.
Marco soltó una risa.
—Yo también.
Alma se secó una lágrima de tanto reír y se giró hacia los italianos.
—¡Muchachos!
Todos levantaron la vista.
Ella fue señalándolos uno por uno.
—Ellos son Lorenzo...
Marco...
Enzo...
Matteo...
Luca...
Y Riccardo.
Después señaló a sus amigas.
—Ellas son Valeria, de Puerto Rico.
Daniela, de Colombia.
Camila, de República Dominicana.
Lucía, de Cuba.
Los saludos fueron una mezcla de español, italiano, inglés y gestos.
Nadie entendía demasiado.
Pero todos sonreían.
Y eso bastaba.
Lucía cruzó los brazos.
Miró a los italianos.
Luego escuchó el merengue.
Después negó con la cabeza.
—No, no...
Así no.
Los seis italianos se miraron confundidos.
Camila dio una palmada.
—¡Vamos a enseñarles a bailar de verdad!
Marco tragó saliva.
—¿De verdad?
Valeria sonrió con picardía.
—Prepárense.
Porque ahora viene la bachata.
Lorenzo miró a Alma.
—¿Bachata?
Ella sonrió con una expresión inocente.
—Confía en mí.
Cinco segundos después, el panadero dominicano cambió la música.
Las primeras guitarras de una bachata llenaron la plaza.
Los latinos comenzaron a gritar emocionados.
—¡Esoooo!
Alma tomó las manos de Lorenzo.
—Ahora mírame.
Él obedeció.
—No pienses.
Solo sígueme.
Mientras tanto, Sofía ya había atrapado a Marco.
—Nada de escapar.
—No pensaba hacerlo.
—Mentiroso.
Valeria se acercó a Riccardo.
—Ven acá, italiano.
Daniela tomó del brazo a Matteo.
—Hoy sales graduado.
Camila señaló a Enzo.
—Tú vienes conmigo.
Y Lucía sonrió de oreja a oreja mientras le tendía la mano a Luca.
—Prepárate, corazón.
Los pobres italianos parecían soldados entrando a una batalla.
Las primeras vueltas fueron un desastre.
Marco giró hacia la izquierda cuando Sofía iba hacia la derecha.
Los dos terminaron riéndose tanto que tuvieron que detenerse.
Riccardo pidió perdón cinco veces en menos de un minuto después de pisar accidentalmente a Valeria.
Matteo levantó las manos.
—¡No puedo mover los pies tan rápido!
Daniela negó divertida.
—¡No son los pies!
¡Son las caderas!
Enzo intentó copiar a Camila.
El resultado fue tan exagerado que toda la plaza rompió en carcajadas.
Hasta él terminó riéndose de sí mismo.
Luca miraba a Lucía completamente perdido.
Ella chasqueó los dedos frente a él.
—Mírame a los ojos.
No al piso.
La bachata se baila sintiendo.
No contando pasos.
Luca respiró hondo.
La obedeció.
Y, sorprendentemente, empezó a mejorar.
Mientras tanto, Lorenzo seguía concentrado en Alma.
Ella hablaba bajito.
Con paciencia.
Le corregía un paso.
Le acomodaba una mano.
Le enseñaba a escuchar el ritmo antes que contarlo.
Y cuando por fin lograron dar una vuelta perfecta sin tropezar...
Alma levantó los brazos como si hubieran ganado un campeonato.
—¡Eso fue!
Lorenzo sonrió orgulloso.
No porque hubiera aprendido un paso nuevo.
Sino porque ella celebraba sus pequeños logros con una alegría tan sincera que era imposible no querer seguir intentándolo.
Alrededor de ellos, la plaza se había transformado otra vez.
Italianos aprendiendo bachata.
Latinos enseñando entre risas.
Franceses intentando copiar los pasos.
Niños girando con sus padres.
Turistas aplaudiendo.
Y un panadero dominicano que, con una funda de pan en una mano y el volumen del altavoz al máximo, gritó para que toda la plaza lo escuchara:
—¡Que alguien me explique cómo fue que París se convirtió en un pedacito del Caribe!