Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 13 Doce personas y una noche que nadie quería terminar

Dos horas.

Después tres.

Nadie supo exactamente cuánto tiempo había pasado.

Lo único que sabían era que habían bailado merengue, bachata, salsa, boleros improvisados y hasta canciones italianas que terminaron con un ritmo completamente caribeño.

Los pies ya dolían.

Las piernas temblaban.

Y aun así...

Nadie quería que terminara.

Fue Marco quien levantó las manos.

—¡Declaro mi rendición!

Sofía soltó una carcajada.

—¿Ya no puedes más?

Marco respiraba como si hubiera corrido un maratón.

—Creo... que descubrí músculos que no sabía que tenía.

Lucía aplaudió divertida.

—Eso significa que la clase fue un éxito.

—Eso significa que mañana no voy a poder caminar.

Todos estallaron en risas.

Enzo se dejó caer dramáticamente sobre una banca.

—Yo voto por buscar un hospital.

Camila negó con la cabeza.

—No exageres.

—No exagero.

Me pisaste diecisiete veces.

—¡Fueron tres!

—Diecisiete.

—¡Tres!

Riccardo intervino riendo.

—Yo las conté...

Fueron ocho.

Camila abrió mucho los ojos.

—¡Traidor!

Las carcajadas volvieron a llenar el aire.

Finalmente decidieron alejarse un poco de la plaza, que seguía llena de música y personas bailando.

Caminaron sin prisa por las calles iluminadas de París.

Las conversaciones iban mezclándose.

Italiano.

Español.

Inglés.

Francés.

Y un idioma universal compuesto por señas, risas y teléfonos con traductor.

Al llegar a un pequeño parque junto al río, alguien propuso descansar.

No hubo objeciones.

Absolutamente ninguna.

Uno por uno comenzaron a dejarse caer sobre el césped.

Marco fue el primero.

—No siento las piernas.

Sofía se dejó caer a su lado.

—Eso te pasa por querer hacer una vuelta que nadie te enseñó.

—Quería impresionarte.

Ella levantó una ceja.

—¿Y lo lograste?

Marco sonrió.

—Me caí...

Pero con estilo.

Sofía no pudo contener la risa.

Unos metros más allá, Enzo estaba acostado boca arriba mirando el cielo.

—¿Siempre bailan así en Latinoamérica?

Lucía respondió sin pensarlo.

—No.

En las bodas bailamos más.

Los cuatro italianos se incorporaron al mismo tiempo.

—¿Más?

Las seis amigas respondieron al unísono.

—¡Muchísimo más!

Los italianos intercambiaron miradas de preocupación.

Matteo habló en voz baja.

—Creo que no sobreviviríamos.

Valeria escuchó el comentario.

—Espera a que conozcan un cumpleaños dominicano.

—¿Es peor?

Camila sonrió.

—Muchísimo.

Riccardo levantó ambas manos.

—Yo renuncio desde ahora.

Las risas volvieron a aparecer.

Lorenzo permanecía sentado bajo un árbol, con la guitarra descansando sobre sus piernas.

No estaba tocando.

Solo observaba al grupo.

A Marco haciendo reír a Sofía.

A Enzo intentando pronunciar palabras en español y fracasando estrepitosamente.

A Daniela corrigiéndolo con paciencia.

A Luca escuchando las historias de Lucía sobre La Habana.

A Riccardo y Valeria discutiendo cuál país hacía el mejor café.

Y a Matteo intentando convencer a Camila de que algún día aprendería bachata.

Entonces sintió un pequeño golpe en el hombro.

Giró la cabeza.

Era Alma.

Traía doce helados en una bandeja de cartón, equilibrándolos con una concentración digna de una artista de circo.

—¡Auxilio!

Todos levantaron la cabeza.

—¡Si se cae uno, lloramos todos!

Marco se puso de pie enseguida.

—¡Protejan los helados!

Entre risas comenzaron a ayudarla.

Después de una pequeña operación de rescate bastante caótica, cada uno terminó con un helado en la mano.

Alma dejó escapar un suspiro de alivio.

—Misión cumplida.

Lorenzo la observó divertido.

Escribió algo en el traductor y le mostró la pantalla.

"¿Cómo hiciste para cargar doce helados sin perder ninguno?"

Ella leyó el mensaje y respondió con total seriedad.

—Porque soy dominicana.

El traductor hizo su trabajo.

Lorenzo soltó una risa.

"Eso no explica nada."

Alma levantó los hombros.

—Lo explica todo.

Marco escuchó la traducción y levantó su helado como si fuera una copa.

—Brindo por esa respuesta.

Todos imitaron el gesto.

Doce helados se alzaron bajo el cielo parisino.

—¡Salud!

—Cin cin.

—¡Cheers!

—¡Santé!

Las palabras salieron mezcladas.

Como ellos.

Y funcionaron igual de bien.

El parque quedó en silencio por unos instantes.

Solo se escuchaba el canto de algunos grillos, el murmullo lejano del río y las cucharitas de madera chocando contra los vasos de helado.

Alma levantó la vista hacia las estrellas.

—¿Saben qué es lo más raro de todo esto?

Todos la miraron.

Ella sonrió con esa dulzura que parecía aparecer siempre cuando hablaba desde el corazón.

—Esta mañana ninguno de nosotros sabía que los otros existían...

Hizo una pausa.

Miró a cada uno de los once rostros que la rodeaban.

Y añadió en voz baja:

—...y ahora siento que esta noche va a ser uno de esos recuerdos que voy a contar cuando tenga ochenta años.

Nadie respondió enseguida.

Porque, en el fondo...

Los once pensaban exactamente lo mismo.

A veces la vida no cambia por un gran acontecimiento.

A veces basta con escuchar una guitarra en un parque, decidir bailar sin vergüenza...

Y dejar que el destino haga el resto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.