Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 14 La peor idea... y la mejor noche

—No quiero irme al hotel.

La frase salió de la boca de Alma mientras terminaba la última cucharada de helado.

Nadie respondió.

Porque nadie quería admitir que pensaba exactamente lo mismo.

Marco rompió el silencio.

—Bueno...

Miró a los demás.

—¿Y si no nos vamos?

Sofía sonrió.

—¿Qué propones?

Marco señaló el cielo.

La noche apenas comenzaba.

—Todavía es temprano.

Lucía chasqueó los dedos.

—¡Playa!

Los italianos levantaron la cabeza.

—¿Playa?

Valeria asintió emocionada.

—¡Sí!

Daniela se puso de pie de un salto.

—Fogata.

Camila añadió:

—Música.

Alma levantó ambas manos.

—¡Y comida!

Los doce comenzaron a hablar al mismo tiempo.

Era imposible entender una sola palabra.

Lorenzo observó el caos unos segundos.

Después escribió en el traductor.

"Creo que acabamos de tomar una decisión."

Alma leyó la pantalla y sonrió.

—Sí.

Una decisión irresponsable.

Pero muy divertida.

Media hora después...

Los doce entraban a un enorme supermercado abierto toda la noche.

Y fue entonces cuando comenzó el verdadero desastre.

Marco tomó un carrito.

Enzo tomó otro.

Alma también quiso uno.

Sofía negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

Cinco minutos después...

Alma ya llevaba el carrito lleno de cosas que nadie había pedido.

—¿Para qué necesitamos malvaviscos gigantes?

—Porque son gigantes.

—¿Y estas galletas?

—Se veían felices.

—¿Y un inflable con forma de flamenco?

Alma abrazó el enorme paquete rosado.

—Míralo.

¿Cómo lo iba a dejar solo?

Marco empezó a reír tan fuerte que tuvo que apoyarse en el carrito.

—¡Lorenzo!

¡Tu dominicana está adoptando un flamenco inflable!

Lorenzo miró la escena.

Después miró a Alma, que acariciaba el paquete con absoluta seriedad.

Y simplemente escribió en el traductor:

"Creo que el flamenco ya tiene familia."

Alma sonrió orgullosa.

—¿Viste?

Él me entiende.

Sofía se llevó una mano a la frente.

—No...

Lo que él tiene es paciencia.

Mientras tanto...

Riccardo y Valeria habían desaparecido.

Los encontraron cinco minutos después en el pasillo del café.

Discutiendo apasionadamente.

—¡El café colombiano es el mejor!

Daniela cruzó los brazos.

—¡Obviamente!

Valeria levantó un paquete.

—¡Pero el puertorriqueño también!

Riccardo sostenía uno italiano.

—No.

Espresso italiano.

Fin de la discusión.

Camila apareció con dos fundas de papitas.

—La verdadera pregunta es...

¿Quién paga todo esto?

Silencio.

Los doce se miraron.

Después miraron los tres carritos completamente llenos.

Marco rompió el hielo.

—Creo que nos emocionamos.

—Un poquito.

Respondió Sofía.

Luca llegó empujando otro carrito.

Todos abrieron los ojos.

—¿Otro?

Luca sonrió inocentemente.

Había metido carbón, leña, mantas, vasos, platos, jugos, refrescos, frutas, chocolates y una bolsa enorme de hielo.

Enzo lo señaló.

—¡Nos vamos una noche!

¡No a fundar un país!

Las carcajadas hicieron que varias personas voltearan a mirarlos.

Una señora francesa observó el contenido de los carritos.

Después miró al grupo.

Sonrió.

Y murmuró para sí:

—La juventud...

En la sección de frutas ocurrió otro accidente.

Marco tomó una piña.

Intentó hacer malabares.

La piña cayó.

Golpeó una caja de naranjas.

Las naranjas comenzaron a rodar por todo el supermercado.

—¡Las naranjas!

Riccardo salió corriendo detrás de una.

Enzo persiguió otra.

Un niño pequeño decidió ayudar...

Pero terminó jugando fútbol con una naranja.

Alma se reía tanto que casi no podía respirar.

Lorenzo observaba el espectáculo con una mano sobre la frente.

No sabía si esconderse...

O grabarlo.

Eligió grabarlo.

—¡Marco!

—¡Lo estoy intentando!

—¡La naranja!

—¡Va muy rápido!

Sofía logró atrapar una con el pie.

La levantó victoriosa.

—¡Una menos!

Los empleados del supermercado miraban la escena con una mezcla de incredulidad y diversión.

Uno de ellos terminó riéndose.

Otro comenzó a ayudar a recoger las frutas.

Al cabo de unos minutos, el desastre quedó resuelto.

Todos respiraron aliviados.

Llegaron finalmente a la caja.

La cajera pasó el primer producto.

Luego el segundo.

Después el tercero.

Y siguió pasando artículos durante casi diez minutos.

Cuando terminó, levantó lentamente la vista.

Miró a los doce.

Y preguntó con total tranquilidad:

—¿Van a hacer una fiesta?

Alma respondió sin pensarlo.

—No.

Ya la hicimos.

Ahora vamos por la segunda.

La cajera soltó una risa tan sincera que incluso los clientes que esperaban en la fila terminaron sonriendo.

Los doce salieron del supermercado cargados con bolsas, mantas, guitarras, un flamenco inflable que nadie entendía por qué seguía allí y suficientes provisiones para alimentar a un pequeño ejército.

Mientras caminaban hacia la playa iluminada por la luna, Marco miró el reloj y negó con la cabeza.

—Increíble.

Lorenzo lo miró.

—¿Qué pasa?

Marco sonrió.

—Hace ocho horas no conocíamos a la mitad de este grupo...

Miró a Alma, que caminaba delante abrazando el flamenco inflable como si fuera un trofeo.

Luego a Sofía, que discutía con Camila sobre quién hacía el mejor sancocho.

Y finalmente a Lorenzo.

—...y ahora estamos cruzando París de madrugada con un flamenco gigante rumbo a una fogata.

Lorenzo siguió la mirada hasta Alma.




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