Manual de supervivencia: edición latinoamericana
La playa estaba casi desierta.
La luna iluminaba el mar con un brillo plateado que hacía parecer que las olas llevaban miles de pequeños diamantes.
El sonido del agua rompiendo contra la arena era suave.
Relajante.
Perfecto.
Los doce dejaron las bolsas sobre la arena.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Solo contemplaron el paisaje.
Hasta que Marco rompió el silencio.
—Bueno...
Se dio una palmada en las manos.
—¿Quién sabe hacer una fogata?
Los seis italianos levantaron la vista hacia el cielo.
Después se miraron entre ellos.
Finalmente, Lorenzo levantó una mano con mucha poca convicción.
—Vi un documental...
Las seis latinoamericanas soltaron la carcajada.
Alma negó con la cabeza.
—Mi amor...
Eso no cuenta.
Lorenzo arqueó una ceja al escuchar el "mi amor".
No estaba seguro de haber entendido las palabras.
Pero el tono le hizo sonreír.
Camila dio un paso al frente.
—Muy bien, alumnos.
Bienvenidos al curso intensivo de supervivencia.
Marco cruzó los brazos.
—Yo sobreviví a la universidad.
Camila sonrió.
—Aquí no te va a servir.
Lucía señaló un montón de ramas secas.
—Lo primero.
Leña.
Enzo fue el primero en salir corriendo.
Cinco minutos después regresó orgullosísimo.
Con un enorme tronco al hombro.
Lo dejó caer frente a todas.
—¡Listo!
Las seis chicas lo miraron.
Silencio.
Alma carraspeó.
—Enzo...
—¿Sí?
—¿Cómo piensas prender fuego con un árbol entero?
Marco empezó a reír.
Riccardo también.
Hasta Enzo terminó riéndose.
—Bueno...
Pensé en grande.
Valeria le dio unas ramitas pequeñas.
—Primero esto.
Después aquello.
Y al final el tronco.
Enzo hizo una expresión de quien acababa de descubrir un secreto del universo.
—¡Tiene sentido!
Daniela observó a Matteo.
Él venía caminando feliz...
Con ramas completamente verdes.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡No!
Matteo se detuvo.
—¿Qué?
—Eso está vivo.
Él miró las ramas.
Después el árbol del que las había arrancado.
Luego volvió a mirar las ramas.
—...Ah.
Toda la playa explotó en carcajadas.
Sofía tuvo que sentarse sobre una neverita porque ya le dolía el estómago de tanto reír.
Luca apareció con una bolsa llena de hojas.
Lucía sonrió.
—Eso sí sirve.
Cinco segundos después, el viento levantó todas las hojas y las esparció por la playa.
Luca salió corriendo detrás de ellas.
—¡No, no, no!
Marco, intentando ayudar, tropezó con el flamenco inflable.
El flamenco salió volando por la arena como si quisiera emigrar.
Alma pegó un grito.
—¡¡¡Mi hijo!!!
Salió corriendo detrás del inflable.
Lorenzo la vio correr desesperada por un flamenco de plástico.
Se llevó una mano a la cara.
Y empezó a reír tanto que las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos.
—¿Está... persiguiendo un flamenco?
Riccardo apenas podía hablar de la risa.
—Sí...
Y creo que le puso nombre.
Alma regresó abrazando el inflable.
Lo revisó por todos lados.
Suspiró aliviada.
—Está bien.
Lorenzo escribió rápidamente en el traductor.
"¿Tu hijo sobrevivió?"
Ella leyó el mensaje.
Lo miró con absoluta seriedad.
—Fue un momento muy difícil para nuestra familia.
Él bajó la cabeza riéndose.
No podía más.
Mientras tanto...
Camila, Daniela, Lucía y Valeria ya habían acomodado las ramas.
Sofía sacó un pequeño encendedor de emergencia de su mochila.
Marco abrió mucho los ojos.
—¿Por qué llevas eso?
Ella respondió con total naturalidad.
—Porque nunca sabes cuándo vas a necesitar hacer una fogata.
Marco miró a Lorenzo.
—Creo que las latinoamericanas viven preparadas para el fin del mundo.
Lorenzo asintió.
—Empiezo a creer lo mismo.
Sofía se arrodilló.
Protegió la llama con las manos.
Esperó el momento justo.
Un hilo de humo apareció.
Después una pequeña chispa.
Luego otra.
Hasta que...
¡Ffff!
Las primeras llamas comenzaron a bailar entre las ramas.
Los italianos aplaudieron como si hubieran presenciado un espectáculo de magia.
Enzo abrió la boca.
—¿Ya está?
Camila sonrió.
—Ya está.
Marco observó el fuego unos segundos.
Luego miró a las seis amigas.
—Tengo una duda.
Alma levantó la mano.
—Diga.
—¿Qué más saben hacer?
Las seis se miraron entre ellas.
Valeria respondió primero.
—Acampar.
Daniela continuó.
—Pescar.
Lucía añadió.
—Primeros auxilios.
Camila sonrió.
—Orientación con mapa y brújula.
Sofía levantó una ceja.
—Defendernos.
Finalmente, Alma habló con una enorme sonrisa.
—Y cocinar para veinte personas con lo que aparezca en una neverita.
Los seis italianos permanecieron completamente callados.
Marco respiró hondo.
Miró a Lorenzo.
Y dijo con una solemnidad exagerada:
—Hermano...
No encontramos novias.
Encontramos un equipo de supervivencia.
Lorenzo soltó una risa baja.
Observó a Alma, que en ese momento estaba alimentando cuidadosamente el fuego mientras tarareaba una canción bajito.
El resplandor de las llamas iluminaba su rostro moreno, sus rizos y esa sonrisa que parecía no apagarse nunca.
Pensó que, si alguna vez se perdía en un bosque...
Esperaba con todo el corazón perderse junto a ella.
Porque estaba completamente seguro de una cosa.
Con Alma cerca...
Encontrar el camino de regreso siempre sería la parte menos importante de la aventura.