La tragedia de los malvaviscos
—Bueno...
Alma dio una palmadita.
—Ha llegado el momento más importante de la noche.
Marco levantó una ceja.
—¿Más importante que la música?
—Sí.
—¿Más importante que la fogata?
—Sí.
Enzo abrió mucho los ojos.
—¿Más importante que el flamenco?
Alma abrazó el inflable.
—Nada es más importante que mi hijo.
Toda la playa estalló en carcajadas.
Ella dejó el flamenco cuidadosamente sobre una manta.
Luego levantó una bolsa enorme de malvaviscos.
—Ahora sí.
Los ojos de los seis italianos brillaron.
Lucía repartió unas varillas largas.
Camila explicó con toda la seriedad del mundo.
—Escuchen bien.
No los peguen demasiado al fuego.
Hay que tener paciencia.
Darles vueltas despacito.
Cuando estén doraditos...
Los sacan.
Marco asintió como un alumno ejemplar.
—Entendido.
Cinco segundos después...
Metió el malvavisco directamente dentro de las llamas.
¡FUUUUSH!
—¡¡¡MARCO!!!
El malvavisco se convirtió en una pequeña antorcha.
Marco lo observó fascinado.
—¡Miren!
¡Tiene fuego!
Sofía se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡Apágalo!
Él comenzó a soplar.
El fuego creció.
—¡Está empeorando!
Luca agarró una botella de agua.
—¡Yo ayudo!
Le lanzó un chorrito.
El fuego se apagó.
Pero también salió disparado el malvavisco.
Voló por encima de todos.
Describió un arco perfecto.
Y terminó pegado en la barriga del flamenco inflable.
Silencio.
Alma giró lentamente la cabeza.
Miró el malvavisco.
Después el flamenco.
Después a Marco.
—...
Marco tragó saliva.
—Fue un accidente.
Alma caminó despacio hasta el flamenco.
Despegó el malvavisco con extremo cuidado.
Revisó al inflable por todos lados.
Respiró aliviada.
—Está bien.
Lorenzo, que ya no podía contener la risa, escribió en el traductor.
"Tu hijo es muy valiente."
Alma respondió sin levantar la vista.
—Salió a la madre.
Las chicas comenzaron a aplaudir.
Mientras tanto...
Enzo observaba atentamente su propio malvavisco.
—Creo que ya está.
Valeria se acercó.
Lo miró.
Frunció el ceño.
—Eso no está dorado.
Está carbonizado.
Enzo sopló el malvavisco negro.
Una capa de ceniza salió volando...
Y terminó sobre la camisa de Riccardo.
—...
Riccardo bajó lentamente la vista.
Después levantó la cabeza.
—¿En serio?
Toda la playa explotó en risas.
Matteo parecía ir mejor.
Su malvavisco estaba perfectamente dorado.
Sonrió orgulloso.
—¡Lo logré!
En ese mismo instante...
Se deslizó de la varilla.
Cayó directamente al fuego.
Matteo quedó inmóvil.
Con la varilla vacía.
Mirando las llamas.
Como quien acaba de perder un gran amor.
Daniela le dio unas palmaditas en el hombro.
—Lo siento mucho.
Lucía no podía respirar de tanto reír.
Luca estaba decidido a hacer el mejor malvavisco de todos.
Lo vigilaba con tanta concentración que nadie se dio cuenta de que...
La punta de la varilla estaba empezando a quemarse.
Camila fue la primera en verlo.
—¡Luca!
Él levantó la vista.
—¿Sí?
La varilla se partió en dos.
El malvavisco salió disparado.
Atravesó el aire...
Y aterrizó...
Exactamente...
Sobre la cabeza de Marco.
Sofía tardó tres segundos en reaccionar.
Después comenzó a reír tan fuerte que terminó sentada sobre la arena.
Marco levantó una mano.
Tocó algo pegajoso en su cabello.
Lo miró.
—...
Todos perdieron la compostura.
Hasta Lorenzo tuvo que apoyarse en un árbol porque ya no podía mantenerse de pie de la risa.
Alma respiró hondo.
—Muy bien.
Cambio de estrategia.
Todos la miraron.
Ella señaló a las chicas.
—Nosotras hacemos los malvaviscos.
Señaló a los chicos.
—Ustedes...
No toquen nada.
Marco levantó un dedo.
—Protesto.
Sofía le entregó un malvavisco perfectamente dorado.
—Come.
Y deja de protestar.
Él le dio un mordisco.
Sus ojos se abrieron.
—Está buenísimo.
—Porque no lo hiciste tú.
Los demás italianos comenzaron a recibir también sus malvaviscos.
Todos perfectamente tostados.
Con el centro derretido.
Enzo dio otro mordisco.
Miró a Camila completamente sorprendido.
—¿Cómo hacen esto?
Camila sonrió orgullosa.
—Experiencia.
Riccardo observó el suyo.
Después miró el carbón que había intentado cocinar hacía unos minutos.
Suspiró.
—Creo que nací para comer.
No para cocinar.
Alma se acercó a Lorenzo.
Le entregó uno.
Él lo probó despacio.
Cerró los ojos.
Era dulce.
Suave.
Caliente.
Perfecto.
La miró.
Sonrió.
Y escribió una sola frase.
"Todo lo que haces parece salir bien."
Alma leyó el mensaje.
Pensó unos segundos.
Luego escribió de vuelta.
"No es verdad."
Lorenzo levantó la vista, curioso.
Ella le mostró el resto del mensaje.
"Solo que cuando sale mal... me río antes de preocuparme."
Él sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
Esa era Alma.
No intentaba que la vida fuera perfecta.
Solo conseguía que incluso los desastres terminaran siendo un recuerdo feliz.
A unos metros de ellos, Marco seguía intentando despegar un pedazo de malvavisco de su cabello.
Sofía lo observó divertida.
Negó con la cabeza y, sin decir una palabra, se acercó para ayudarlo.
—Quédate quieto.