La botella nunca se equivoca
Las carcajadas tardaron varios minutos en desaparecer.
Lorenzo seguía negando con la cabeza.
—"Todavía no entiendo por qué un plato de comida significa que alguien es atractivo."
El traductor leyó la frase en voz alta.
Alma se secó una lágrima de tanto reír.
—Porque un buen mangú con los tres golpes da felicidad.
Lorenzo la miró.
Luego sonrió.
—"Entonces entendí perfectamente."
Ella sintió que el corazón le dio un pequeño brinco.
—Ay, este italiano...
Lucía carraspeó exageradamente.
—¡Siguiente turno!
Marco tomó la botella y la empujó con fuerza.
Todos siguieron el movimiento.
La botella giró una...
Dos...
Tres veces.
Fue perdiendo velocidad lentamente.
Hasta detenerse frente a...
Lorenzo.
Los italianos empezaron a silbar.
—¡Ahora sí!
—¡Le tocó!
—¡No puede escapar!
Marco se frotó las manos.
—Hermano...
¿Verdad o reto?
Lorenzo observó a Alma de reojo.
Ella tenía esa sonrisa traviesa que ya empezaba a conocer.
Suspiró resignado.
—"Reto."
La traducción salió del teléfono.
Los seis latinoamericanos gritaron al mismo tiempo.
—¡¡¡Ehhhhhh!!!
Marco sonrió como un villano.
—Perfecto.
Se quedó pensando unos segundos.
Hasta que Lucía le susurró algo al oído.
Los ojos de Marco brillaron.
—Ese.
Ese mismo.
Lorenzo empezó a sospechar.
—"No me gusta esa cara."
—No tiene nada de malo.
Respondió Marco, mintiendo descaradamente.
Se puso de pie.
Después señaló a Alma.
—Tu reto es...
Hacer bailar a Alma una canción italiana.
Pero...
Sin usar el traductor.
Lorenzo abrió mucho los ojos.
—"¿Qué?"
—Sin traductor.
Repitió Marco.
—Solo tú, tu guitarra... y lo que salga de tu corazón.
Los demás comenzaron a aplaudir.
Alma levantó las manos.
—¡Acepto!
Lorenzo respiró hondo.
Miró su guitarra.
Luego la fogata.
Y finalmente a Alma.
Se pasó una mano por el cabello.
—"Voy a morir."
Enzo le dio una palmada en la espalda.
—Sí.
Pero será una muerte elegante.
Todos rieron.
Lorenzo tomó la guitarra.
Se sentó frente al fuego.
Respiró profundamente.
Sus dedos comenzaron a moverse sobre las cuerdas.
Una melodía suave nació entre el sonido de las olas.
No era una canción famosa.
Era una improvisación.
Una conversación hecha música.
Alma permanecía inmóvil.
Observándolo.
Entonces Lorenzo empezó a cantar en italiano.
Con una voz tranquila.
Cálida.
Como si cada palabra estuviera hecha para aquella noche.
—♪ Sei arrivata come il vento,
sorridendo senza paura,
e hai cambiato questa sera...
con la tua dolcezza pura. ♪
Alma no entendía casi nada.
Pero no hacía falta.
Había algo en la forma en que él la miraba.
En cómo sonreía mientras cantaba.
En cómo sus dedos acariciaban las cuerdas.
Que decía mucho más que cualquier traducción.
Él dejó la guitarra sonando unos segundos.
Se levantó.
Caminó hasta ella.
Y, con un poco de nerviosismo, extendió una mano.
No dijo una sola palabra.
Solo sonrió.
Alma entendió enseguida.
Tomó su mano.
Él la acercó con delicadeza.
No sabían bailar aquella música juntos.
Así que simplemente comenzaron a balancearse despacio.
Ella levantó la vista.
—No entiendo lo que dices...
Pero se oye bonito.
Lorenzo no comprendió las palabras.
Sin embargo, entendió su sonrisa.
Y eso le bastó.
Los demás dejaron de hacer bromas.
Nadie habló.
Marco miró a Sofía.
Sofía lo miró a él.
Lucía sonrió en silencio.
Incluso el mar parecía haberse calmado para escuchar aquella guitarra.
Cuando la canción terminó, Alma aplaudió con entusiasmo.
—¡Bravo!
Los demás hicieron lo mismo.
Lorenzo se rascó la nuca, algo avergonzado.
Entonces Alma tomó el teléfono.
Abrió el traductor.
Escribió unas palabras y se lo devolvió.
Él leyó en la pantalla:
"No entendí la letra... pero creo que fue la canción más bonita que me han dedicado sin decir mi nombre."
Lorenzo levantó la vista lentamente.
Sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido.
Escribió una sola respuesta.
"Porque estaba cantándote a ti."
Alma leyó la pantalla.
Por primera vez en toda la noche...
La joven que siempre tenía una respuesta para todo...
Se quedó completamente sin palabras.
Y alrededor de la fogata, once personas intercambiaron miradas cómplices.
Nadie dijo nada.
Pero todos pensaban exactamente lo mismo.
La botella no había elegido a Lorenzo por casualidad.
Había elegido el momento perfecto.