Cuando Italia Bailo Merengue

Capitulo 20

La canción que no necesitó traducción

El silencio que quedó después de aquella frase era distinto.

No era incómodo.

Era de esos silencios que uno no quiere romper porque siente que cualquier palabra podría arruinar el momento.

La fogata seguía crepitando.

Las olas continuaban llegando hasta la orilla.

Y Alma...

Seguía mirando la pantalla del teléfono.

"Porque estaba cantándote a ti."

Volvió a leer la frase.

Después una segunda vez.

Y una tercera.

Levantó lentamente la vista.

Lorenzo estaba igual de nervioso que ella.

Jugaba distraídamente con una de las clavijas de la guitarra mientras evitaba mirarla demasiado tiempo.

Aquello enterneció a Alma.

Porque el hombre que hacía unos minutos había sido capaz de cantar frente a toda una plaza...

Ahora parecía un muchacho tímido.

Sonrió.

Escribió algo en el traductor.

Le entregó el teléfono.

Lorenzo leyó.

"En mi país decimos que quien canta bonito tiene un corazón bonito."

Él levantó la vista.

Ella continuó escribiendo.

"No sé si sea verdad..."

Apareció otra línea.

"Pero contigo... creo que sí."

Lorenzo sintió que el aire le faltaba por un instante.

No supo qué responder.

Solo sonrió.

Y esa sonrisa fue suficiente.

—Bueno...

La voz de Marco rompió el momento.

—Yo lloro después.

Ahora me toca.

Todos rieron.

La tensión desapareció de golpe.

—¡La botella!

—¡La botella!

Marco la hizo girar con entusiasmo.

La botella dio vueltas sobre la manta mientras todos seguían su recorrido.

Más lento.

Más lento.

Hasta detenerse frente a...

Lucía.

—¡Ay, Virgen!

Lucía se llevó una mano al pecho.

—No me gusta esa cara, Marco.

Marco sonrió.

—¿Verdad o reto?

Lucía no dudó.

—Verdad.

—Cobarde.

—Inteligente.

Marco fingió pensar durante unos segundos.

Luego preguntó:

—¿Cuál fue la primera impresión que tuviste de Luca?

Toda la rueda soltó un pequeño "uhhhh".

Luca, que estaba bebiendo refresco, casi se atraganta.

Lucía cruzó una pierna sobre la otra.

Miró directamente al italiano.

Y respondió con total tranquilidad.

—Pensé que era muy serio.

Luca asintió.

—Lo soy.

Lucía sonrió.

—Y también pensé...

que eras guapísimo.

El pobre Luca tosió tan fuerte que casi derrama el vaso.

Los demás comenzaron a aplaudir y silbar.

—¡Eso!

—¡Sin miedo!

Luca se rascó la nuca completamente sonrojado.

Escribió rápidamente en el traductor.

"Gracias..."

Lucía leyó.

Negó con la cabeza.

—No me des las gracias.

Es la verdad.

Ahora el que parecía un tomate era él.

Enzo empezó a reír.

—¡Luca se puso rojo!

Riccardo señaló.

—¡Mírenlo!

¡Está del mismo color que la fogata!

Todos estallaron en carcajadas.

Luca solo escondió el rostro entre las manos.

"No los soporto."

Mientras todos seguían riendo, Alma observó a Lorenzo de reojo.

Él también la estaba mirando.

Y los dos desviaron la vista exactamente al mismo tiempo.

Sofía fue la única que lo notó.

Sonrió para sí.

Después tomó una ramita y empezó a dibujar distraídamente sobre la arena.

—¿Qué haces?

Preguntó Marco.

—Anoto puntos.

—¿Puntos?

—Sí.

Marco frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

Sofía señaló discretamente a Alma y Lorenzo.

—Cada vez que se miran y apartan la vista.

Marco siguió la dirección de su dedo.

Justo en ese instante...

Alma volvió a mirar a Lorenzo.

Él levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Y ambos sonrieron.

Dos segundos después...

Los dos volvieron a mirar hacia otro lado.

Sofía hizo una rayita en la arena.

—Veintitrés.

Marco abrió mucho los ojos.

—¿Veintitrés?

—Desde que llegamos a la playa.

Marco soltó una carcajada.

—¡Eso ya es un deporte olímpico!

Lucía escuchó el comentario.

Se acercó curiosa.

—¿Qué cuentan?

Sofía le mostró las rayitas.

Lucía soltó una risita.

—No...

Esto hay que seguirlo científicamente.

Valeria también se unió.

Después Daniela.

Después Camila.

Las cinco comenzaron a observar a la pareja con el sigilo de detectives.

Cinco segundos.

Alma levantó la vista.

Lorenzo hizo exactamente lo mismo.

Sonrieron.

Desviaron la mirada.

Camila hizo otra rayita.

—Veinticuatro.

Marco ya no podía contener la risa.

—Pobres.

No tienen idea de que están siendo investigados.

Enzo miró las marcas en la arena.

—¿Qué hacen?

Marco respondió muy serio.

—Un estudio científico.

Riccardo arqueó una ceja.

—¿Sobre qué?

Marco señaló discretamente a Lorenzo.

—Sobre cuánto tarda un hombre enamorado en volver a mirar a la misma mujer.

Los seis italianos giraron hacia Lorenzo.

Él, ajeno a todo, volvió a levantar la vista...

Y encontró a Alma observándolo otra vez.

Los dos sonrieron.

Los dos apartaron la mirada.

Lucía dibujó otra rayita.

—Veinticinco.

Las seis amigas y los cinco italianos estallaron en una carcajada tan fuerte que Alma y Lorenzo dieron un pequeño salto del susto.

—¿Qué pasó?

Preguntó Alma confundida.

Marco negó con la cabeza mientras intentaba dejar de reír.

—Nada...

Absolutamente nada.

Pero aquella noche, alrededor de una fogata en una playa francesa, todos entendieron algo.

Había idiomas que necesitaban traducción.

Y había otros...

Como las miradas.

Que cualquier persona en el mundo podía comprender.




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