La canción que guardaba para cuando nadie la veía
La noche había avanzado sin que ninguno se diera cuenta.
Las conversaciones comenzaron a apagarse una por una.
Marco fue el primero en rendirse.
—Yo no puedo más...
Se dejó caer sobre una manta.
Cinco segundos después ya estaba dormido.
—¿Ya se durmió? —preguntó Enzo.
Riccardo le lanzó una mirada divertida.
—Creo que empezó a roncar antes de cerrar los ojos.
Las chicas soltaron una risa bajita para no despertarlo.
Poco a poco, el cansancio fue venciendo a todos.
Lucía y Luca seguían discutiendo sobre cuál país tenía las mejores playas... hasta que la conversación terminó en silencio porque ambos se quedaron dormidos.
Camila usó una mochila como almohada.
Daniela y Valeria se acomodaron bajo una manta.
Sofía bostezó.
—Buenas noches...
Nadie respondió.
Ya casi todos dormían.
Solo quedaban dos personas despiertas.
Lorenzo.
Y Alma.
Ella se levantó con cuidado para no despertar a nadie.
Caminó despacio hasta la orilla del mar.
A unos cuantos metros de la fogata.
Lo suficientemente lejos para estar sola.
Se sentó sobre la arena.
Abrazó sus rodillas.
El viento movía suavemente sus rizos mientras contemplaba la inmensidad del océano.
Durante todo el día había sonreído.
Había bailado.
Había cantado.
Había hecho reír a todo el mundo.
Pero había algo que nadie conocía.
Había viajado hasta Italia buscando aire.
Buscando silencio.
Buscando una forma de aprender a vivir con una ausencia que todavía dolía demasiado.
Su abuela.
La mujer que le había enseñado las primeras canciones.
La que aplaudía aunque desafinara.
La que decía que Dios le había regalado una voz para acariciar corazones.
Alma cerró los ojos.
Y el recuerdo llegó con la misma fuerza de siempre.
Una cocina pequeña.
El olor a café recién colado.
Una mecedora de madera.
Las manos arrugadas de su abuela marcando el ritmo sobre la mesa mientras la escuchaba cantar.
—Otra vez, mi niña...
Que esa canción alegra la casa.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Alma.
La limpió enseguida.
No quería llorar.
Nunca le había gustado que la vieran llorar.
Respiró hondo.
Y comenzó a cantar muy bajito.
Tan bajito que parecía estar cantándole únicamente al mar.
—♪ Si el viento llega hasta tu puerta,
dile que yo sigo aquí,
que todavía canto bajito
como aprendí junto a ti. ♪
La brisa se llevó su voz.
Ella continuó.
—♪ Hay abrazos que no vuelven,
hay silencios sin final,
pero llevo tu recuerdo
como un faro frente al mar. ♪
Su voz tembló.
No porque desafinara.
Sino porque el corazón le pesaba.
—♪ Si las estrellas te alcanzan,
dales un beso por mí,
yo prometo que en mis canciones...
nunca dejarás de vivir. ♪
Al terminar, bajó la cabeza.
Las lágrimas comenzaron a caer en silencio sobre la arena.
—Te extraño mucho, abuela...
Muchísimo...
El mar respondió con una ola que llegó hasta la punta de sus zapatos.
Como si quisiera consolarla.
A unos metros de allí, Lorenzo había despertado al escuchar aquella voz.
No había entendido la letra.
Pero sí había entendido el dolor.
Se quedó inmóvil.
No quiso acercarse.
No quiso interrumpir ese momento que claramente no le pertenecía.
Solo observó desde la distancia.
Vio a la muchacha que hacía reír a todo el mundo.
A la que convertía cualquier lugar en una fiesta.
Y comprendió algo que antes no había visto.
Las personas que más luz regalan...
A veces son las que cargan las sombras más pesadas.
Lorenzo bajó la mirada.
Tomó su guitarra con cuidado para no hacer ruido.
No tocó ninguna melodía alegre.
Solo dejó que unas pocas notas suaves viajaran con el viento.
No para llamar su atención.
No para responderle.
Sino para decirle, sin palabras...
"No estás sola."
Alma levantó lentamente la cabeza.
Escuchó aquellas notas flotando sobre el sonido de las olas.
No volteó.
No hacía falta.
Sonrió entre lágrimas.
Porque, por primera vez desde que había perdido a su abuela...
El silencio no se sentía tan vacío.