Buenos días, desastre
El primer rayo de sol apareció sobre el horizonte.
La playa comenzó a teñirse de tonos dorados mientras las olas seguían llegando con la misma calma de la noche anterior.
La fogata ya era apenas un montón de brasas apagadas.
Y el silencio...
Duró exactamente tres segundos.
—¡AY, MI ESPALDA!
El grito de Marco espantó hasta a las gaviotas.
Los once abrieron los ojos al mismo tiempo.
Marco seguía acostado sobre la arena, mirando el cielo con expresión de sufrimiento.
—Dormir en la playa es una experiencia hermosa...
Hasta que descubres que la arena tiene piedras.
Enzo se incorporó despacio.
Tenía el cabello completamente despeinado.
—Creo que una piedra intentó asesinarme mientras dormía.
Riccardo se sacudió la arena de la camisa.
—No fue una piedra.
Fuiste tú rodando toda la noche.
Las chicas comenzaron a reír.
Sofía señaló a Marco.
—Mírate el pelo.
Marco pasó una mano por la cabeza.
—¿Qué tiene?
Nadie respondió.
Simplemente todos empezaron a reír más fuerte.
Luca le mostró la cámara del teléfono.
Marco abrió la aplicación.
Y casi dejó caer el celular.
—¡¿Qué es esto?!
Su cabello apuntaba en todas las direcciones posibles.
Parecía que había metido los dedos en un enchufe.
Lucía no podía dejar de reír.
—Pareces un león con insomnio.
Hasta Lorenzo tuvo que girarse para ocultar la sonrisa.
Al otro lado de la playa, Alma ya estaba despierta.
Se había quitado los zapatos y caminaba por la orilla.
El agua mojaba apenas sus pies.
Después de la noche anterior, sentía el corazón un poco más ligero.
No porque hubiera dejado de extrañar a su abuela.
Eso nunca ocurriría.
Sino porque había comprendido que también podía recordarla sonriendo.
Se agachó.
Recogió una concha.
Luego otra.
Y otra.
—¡Miren!
Levantó una con forma de corazón.
Las chicas se acercaron emocionadas.
—¡Qué linda!
Camila sonrió.
—Mi mamá dice que cuando encuentras una concha bonita es porque el mar quiso regalarte un recuerdo.
Alma acarició la pequeña concha.
—Entonces me la llevo.
Mientras tanto, los italianos intentaban recoger todas las cosas.
Intentaban.
Porque el flamenco inflable había desaparecido.
Silencio.
Alma giró lentamente.
Miró el lugar donde lo había dejado la noche anterior.
Vacío.
Parpadeó.
Una.
Dos veces.
Después soltó un grito que hizo voltear a todos.
—¡¡¡MI HIJOOOOOO!!!
Los doce comenzaron a mirar alrededor.
Marco fue el primero en salir corriendo.
—¡Busquen al flamenco!
Enzo levantó una manta.
—¡Aquí no está!
Riccardo revisó detrás de una roca.
—¡Tampoco!
Lucía ya no podía respirar de la risa.
—¡Estamos buscando un flamenco de plástico como si fuera una persona!
—¡Porque ES una persona!
Respondió Alma muy seria.
Lorenzo caminó hasta la orilla.
Entrecerró los ojos.
A unos cincuenta metros de la playa...
Algo rosado flotaba tranquilamente sobre el agua.
Sonrió.
Señaló hacia el mar.
Todos siguieron la dirección de su dedo.
El flamenco inflable se alejaba lentamente, empujado por la corriente.
Como si hubiera decidido emprender un viaje alrededor del mundo.
—¡NOOOOO!
Alma salió corriendo.
Se metió al agua sin pensarlo.
—¡Vuelve!
Los demás estallaron en carcajadas.
Marco se dobló de la risa.
—¡Se le escapó el hijo!
Lorenzo no lo pensó dos veces.
Entró también al agua.
Las olas apenas les llegaban a las rodillas.
Cuando alcanzó el flamenco, lo sujetó antes de que siguiera alejándose.
Regresó caminando hasta la orilla.
Completamente empapado.
Con el inflable bajo el brazo.
Alma lo esperaba con las manos en la cintura.
En cuanto Lorenzo llegó, le entregó el flamenco haciendo una pequeña reverencia teatral.
Ella lo recibió con una sonrisa enorme.
Abrazó el inflable.
Después, sin previo aviso, abrazó también a Lorenzo.
—¡Gracias!
El abrazo fue corto.
Espontáneo.
Natural.
Pero bastó para que Lorenzo se quedara completamente inmóvil.
Las chicas intercambiaron miradas.
Marco carraspeó exageradamente.
—Anoten eso.
Lucía hizo como si escribiera en el aire.
—Abrazo número uno.
Sofía añadió:
—Iniciado por Alma.
Camila levantó el pulgar.
—El progreso es evidente.
Alma, al darse cuenta de que todos la estaban mirando, soltó a Lorenzo de inmediato.
—¡Ay, ustedes no dejan pasar una!
Todos rompieron a reír.
Lorenzo, con el cabello todavía mojado y una sonrisa imposible de esconder, escribió algo en el traductor y se lo mostró.
"Creo que tu hijo intentó independizarse."
Alma soltó una carcajada tan fuerte que terminó abrazando otra vez el flamenco.
—No.
Todavía está muy pequeño para irse de la casa.
Y así, entre bromas, arena en los zapatos, ropa mojada y el olor salado del mar, comenzó un nuevo día.
Ninguno de ellos podía imaginar que aquel viaje, que había empezado como unas simples vacaciones, ya estaba cambiando sus vidas de una manera que jamás olvidarían.