Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 24

Hasta luego

El sol ya estaba alto cuando terminaron de recoger la playa.

Las mantas quedaron dobladas.

Las bolsas de basura fueron llevadas hasta los contenedores.

La fogata quedó completamente apagada.

Y el flamenco inflable...

Seguía bajo el brazo de Alma.

—No pienso dejarlo solo otra vez.

Dijo muy seria.

Marco soltó una risa.

—Después del intento de fuga de esta mañana...

Yo tampoco.

Los doce comenzaron a caminar por el paseo marítimo.

Esta vez no había música.

Ni bailes.

Ni retos.

Solo conversaciones tranquilas.

Como si todos supieran que el momento que ninguno quería enfrentar estaba acercándose.

Al llegar a una pequeña plaza, el grupo se detuvo.

Las chicas habían pedido un taxi que las llevaría de regreso al hotel.

Los italianos debían volver a sus casas.

Por primera vez desde que se conocieron...

Nadie sabía qué decir.

Enzo rompió el silencio.

—Qué raro...

Nos conocemos desde ayer...

Y siento que hace meses.

—Yo también.

Respondió Daniela.

Valeria sonrió.

—Supongo que eso pasa cuando uno vive muchas cosas en poco tiempo.

Marco miró a Sofía.

—Todavía me debes la revancha de bachata.

Ella cruzó los brazos.

—Primero aprende a no pisarme.

—Eso fue una sola vez.

Todos lo miraron.

Riccardo negó con la cabeza.

—Fueron como veinte.

Las risas hicieron más ligera la despedida.

Camila abrazó a Enzo.

—Practica.

La próxima vez no quiero excusas.

—Lo prometo.

Lucía estrechó la mano de Luca.

Pero antes de soltarla le guiñó un ojo.

—Y recuerda...

Ya no puedes hablar italiano a escondidas.

Él abrió mucho los ojos.

—Jamás volveré a confiar en alguien que diga que no entiende mi idioma.

Los dos rieron.

Valeria sacó su teléfono.

—Antes de que se me olvide...

Todos intercambiaron números.

Instagram.

Fotografías.

Un grupo de mensajes que Marco bautizó inmediatamente como:

"El Festival Accidental."

—Ese nombre es horrible.

Dijo Sofía.

—Precisamente por eso nadie lo va a olvidar.

Respondió Marco orgulloso.

Todos aceptaron entre risas.

Después llegó el momento que nadie quería.

El taxi apareció al final de la calle.

Alma sintió un pequeño vacío en el pecho.

Habían pasado apenas dos días.

Dos días.

Y, sin embargo...

Sentía que estaba dejando atrás algo importante.

Sofía abrió la puerta del vehículo.

Las demás comenzaron a subir.

Alma fue la última en quedarse.

Frente a Lorenzo.

Los dos guardaron silencio.

Había tantas cosas que querían decir...

Y tan pocas palabras compartían.

Lorenzo sacó el teléfono.

Escribió despacio.

Le mostró la pantalla.

"Gracias por bailar una canción que ni siquiera conocías."

Alma sonrió.

Tomó el teléfono.

Escribió debajo.

"Gracias por tocar una canción que parecía conocerme a mí."

Los dos se quedaron mirándose.

El ruido de la ciudad desapareció por un instante.

Marco carraspeó desde atrás.

—Hermano...

El taxi no va a esperar toda la vida.

Lorenzo suspiró.

Asintió.

Escribió una última frase.

"¿Puedo volver a verte?"

Alma leyó aquellas palabras.

Sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

Sonrió con esa dulzura que Lorenzo ya empezaba a reconocer.

Y escribió:

"Italia es muy grande... pero el mundo también es muy pequeño cuando dos personas quieren encontrarse."

Lorenzo soltó una risa baja.

No era exactamente un sí.

Pero tampoco era un no.

Era una promesa.

Alma guardó el teléfono en sus manos por un segundo más.

Luego, impulsivamente, dio un pequeño paso al frente.

Abrazó a Lorenzo.

Esta vez el abrazo duró un poco más.

No había prisa.

No había vergüenza.

Solo gratitud.

Cuando se separaron, ambos sonreían.

—¡Alma!

Gritó Camila desde el taxi.

—¡Que nos vamos!

Ella se echó a reír.

—¡Ya voy!

Antes de subir, levantó la mano y dijo en italiano, con un acento que hizo reír a todos:

Arrivederci!

Lorenzo respondió al instante.

Arrivederci, Alma.

El taxi comenzó a alejarse lentamente.

Las seis chicas saludaban por las ventanas.

Los seis italianos respondían desde la acera.

Nadie dejó de mover la mano hasta que el vehículo dobló la esquina y desapareció.

El silencio volvió.

Marco metió las manos en los bolsillos.

Miró a Lorenzo de reojo.

—Entonces...

Lorenzo seguía mirando la calle vacía.

—¿Sí?

Marco sonrió con complicidad.

—¿Todavía piensas que fue una tarde cualquiera en un parque?

Lorenzo negó despacio.

Con una sonrisa tranquila.

De esas que nacen muy adentro.

—No.

Fue el día en que una dominicana empezó a sonar en mi vida... igual que una canción que no puedes dejar de tararear.

Y, en el asiento del taxi, sin que ninguna de sus amigas lo notara, Alma apoyó la cabeza en la ventana.

Miró por última vez las calles de aquella ciudad.

Cerró los ojos.

Y, muy bajito, comenzó a tararear la melodía que un guitarrista italiano había improvisado para ella.

Sin darse cuenta de que esa canción ya también le pertenecía.




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