Cuando Italia Bailo Merengue

Capítulo 25

Seis italianos y un interrogatorio

El taxi desapareció al doblar la esquina.

Durante unos segundos, los seis italianos permanecieron inmóviles, mirando la calle vacía.

El primero en hablar fue Enzo.

—Bueno...

Silencio.

Riccardo respiró hondo.

—Creo que ya se fueron.

Silencio otra vez.

Marco giró lentamente hacia Lorenzo.

Lo encontró exactamente donde lo había dejado.

Con las manos en los bolsillos.

Mirando el mismo lugar por donde había desaparecido el taxi.

Marco sonrió.

—Hermano...

Lorenzo no respondió.

—Hermano...

Nada.

Marco chasqueó los dedos frente a su cara.

—¡Lorenzo!

Él parpadeó.

—¿Qué?

Los cinco comenzaron a reír.

Enzo señaló la calle.

—Creo que el taxi ya llegó al hotel.

Lorenzo frunció el ceño.

—¿Y?

Marco soltó una carcajada.

—¡Y tú sigues mirándolo!

—No es cierto.

Los cinco levantaron una ceja al mismo tiempo.

Riccardo cruzó los brazos.

—¿No?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

Luca sacó discretamente el teléfono.

Abrió la cámara.

La giró para que Lorenzo pudiera verse.

En la pantalla aparecía él...

Sonriendo como un completo enamorado.

Lorenzo dejó de sonreír inmediatamente.

—...

Los demás explotaron en carcajadas.

—¡Lo atrapamos!

—¡Mírale la cara!

—¡No puede esconderlo!

Marco tuvo que apoyarse en una farola porque ya le dolía el estómago de tanto reír.

—Hermano...

Pareces protagonista de una película romántica.

Lorenzo negó con la cabeza.

—Están exagerando.

Enzo habló con una seriedad completamente falsa.

—No.

Nos estamos quedando cortos.

Riccardo carraspeó.

—Muy bien.

Comienza la reunión extraordinaria de...

Buscó un nombre.

—Los Amigos Preocupados.

Marco levantó un dedo.

—Cambio de nombre.

Riccardo lo miró.

—¿Cuál propones?

Marco sonrió.

—Grupo de Apoyo para Italianos Enamorados de Dominicanas.

Los cinco comenzaron a aplaudir.

Lorenzo se llevó una mano a la cara.

—No estoy enamorado.

Silencio.

Los cinco intercambiaron miradas.

Después...

Estallaron en una risa tan fuerte que dos turistas voltearon a ver qué ocurría.

Marco consiguió recuperar el aire.

—Perdón...

Es que esa fue buena.

Luca añadió:

—Casi me la creo.

Lorenzo comenzó a caminar para cambiar de tema.

Sus amigos lo siguieron.

Caminaron unos metros en silencio.

Hasta que Matteo habló.

—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando la viste?

Lorenzo sonrió sin darse cuenta.

—Que estaba bailando como si el mundo no existiera.

Marco asintió lentamente.

—Ajá...

Lorenzo continuó.

—Después empezó a cantar.

Y...

Buscó las palabras.

—Nunca había visto a alguien inventar una canción en el mismo momento.

Riccardo sonrió.

—No dejabas de mirarla.

—Lo sé.

Respondió Lorenzo.

—Pero no era solo por lo bonita que es.

Los cinco guardaron silencio.

Lorenzo siguió caminando mientras hablaba.

—Era...

Como si ella no tuviera miedo de ser quien es.

Cantaba aunque nadie la conociera.

Bailaba aunque todos la estuvieran mirando.

Se reía de sí misma.

Hacía amigos en cinco minutos.

Consiguió que una plaza llena de desconocidos terminara bailando junta.

Suspiró.

—No creo haber conocido nunca a alguien así.

Nadie hizo bromas.

Nadie.

Marco lo observó de reojo.

Y sonrió con sinceridad.

—Eso sí fue peligroso.

Lorenzo arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Que no te enamoraste de una cara bonita.

Te enamoraste de una forma de vivir.

Las palabras quedaron suspendidas entre los seis.

Lorenzo no respondió.

Porque, por primera vez desde que conoció a Alma...

Se preguntó si Marco tenía razón.

Enzo decidió romper la seriedad antes de que alguno se pusiera sentimental.

—Bueno.

¿Y qué hacemos ahora?

Marco respondió sin pensarlo.

—Dormir.

Riccardo negó.

—Yo voto por comer.

Luca levantó la mano.

—Yo también.

Matteo sonrió.

—Siempre terminamos comiendo.

Marco se encogió de hombros.

—Las grandes decisiones de la vida se toman con el estómago lleno.

Los seis comenzaron a caminar hacia una pequeña trattoria que conocían desde niños.

El dueño, un anciano de bigote blanco llamado Giuseppe, los recibió con una sonrisa.

—¡Finalmente aparecen!

Pensé que habían desaparecido.

Marco tomó asiento.

—Más o menos.

Giuseppe dejó seis vasos de agua sobre la mesa.

—¿Y qué hicieron anoche?

Los seis se miraron.

¿Cómo resumir aquello?

Enzo fue el primero en intentarlo.

—Conocimos a seis latinoamericanas.

Riccardo añadió:

—Aprendimos merengue.

Luca continuó:

—Después bachata.

Matteo levantó un dedo.

—Dormimos en una playa.

Marco sonrió.

—Casi perdemos un flamenco inflable.

Giuseppe los miró completamente confundido.

Luego observó a Lorenzo.

—¿Y tú?

¿Qué hiciste?

Lorenzo apoyó los codos sobre la mesa.

Sonrió con una calma que ninguno de sus amigos le había visto en mucho tiempo.

—Conocí a una cantante.

Giuseppe sonrió con picardía.

—Ah...

Ahora entiendo esa cara.

Los cinco amigos comenzaron a golpear la mesa entre risas.

Marco señaló al anciano.

—¡¿Ve?!

¡Hasta Giuseppe se dio cuenta!

Lorenzo soltó una carcajada y negó con la cabeza.

Tal vez todos estaban exagerando.

O tal vez no.

Lo único que sabía con certeza era que, por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de que llegara el día siguiente.




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