La oscuridad del pasillo y aquella puerta me indicaban una sola cosa, estaba en el mismo lugar de siempre. El mismo sueño, el mismo aroma. No podía hacer nada, mi cuerpo parecía no tener reacción, como cada cada noche. Lo peor de tener una pesadilla es cuando saber que estás dentro, y no puedes hacer nada para salir, solo esperar.
Necesitaba despertar.
Los pies descalzos sobre el frío cerámico me parecieron una sensación desconocida, la puerta del pasillo que veía cada noche me atemorizaba más que nunca y fue entonces cuando un ruido se escuchó a la distancia. El malidto sueño que aparentaba tener vida propia cada noche, había avanzado, había cambiado su rumbo.
Una mano se estampó contra el pequeño y distorsionando vidrio de la puerta, una esencia roja recorrió cada centímetro de este, sus dedos pálidos y delgados temblaban. Podía ver pequeños detalles además de su tono de piel. La delgadez de sus hombros y cabello azabache resaltaban.
Los latidos de mi corazón se aceleraron cuando golpeó nuevamente el vidrio y como si hubiera entrado en alerta, retrocedí, con miedo de que pudiera atravesar la puerta.
Hasta que desperté.
Mi pulso todavía no sé había estabilizado, no podía creer que tras semanas de soñar lo mismo, haya podido avanzar. Había una persona, ahí fuera, esperando por mí.
Salí de la cama frustrada, no había pegado un ojo en toda la noche y tras eso me acosté pensando si ese joven aparecería nuevamente en el jardín.
Recordaba su mandíbula marcada, su tono de piel idéntico al de una porcelana. Sus movimientos suaves, pero que mostraban confusión. Su mirada. Su mirada era lo que me hacía querer investigar, unos ojos miel que parecían volverse tan intesos como el fuego. Su vestimenta blanca como la nieve, una translúcida remera que marcaba cada línea de su torso.
Bufe con solo pensarlo, frotandone el rostro con cierto agobio.
Arrastre mis pesados pies hasta el armario para buscar ropa, y una vez vestida poder irme. Observé mi anillo, uno que me había dado mi padre para que me protegiera en estas situaciones, para que no tuviera miedo.
Cuando era pequeña tenía muchas pesadillas, no de una niña normal que soñaba con monstruos. Si no, que alguien me llevaba, en cualquier parte que esté, alguien venía por mí. Siempre.
Mi padre me llevo a médicos, hasta a un psicólogo, quien quiso ponerme en tratamiento, pero mis padres se negaron, tenía solo seis años. Cómo última opción optó por llevarme a un curandero, le dijeron que podía ser alguien que quiso hacer mal. Pensaran, ¿Cómo es que alguien quiere hacerle daño a una niña?, muchas personas dicen que, si quieren hacerle daño a una familia, recae al más débil. Para protegerme me dio un anillo, el que tengo puesto hoy en día, luego de sufrir un par de ajustes «mi amiga la pinza» para que me quede.
Pero estás semanas, pareciera que su protección a cesado. Quedando completamente sola. ¿Será que no debí agrandarlo? Quizás era más efectivo hacerme uno nuevo.
Para ser sincera, creo que toda creencia es psicológica, cuando era más pequeña era más creíble que un anillo mágico me protegiera del mal, sin embargo, ahora esa idea se había esfumado de mi cabeza.
Desearía que este mi padre para devolverme esa ilusión. El recordar que la última vez que lo he visto tenía ocho años me hacía pensar en lo mucho que necesitaba de él. No me había visto crecer. No conoce la personalidad de su hija, una que parece ser que salió idéntica a él, eso repite mi madre cada vez que discutimos por algo que ella no cree que sea correcto, y yo sí.
Tal vez, una parte de él verdaderamente está en mí.
***
Di unos pasos para atrás para ver la perfección que había creado con mis propias manos, un árbol podado en forma de corazón realmente es lo que necesitaba este Jardín. Note como Luciana me miró desde lejos riéndose, realmente ella creía que no iba a poder con esta tarea, realmente la forma ha quedado preciosa con sus pequeñas flores rojas que adornaban la planta.
— Greta está atendiendo gente en el almacén —dijo Luciana mientras apoyaba el cuaderno en el pequeño escritorio que permanecía en la entrada—. Atiende unos minutos y voy a buscar el regador que está en casa, este se rompió —me mostró un regador completamente rajado.
Asentí con una sonrisa, viendo cómo se iba del jardín. No vivía muy lejos, por lo que agradecía que iba a estar solamente unos minutos atendiendo, en verdad no era muy buena cuando se trataba de vender.
Una señora paso esa hermosa entrada de girasoles, sosteniéndose de su bastón, por lo que me acerqué a ella para que haga menos esfuerzo.
— Buen día —le sonreí—. ¿Qué necesita?
— Mi hija se acaba de recibir querida, ¿Tienen ramos de flores?
Mientras la amigable señora me hablaba de como su querida hija se recibió de maestra, trataba de buscar los ramos de flores perfectos para la ocasión. Hasta que una punzada atravesó mi pecho, haciendo que mi mirada se centrará en aquel joven que emanaba tanto calor y frío al mismo tiempo. Había vuelto al jardín el chico con el que estuve ayer.
Cerré los puños con fuerza al verlo merodeando por el jardín, necesitaba acercarme y ver qué quería, pero tenía una señora enfrente mío, hablándome de cosas que realmente no me importaban, pero debía escuchar. Le di su respectivo ramo, para que un segundo se quede en silencio y pueda indagar.
— ¿Conoce a ese joven? —mire a la anciana y señalé la mesa.
Hice una seña a escondidas de ella, para que no vea que lo señale.
— ¿Qué joven, querida?
Trague en seco al escuchar eso, no podía verlo, y no porque estuviera ahí mismo en este momento, simplemente se había esfumado. Mal dije para mí misma, aceptando el dinero de la señora y viendo como se iba por dónde llegó, pero está vez, no la acompañe. Disculpe doña, pero tengo realmente algo más importante.
Inhale aire para llenar mis pulmones de energía limpia, positiva, y poder exhalar esa tensión que acumuló mi cuerpo en esos segundos. Camine rápidamente hacia la mesa rústica dónde estaba hace un rato el joven, pero cuando estuve a un paso de llegar, alguien se levantó repentinamente del suelo, haciendo que mi corazón deje de latir por un segundo.