—Era mi hermana.
Las palabras de mi madre quedaron suspendidas en aquella habitación.
No supe qué decir.
Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.
Miré a Clara.
Después miré a Lucía.
Volví a mirar a mi madre.
—¿Qué dijiste?
Clara no apartó los ojos de mí.
—Elena Ferrer era mi hermana.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
No era solamente sorpresa.
Era algo más difícil de explicar.
Era la sensación de descubrir que una parte de tu propia vida había existido siempre a pocos centímetros de ti y, sin embargo, jamás habías sabido que estaba allí.
Yo había crecido creyendo que conocía a mi madre.
Sabía cómo se reía.
Sabía qué comidas le gustaban.
Sabía cómo se enojaba.
Sabía cómo se quedaba en silencio cuando algo le preocupaba.
Sabía cómo lloraba cuando recordaba a mi padre.
Sabía incluso algunas de sus pequeñas manías.
Pero no sabía que había tenido una hermana.
Una mujer llamada Elena.
Una mujer que había muerto.
Una mujer que había conocido a Gabriel.
Una mujer relacionada con la medalla.
Una mujer que, aparentemente, había dejado una parte de su historia en manos de mi madre.
Y ahora esa historia estaba en las mías.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque prometí no hacerlo.
—¿A quién?
—A Elena.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero estaba muerta.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué seguiste guardando el secreto?
Clara abrió los ojos.
—Porque una promesa no deja de ser promesa porque la persona que te la pidió haya muerto.
Aquella respuesta me dolió.
—¿Y yo qué?
—¿Qué quieres decir?
—Yo era tu hija.
—Lo sé.
—¿No tenía derecho a conocerla?
Mi madre bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces ¿por qué?
Clara respiró profundamente.
—Porque tenía miedo.
La palabra me sorprendió.
No esperaba escucharla.
Mi madre siempre había sido fuerte.
O al menos eso había creído.
Pero allí estaba.
Una mujer enferma.
Cansada.
Con los ojos llenos de lágrimas.
Admitiendo que durante casi toda su vida había tenido miedo.
—¿De qué?
Clara tardó en responder.
—De que algún día alguien intentara convertir la muerte de Elena en una explicación.
—¿Qué explicación?
—Un milagro.
Me quedé callada.
Mi madre continuó:
—No quería que crecieras pensando que Elena había muerto porque Dios no la quiso salvar.
—¿Y tú qué pensabas?
—Que no lo sabía.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Entonces por qué la ocultaste?
—Porque no quería que su muerte se convirtiera en una pregunta que tú tuvieras que responder.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Pero ahora tengo más preguntas que antes.
Clara sonrió tristemente.
—Lo sé.
Me senté junto a ella.
Durante unos segundos ninguna habló.
Afuera, el hospital seguía funcionando.
Personas caminando por los pasillos.
Puertas abriéndose.
Carros de medicamentos.
Voces bajas.
Teléfonos.
Pasos.
La vida continuaba.
Siempre continuaba.
Incluso cuando una persona descubría algo que podía cambiarle la vida.
—¿Cuántos años tenía Elena? —pregunté.
—Veintiuno.
Sentí un pequeño estremecimiento.
La misma edad que había aparecido en los documentos.
—¿Y tú?
—Ocho.
—Entonces era mucho mayor que tú.
—Trece años.
—¿Cómo era?
Mi madre sonrió.
Y por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, su rostro cambió.
La enfermedad desapareció durante un instante.
La mujer que estaba frente a mí dejó de ser mi madre enferma.
Volvió a ser una niña recordando a su hermana.
—Era hermosa.
Sonreí.
—Eso dicen todas las personas de sus hermanas.
—No.
Clara negó con la cabeza.
—Elena realmente era hermosa.
—¿Cómo?
Mi madre miró hacia la ventana.
—Tenía el cabello oscuro. Muy largo. Siempre lo llevaba recogido porque decía que le molestaba cuando trabajaba.
—¿Trabajaba?
—Sí.
—¿En qué?
—Ayudaba en el hospital.
Sentí un pequeño sobresalto.
—¿Era enfermera?
—No oficialmente.
—Entonces…
—Aprendió muchas cosas porque acompañaba a nuestra madre cuando yo estaba enferma.
—¿Cuando yo estaba enferma?
Clara asintió.
—Después de que empezaron mis problemas de salud.
—Entonces ella te cuidaba.
—Muchísimo.
—¿Y tú la querías?
Mi madre me miró sorprendida.
—La adoraba.
Sonreí.
—Entonces era una buena hermana.
—Era más que eso.
Clara tomó aire.
—Era mi segunda madre.
Aquella frase me hizo llorar.
Porque de pronto comprendí que la mujer que yo nunca había conocido había sido una parte fundamental de la infancia de mi madre.
Una parte que había desaparecido de todas las fotografías familiares.
De todas las conversaciones.
De todos los recuerdos que me habían contado.
Como si alguien hubiera arrancado una página de una vida.
Tal como habían arrancado una página de la libreta de Gabriel.
—¿Por qué murió? —pregunté.
Mi madre bajó la mirada.
—Estaba enferma.
—¿De qué?
—Nunca tuvimos un diagnóstico definitivo.
La respuesta me resultó familiar.
Otra vez.
La misma incertidumbre.
Otra persona.
Otra época.
Otro dolor.
—¿Tenía la misma enfermedad que tú?
—No.
—¿Entonces?
—Tenía fiebre recurrente, debilidad, dolores y episodios en los que no podía mantenerse de pie.
Sentí un escalofrío.
—¿Como Elena Valdés?
Clara me miró.
—Eso fue lo que pensó Gabriel.
—¿Y era así?
—No lo sabemos.