—¿Quién era realmente Isabel?
La pregunta quedó flotando en la habitación.
Mi madre no respondió.
Por un instante pensé que se había quedado dormida.
Pero entonces abrió los ojos.
Y comprendí que estaba buscando dentro de sí una respuesta que llevaba demasiados años escondida.
—No era la misma mujer —dijo finalmente.
Sentí que una parte de mí se relajaba.
—¿Cómo?
—La Isabel que conociste en 1979 no era la Isabel que estuvo con Rosa.
—Entonces…
—Era su descendiente.
Cerré los ojos.
Una vez más, una pieza encajaba.
Y al mismo tiempo aparecían diez preguntas nuevas.
—¿Su hija?
—No.
—¿Nieta?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué relación tenían?
Mi madre respiró lentamente.
—Eran bisabuela y bisnieta.
La miré.
—¿La Isabel que conociste era bisnieta de la mujer que ayudó a Rosa?
—Sí.
—¿Y llevaban el mismo nombre?
—Sí.
—¿Por qué?
Mi madre sonrió débilmente.
—En aquella familia había nombres que se repetían.
—Como Elena.
—Como Elena.
—¿Y nadie aclaró nunca cuál Isabel era cuál?
—A veces sí.
—¿Y otras?
—Otras no.
Me senté nuevamente.
Aquella explicación parecía sencilla.
Demasiado sencilla después de todo lo que habíamos vivido.
Pero quizás ese era el problema.
Habíamos buscado durante días algo extraordinario detrás de cada misterio.
Y muchas veces la respuesta estaba en algo tan humano como un nombre repetido dentro de una familia.
Una hija que recibe el nombre de su madre.
Una nieta que lleva el nombre de su abuela.
Una historia que pasa de generación en generación hasta que las personas comienzan a confundirse.
Y, con ellas, los recuerdos.
—Entonces la Isabel de 1979 conocía la historia de Rosa porque la había heredado de su familia.
—Sí.
—¿Y también conocía la historia de Elena Valdés?
—Sí.
—¿Y la de la medalla?
—Sí.
—¿Y por eso sabía qué decirme?
Mi madre sonrió.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Elena, nunca podemos saber exactamente qué había dentro de otra persona.
Aquella respuesta me recordó nuevamente a Gabriel.
No afirmar lo que no podemos demostrar.
Incluso cuando hablamos de sentimientos.
Incluso cuando hablamos de recuerdos.
Incluso cuando hablamos de fe.
—Cuéntame sobre Rosa —dije.
Mi madre permaneció en silencio.
—Por favor.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—No existe un todo.
—Entonces cuéntame lo que sabes.
Clara respiró profundamente.
—Rosa nació aproximadamente en 1854.
—¿Dónde?
—En una pequeña comunidad rural.
—¿Era pobre?
—Muy pobre.
—¿Y Elena?
—Su hija.
—¿Tenía más hijos?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Tres.
—¿Y Rosa enfermó?
—Sí.
—¿De qué?
—No lo sabemos.
—¿No existe ningún diagnóstico?
—No.
—¿Qué síntomas tenía?
Mi madre cerró los ojos, intentando recordar.
—Fiebre.
—¿Alta?
—Sí.
—Dolores.
—Sí.
—Debilidad.
—Mucha.
—¿Podía caminar?
—Al principio sí.
—¿Después?
—Cada vez menos.
Sentí un escalofrío.
Otra vez los mismos síntomas.
Otra vez una mujer que comenzaba a perder fuerza.
Otra vez una familia que no sabía qué hacer.
—¿Cuánto duró?
—Meses.
—¿Y quién la atendía?
—No había un médico permanente.
—Entonces…
—La atendían como podían.
—¿Cómo?
—Con remedios caseros, descanso, algunas visitas de médicos de pueblos cercanos y mucha oración.
—¿Y mejoró?
—Sí.
—¿De repente?
—Eso dice la tradición familiar.
—¿Y los documentos?
—No hay suficientes.
—Entonces no podemos saber exactamente qué ocurrió.
—No.
Mi madre sonrió.
—Pero podemos saber algo importante.
—¿Qué?
—Rosa vivió muchos años después de aquella enfermedad.
—¿Cuántos?
—Más de treinta.
—Entonces realmente se recuperó.
—Sí.
—¿Y eso fue antes de Elena Valdés?
—Mucho antes.
—¿Y antes de la medalla?
—Sí.
Miré la medalla.
Por primera vez comprendí que quizá el objeto había aparecido después de la experiencia.
No antes.
La fe no había nacido de la medalla.
La medalla había nacido de la memoria.
Era una diferencia enorme.
—¿Qué hizo Rosa después de recuperarse?
Mi madre sonrió.
—Eso es lo más importante.
—¿Qué hizo?
—Empezó a ayudar a otras mujeres.
—¿Enfermas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque recordaba lo sola que se había sentido.
Me quedé pensando.
La historia se repetía.
Elena Valdés.
Isabel.
Gabriel.
Clara.
Todos habían convertido una herida en una forma de acompañar.
Quizá ese era el verdadero hilo de la historia.
No una medalla.
No una curación.
No una cadena sobrenatural.
Sino una cadena humana.
Alguien sufre.
Alguien es acompañado.
Y algún día esa persona acompaña a otra.
El dolor no desaparece.
Pero cambia de dirección.
—¿Y cómo apareció la primera Isabel?
Mi madre sonrió.
—Ahí está la parte que nunca entendiste.
—¿Cuál?
—La Isabel que ayudó a Rosa no era una santa.
—¿Entonces quién era?
—Una mujer común.
—¿Qué hacía?
—Era partera.
—¿Partera?
—Sí.
—¿Y sabía medicina?
—Sabía lo que se sabía en aquella época.
—Entonces pudo haber ayudado a Rosa con conocimientos prácticos.
—Por supuesto.
Aquella respuesta me hizo pensar.
Tal vez la historia había convertido con el paso de los años a Isabel en una figura casi legendaria.
Pero originalmente había sido una mujer.
Una partera.
Alguien que conocía el cuerpo femenino.