La fotografía seguía iluminada en la pantalla de mi teléfono.
No podía apartar los ojos de ella.
Rosa.
Elena.
Isabel.
Y detrás de ellas, aquel hombre.
El médico.
El hombre cuyo rostro se parecía demasiado al de Gabriel Ferrer.
Pero había algo que me inquietaba todavía más que el parecido.
La fecha.
La fotografía parecía haber sido tomada mucho antes de que Gabriel naciera.
No podía ser él.
No tenía sentido.
Y, sin embargo, cuanto más miraba aquel rostro, más difícil me resultaba convencerme de que se trataba solamente de una coincidencia.
—No puede ser —murmuré.
Lucía se acercó.
—¿Qué encontraste?
Le mostré la fotografía.
La observó durante unos segundos.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—¿Y por qué dices que se parece a Gabriel?
—Porque se parece.
Lucía amplió la imagen.
—Es cierto.
—Demasiado.
—¿Tienes la fecha?
Miré nuevamente la fotografía.
—Sí.
—¿Cuál?
—1876.
Lucía levantó la mirada.
—Entonces es imposible que sea Gabriel.
—Lo sé.
—¿Su padre?
—Quizá.
—¿Su abuelo?
—También podría ser.
—¿Y sabes quiénes fueron los antepasados de Gabriel?
Negué.
—No.
Lucía guardó silencio.
—Entonces ya sabemos qué tenemos que hacer.
—Investigar a los Ferrer.
Asintió.
Pero antes de comenzar a buscar nombres, fechas y documentos, volví a mirar la fotografía.
Había algo que no me dejaba tranquila.
El hombre no parecía simplemente estar allí.
Parecía estar mirando directamente hacia la cámara.
Y su expresión tenía algo extraño.
No era una sonrisa.
No era tristeza.
Era una serenidad profunda.
Como si supiera que, más de cien años después, alguien terminaría mirando aquella imagen.
Volví al hospital.
Mi madre estaba despierta.
—Mamá.
—¿Qué ocurre?
Le mostré la fotografía.
Clara la miró.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Dónde la encontraste?
—Me la enviaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Por qué tienes esto?
—Eso quiero saber.
Mi madre tomó el teléfono.
Sus dedos temblaban.
—No debería existir.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque esta fotografía desapareció.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿La conocías?
—Sí.
—¿Quién es él?
Clara cerró los ojos.
—El primer Ferrer.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—¿Quién?
—El doctor Gabriel Ferrer.
—¿El mismo nombre?
—No.
—Entonces ¿cómo se llamaba?
Mi madre abrió los ojos.
—Gabriel Ferrer.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
—Se llamaba igual.
—¿El mismo nombre que el Gabriel de 1979?
—Sí.
—¿Y eso era común?
—No tanto.
—Entonces ¿eran familia?
—Sí.
—¿Padre e hijo?
—No.
—¿Abuelo y nieto?
Mi madre asintió.
—El hombre de la fotografía era el abuelo del Gabriel que conociste en 1979.
Me quedé mirando la imagen.
Todo empezaba a tener sentido.
Y, al mismo tiempo, nada lo tenía.
—Entonces son dos Gabriel Ferrer.
—En realidad, fueron tres.
—¿Tres?
—Tres médicos de la misma familia llevaron el mismo nombre.
Sentí un escalofrío.
—¿Y el primero atendió a Elena Valdés?
—Sí.
—¿El segundo?
—Estudió su caso.
—¿Y el tercero?
—Atendió a Clara.
Mi madre me miró.
—Por eso la historia sobrevivió.
Me senté junto a ella.
—Cuéntame todo.
—No conozco todo.
—Lo que sepas.
Clara respiró profundamente.
—El primer Gabriel nació alrededor de 1840.
—Entonces tendría unos treinta y seis años en 1876.
—Sí.
—¿Y ya era médico?
—Sí.
—¿Fue él quien atendió a Rosa?
Mi madre negó.
—No.
—¿Entonces por qué aparece en la fotografía?
—Porque conoció a Rosa después.
—¿Después de su recuperación?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque quería saber qué había ocurrido.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Ya investigaba recuperaciones inesperadas?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué buscaba?
—Buscaba entender por qué algunas personas sobrevivían a enfermedades que, según los conocimientos médicos de la época, podían ser muy graves.
—¿Y Rosa fue uno de esos casos?
—Sí.
—¿Qué descubrió?
—Nada concluyente.
—Entonces…
—Descubrió que la historia que circulaba sobre Rosa había cambiado con el tiempo.
—¿Cómo?
—Cada persona contaba algo diferente.
—¿Y él intentó reconstruirlo?
—Sí.
—¿Qué versión encontró?
Mi madre miró hacia la ventana.
—Que Rosa había estado gravemente enferma durante meses.
—Eso ya lo sabemos.
—Que había recibido cuidados de Isabel.
—Sí.
—Que había rezado.
—Sí.
—Y que una mañana se levantó y caminó.
—Sí.
—Pero había algo que nadie contaba.
—¿Qué?
Mi madre me miró.
—Rosa no dejó de tener síntomas inmediatamente.
Me quedé callada.
—¿Cómo?
—Mejoró lentamente.
—Entonces no fue una curación instantánea.
—No.
—¿Y por qué la tradición la convirtió en eso?
—Porque las historias se simplifican.
Sentí que aquello era importante.
Durante generaciones, una recuperación gradual se había transformado en una escena extraordinaria.
Una mujer enferma.
Una oración.
Una mañana.
Y de repente caminando.
Pero la realidad había sido más compleja.
Había días buenos.
Días malos.
Tratamientos.
Cuidados.
Miedo.
Esperanza.
Y una recuperación que probablemente no podía reducirse a un único momento.
—Entonces el primer Gabriel fue quien intentó poner orden en la historia.
—Sí.