No aparté los ojos de aquella fotografía.
La sostuve entre mis dedos durante varios segundos, quizá durante varios minutos. El tiempo había dejado de comportarse como antes. Ya no parecía avanzar. Se había quedado detenido en aquella pequeña imagen amarillenta, en aquel pedazo de papel donde cuatro personas habían posado hacía más de un siglo.
Rosa.
Isabel.
El primer Gabriel Ferrer.
Y una niña pequeña que, según las anotaciones que ya había encontrado, se convertiría en Elena Valdés.
Pero había alguien más.
Alguien que no aparecía en la fotografía.
Alguien cuyo nombre estaba escrito apenas a medias en una hoja escondida dentro de un antiguo cuaderno:
Sofía Ferr…
Debajo:
Paciente número 1.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué número uno? —pregunté.
Lucía estaba frente a mí.
Habíamos regresado a la pequeña habitación de la iglesia porque necesitábamos un lugar donde ordenar todo aquello. Sobre la mesa había fotografías, cartas, copias de documentos y las anotaciones que habíamos ido reuniendo durante días.
Lucía miró la hoja.
—Porque probablemente fue el primer caso que Gabriel estudió.
—Eso ya lo sabemos.
—No. —Me miró fijamente—. Sabemos que fue el primer caso que encontramos.
La diferencia entre ambas cosas me golpeó.
Tenía razón.
Habíamos supuesto que la historia comenzaba con Sofía.
Pero quizá Sofía no era el principio.
Quizá era la primera persona cuyo dolor había obligado a alguien a hacerse preguntas.
Y eso era diferente.
Me acerqué a la ventana.
Afuera comenzaba a caer una lluvia fina.
Era extraño.
Siempre que alguna pieza importante aparecía en nuestra investigación, llovía.
Quizá era una coincidencia.
Probablemente lo era.
Pero después de todo lo que había vivido, había aprendido que una coincidencia no necesita ser sobrenatural para resultar significativa.
Miré el cielo.
—Lucía…
—¿Sí?
—¿Y si Sofía Ferrer no era una paciente cualquiera?
Ella permaneció en silencio.
—¿Qué quieres decir?
—El primer Gabriel era médico. Había cientos de pacientes. Miles, quizá. ¿Por qué habría conservado precisamente el caso de una niña que murió?
Lucía tomó la hoja.
—Porque murió.
La respuesta fue sencilla.
Demasiado sencilla.
Y precisamente por eso me hizo pensar.
—Explícame.
Lucía dejó la hoja sobre la mesa.
—Tal vez Gabriel empezó a estudiar las curaciones porque no podía aceptar las muertes.
Sentí que aquellas palabras abrían una puerta.
Una puerta distinta de todas las anteriores.
Hasta entonces habíamos buscado milagros.
Curaciones.
Recuperaciones inexplicables.
Personas que volvían a caminar.
Enfermos que mejoraban contra todo pronóstico.
Pero nunca habíamos preguntado qué había ocurrido con quienes no se recuperaron.
Nunca habíamos preguntado por los que murieron.
Quizá porque era más fácil mirar hacia la luz que hacia la oscuridad.
Quizá porque todos preferimos escuchar historias donde alguien se salva.
Pero la historia de Gabriel Ferrer parecía estar construida precisamente sobre aquello que no pudo salvar.
Sofía.
Una niña.
Una hija.
Una paciente.
La primera.
Me senté.
—Necesitamos encontrar quién era.
Lucía asintió.
—Y necesitamos saber por qué Gabriel nunca escribió su nombre completo.
Miré nuevamente la fotografía.
La letra era antigua.
El documento estaba deteriorado.
Pero había algo más.
Algo que no habíamos visto.
Tomé una lupa que había sobre la mesa y acerqué la fotografía a la luz.
Entonces descubrí una pequeña inscripción en el margen inferior.
No estaba escrita con tinta.
Parecía haber sido grabada con una punta metálica.
Apenas podía leerse.
Lucía se inclinó sobre mi hombro.
—¿Qué dice?
Entrecerré los ojos.
—Hay una fecha.
—¿Cuál?
—1874.
Lucía dejó escapar el aire lentamente.
—Es el año en que murió Sofía.
Asentí.
Pero debajo de la fecha había otra palabra.
Una palabra que me resultó imposible interpretar al principio.
Moví la fotografía.
La acerqué todavía más.
Y entonces pude leerla.
Casa.
—¿Casa? —preguntó Lucía.
—Sí.
—¿Qué significa?
No lo sabía.
Pero en aquel momento recordé algo.
La frase del primer Gabriel.
La frase que había encontrado en sus notas:
No pude salvar a Sofía. Pero su madre me enseñó algo que no aprendí en la facultad: que después de perder a alguien, todavía podemos elegir qué hacer con el amor que quedó.
Sofía había muerto.
Pero Isabel había seguido viviendo.
Y después había cuidado a Rosa.
Después había acompañado a Elena Valdés.
Después había ayudado a otras personas.
Y con el tiempo, esa cadena de acompañamiento había llegado hasta Clara.
Y finalmente hasta mí.
Me estremecí.
—Quizá “casa” no era una dirección.
—¿Entonces?
—Quizá era una indicación.
Lucía me miró.
—¿Para quién?
No respondí.
Porque en ese instante recordé la frase de una de las cartas:
Si te llamas Elena, no busques primero el milagro. Busca a quien estuvo allí cuando nadie sabía qué hacer.
La frase me había parecido extraña.
Ahora empezaba a tener sentido.
Quizá Gabriel no había dejado una historia de milagros.
Había dejado una historia de personas.
Personas que sufrían.
Personas que acompañaban.
Personas que perdían.
Personas que, aun después de perder, elegían amar.
Aquella noche regresé a casa.
Mi madre dormía.
El silencio de la habitación era distinto desde que conocía toda aquella historia.