Y eso era extraño.
Había pasado noches enteras en hospitales.
Había recibido diagnósticos que me habían dejado sin palabras.
Había visto a mi madre conectada a máquinas mientras yo intentaba aparentar una fortaleza que no tenía.
Había entrado sola en habitaciones abandonadas.
Había abierto cajas que llevaban décadas cerradas.
Había leído cartas escritas por personas que llevaban más de un siglo muertas.
Y, sin embargo, aquella escalera oscura me provocaba un miedo diferente.
Porque ya no estaba buscando una historia.
Estaba entrando en ella.
Esteban permanecía unos pasos delante de mí.
Lucía estaba a mi lado.
Ninguno hablaba.
La puerta había quedado abierta detrás de nosotros.
La luz del santuario llegaba apenas hasta el primer tramo de escalones.
Después solo quedaba oscuridad.
—¿Qué hay abajo? —pregunté.
Esteban no respondió inmediatamente.
—Antes de que bajes, necesito que entiendas algo.
—¿Qué?
—Lo que vas a encontrar no es una prueba de un milagro.
Lo miré.
—¿Entonces qué es?
—Una decisión.
Aquella palabra volvió a aparecer.
Una decisión.
Parecía que toda la historia de los Ferrer estaba construida alrededor de decisiones tomadas en momentos en los que nadie sabía cuál era la correcta.
Isabel había decidido quedarse después de perder a Sofía.
Rosa había decidido seguir viviendo después de su enfermedad.
Elena Valdés había decidido transformar su recuperación en una segunda oportunidad.
Gabriel había decidido continuar ejerciendo la medicina después de perder a su hermana.
Clara había decidido no convertir su recuperación en una promesa para otros enfermos.
Y ahora yo estaba allí.
A punto de bajar hacia un lugar que llevaba más de cien años escondido.
—¿Por qué me trajiste? —pregunté.
Esteban me miró.
—No te traje.
—¿Entonces?
—Llegaste sola.
No entendí.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie te obligó a buscar.
Señaló la escalera.
—Cada puerta que abriste fue una decisión tuya.
Miré hacia abajo.
Tenía razón.
Nadie me había obligado.
Yo había elegido buscar.
Había elegido preguntar.
Había elegido abrir cartas.
Había elegido escuchar a mi madre.
Y ahora debía elegir si continuar.
Respiré profundamente.
—Bajemos.
Los escalones eran estrechos.
La humedad se había instalado en las paredes.
A medida que descendíamos, el aire se volvía más frío.
Lucía encendió la linterna de su teléfono.
La luz recorrió las paredes de piedra.
Había pequeñas marcas.
Algunas parecían cruces.
Otras eran iniciales.
En una de ellas reconocí una letra.
G.
Debajo:
1874.
Me detuve.
—Es él.
Esteban asintió.
—El primer Gabriel.
—¿Venía aquí?
—Muchas veces.
—¿Para qué?
—Para pensar.
Continuamos.
Después de unos veinte escalones llegamos a un pequeño pasillo.
Al final había una puerta de madera.
No tenía cerradura.
Solo una pequeña placa metálica.
La limpié con los dedos.
Apareció una inscripción.
Sala de descanso.
Lucía me miró.
—¿Sala de descanso?
—Quizá era para los enfermos.
Esteban negó.
—No.
—¿Entonces?
—Para los familiares.
Me quedé inmóvil.
La frase me dolió.
Porque comprendí inmediatamente qué significaba.
No era una habitación para curar.
Era una habitación para esperar.
Para llorar.
Para recibir malas noticias.
Para sostener la mano de alguien.
Para escuchar:
“Lo siento.”
Para esperar un último suspiro.
Para rezar cuando ya no quedaban tratamientos.
Abrí la puerta.
El olor a humedad era intenso.
Había una mesa pequeña.
Dos sillas.
Un banco de madera.
Y una lámpara antigua.
En una pared había un crucifijo.
Debajo, una frase escrita a mano:
“Que nadie tenga que sufrir solo.”
Sentí un nudo en la garganta.
—Esto no parece un lugar de milagros —dije.
Esteban respondió:
—Porque nunca lo fue.
Entramos.
Sobre la mesa había una caja.
La reconocí.
Era del mismo tipo que la caja azul de mi familia.
—¿Es de Gabriel?
—Sí.
Me acerqué.
Había algo escrito sobre la tapa.
Para quien necesite saber por qué.
Abrí la caja.
Dentro había varios documentos.
Un pañuelo.
Una fotografía.
Y una pequeña libreta.
La tomé.
En la primera página aparecía una fecha:
12 de agosto de 1874.
Debajo:
Sofía.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
Había llegado.
Después de tantas generaciones, finalmente estaba leyendo las palabras del hombre que había estado allí.
El hermano.
El médico.
El hijo.
El hombre que había tenido que elegir.
Me senté.
Lucía se acercó.
Esteban permaneció de pie.
Abrí la libreta.
La primera anotación decía:
Hoy Sofía volvió a preguntar si iba a morir.
Sentí un dolor profundo.
Continué.
Le dije que no lo sabía.
Esa frase me impresionó.
Un médico diciendo:
“No lo sé.”
Parecía tan sencilla.
Y, sin embargo, quizá era una de las frases más difíciles que un médico podía pronunciar.
Seguí leyendo.
Me preguntó si Dios sabía la respuesta.
Gabriel había escrito:
Le dije que seguramente sí.
Después había tachado esa frase.
Debajo había escrito:
No sé si Dios sabe la respuesta. Pero sé que yo no la sé.
Tuve que detenerme.
Lucía me miró.